Punto criollo | Hombre, caballo

Hablar del caballo es hablar del llano. Ambos son elementos propios e inseparables que le dan vida y forma a un territorio.

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Es remontarnos a la historia referente a la conquista y colonia, cuando el territorio venezolano comenzó a poblarse de manadas de caballos, los que más tarde forjaron una población con características propias que hoy conocemos como llaneros.

En tal sentido, hay un interesante libro de bolsillo, escrito por Luis Britto García, que asegura que “desde la capitulación de 1528 se permite a los conquistadores introducir caballos y ganados en Venezuela. Vicente Díaz Pereira los lleva por Borburata hacia los Valle de Aragua; Sebastián Díaz Alfaro hasta los llanos centrales y Diego Fernández de Serpa hacia los orientales. Los capuchinos terminan de difundir el ganado y lo extienden hasta el sur del Orinoco”.

Muy pronto la inmensa llanura venezolana se vio repleta de manadas de potros salvajes y de ganado cimarrón que formaron parte esencial del entorno del hombre llanero; un hombre que se acostumbró a las largas caminatas arreando las reses para conducirlas hasta las fuentes de agua durante el verano y a las zonas altas durante el invierno.

De esta manera, el llanero desarrolló un estilo de vida nómada, independiente, altanera e igualitaria; afi cionado a las competencias de destrezas físicas y de ingenios, de las que hace alarde en la faena de los toros coleados y en los contrapunteos en los que improvisaba coplas al son del arpa.

A finales del siglo XVIII pueblan la región llanera cerca de 1.200.000 cabezas de ganado vacuno, 180.000 caballos y 90.000 mulas, que fueron base de la economía colonial y pilar fundamental de la gesta emancipadora.

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Hoy, hombre, caballo y sabana conforman una trilogía inseparable que el llano en su folclor recoge en una infi nidad de canciones bajo los tonos del arpa, el cuatro y las maracas.

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