Henrietta Lacks, la historia más viva del hospital Johns Hopkins

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El hospital Johns Hopkins, en Baltimore, Estados Unidos, es el epicentro mundial del conteo estadístico de contagios y propagación del coronavirus. Este centro de salud, construido hace ya más de un siglo gracias al testamento de un magnate, ha sido cuna de extraordinarios avances médicos, pero también sus laboratorios son el punto de partida de uno de los más grandes, famosos y cuestionados dilemas bioéticos de la investigación científica moderna: la línea inmortal de células humanas HeLa. La historia, que enfrenta a científicos, empresarios, activistas y entusiastas, está pronta a cumplir 70 años.

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Cuando el acaudalado empresario ferroviario Johns Hopkins —conocido por ser abolicionista, cuáquero y según Wikipedia un devoto de la caridad—, dejó como instrucciones póstumas el que se usara su nombre y su dinero para facilitar la atención médica de indigentes y obreros explotados en un hospital universitario que llevara su nombre, no calculó (¿o sí?) que la combinación de pacientes sin recursos y científicos expectantes podía ser un cóctel peligroso.

Justamente fue de esa mezcla que nacieron las hoy mundialmente conocidas células HeLa, mismas que deben su nombre a la campesina negra que las “donó” involuntariamente en 1951, Henrietta Lacks, paciente de un extraño tipo de cáncer cuyos pedacitos de cuello uterino, desde su muerte en ese mismo año, se mantienen vivos, reproduciéndose de forma infinita y comercializándose para la investigación científica en tubos de ensayo de los cinco continentes.

El Hospital Johns Hopkins, que en muchas listas es considerado el mejor de EEUU, ostenta en su medallero el haber producido 18 premios Nobel, la primera operación exitosa de separación de gemelos siameses, hoy sus investigadores prueban un prometedor suero contra el covid-19 hecho con plasma de pacientes curados; sin embargo, igualmente suma un prontuario de experimentación médica antihipocrática que incluye el contagio deliberado y no informado de enfermedades venéreas con fines investigativos en Guatemala, y como corolario la historia de Henrietta Lacks, mujer que en la literatura y el cine fue tristemente bautizada como “la inmortal”.

La actual sede del Johns Hopkins

La vida de Henrietta

La paciente de cuyo cuerpo provienen las células HeLa nació al sur de Estados Unidos, en el estado de Virginia, en 1920. Creció en casa de su abuelo, un terrateniente cafetalero que asumió su crianza luego de la muerte de su madre y el abandono de su padre, quien al enviudar y asumirse incapaz de ser padre soltero de diez hijos, decidió repartir a su prole entre familiares con más recursos.

Henrietta tuvo una corta pero hasta donde se sabe común vida en la época más dura de la segregación. Creció entre plantas de café junto a otros niños de su familia. A los 15 años se embarazó de su primo David Lacks, se casó y a los 23 años decidió mudarse junto a su familia a un suburbio segregado de Baltimore, buscando una vida más urbana. En total concibió cinco hijos y tras el parto del último comenzaría el final de su existencia y el principio de la vida de sus células inmortales.

En 1951, con 30 años cumplidos, acudió a consulta ginecológica en el Johns Hopkins por un sangrado que no paraba cinco meses después del nacimiento de su hijo menor. Cargando con el prejuicio de ser una mujer negra venida de las plantaciones, los médicos automáticamente creyeron que sufría de alguna enfermedad venérea, pero tras el fracaso de tratamientos iniciales y luego de la realización de pruebas exploratorias se le diagnosticó de cáncer de cuello uterino. Fue tratada con radioterapia, pero esta no causó mella en el tumor, que hizo metástasis y cegó su vida pocos meses después con una agresividad inusitada.

Las células infinitas

Un médico residente del hospital que atendió a Henrietta Lacks durante su enfermedad, sin consentimiento de la paciente, llevó muestras de sus biopsias a otro galeno de la institución, el experimentado ginecólogo Richard TeLinde, quien para el momento realizaba experimentos que trataban de refutar una teoría de la época relacionada con el tipo de cáncer que sufría la paciente.

Para ese momento, según la literatura médica, había dos tipos de cáncer de cuello uterino, uno más invasivo y letal que el otro. TeLinde aseguraba que era la misma patología, solo que en etapas distintas. El científico creía que si lograba confirmar su teoría podría dar mejor tratamiento a las enfermas y salvar vidas. Para este fin, TeLinde vio en las células de Henrietta una materia prima excepcional de investigación debido a la gravedad de su cáncer.

Como parte del trabajo de TeLinde, las células de Henrietta llegaron a manos de otro médico, George Gey, director del Departamento de Cultivo Celular del Johnos Hopkins, un científico con otra obsesión: lograr un cultivo celular inmortal de origen humano –lo cual ya se había logrado con ratas. Para cristalizar dicho objetivo llevaba años experimentando infructuosamente con células que morían luego de 50 líneas de reproducción, en un comportamiento que ya se pensaba era una ley natural.

Con la justificación de colaborar en la investigación de TeLinde, quien necesitaba las células vivas el mayor tiempo posible para investigar el cáncer, Grey se dedicó a mantener latentes las células de Henrietta con todos sus recursos a la mano, y así lo logró. Viendo que estas células superaban todas las expectativas de vida y luego de pruebas y confirmaciones de todo tipo, Grey tuvo su momento eureka. Las partículas provenientes del cuerpo de la joven negra no morían; había conseguido éxito en el experimento al cual había consagrado su vida. Las células HeLa se enviaron a laboratorios de todo el mundo, en donde se confirmó el hallazgo.

HeLa, el código que ocultó por años el nombre de Henrietta Lacks

Comenzó así una nueva etapa de investigación celular. Las partículas extraídas del cuerpo de Henrietta, incluso hoy, se usan para probar vacunas y todo tipo de tratamientos, tal como si se hiciera en un cuerpo humano, porque de hecho eso es lo que son, solo que en porciones microscópicas, inmortales y reproducibles al infinito. Con el tiempo las células HeLa comenzaron a venderse y a “fabricarse” indiscriminadamente con procedimientos industrializados.

Con los cuidados adecuados, las células HeLa reproducen cada 24 horas in vitro una nueva y completa generación celular. Veinte años después del hallazgo de Grey se revisó y publicó la autopsia hecha a Henrietta y se dio a conocer que la mezcla tan agresiva de cáncer que sufrió era la responsable de esa reproducción superlativa.

A todas estas, y por décadas, la fama de esta mujer en la comunidad científica (y sus ganancias) fueron ignoradas por su familia, descendientes y herederos, quienes nunca fueron informados de que algo quedaba vivo del cuerpo de su madre.

La inmortalidad

El dilema ético alrededor de las células HeLa va por dos vertientes: lo que se ha hecho con ellas y el problema del consentimiento informado.

En lo que tiene que ver con el primer aspecto, las células HeLa, de origen humano, han sido usadas para propósitos tan inverosímiles como el ser mezcladas con células de ratones para crear las primeras células híbridas humano-animal. Fueron las primeras células humanas en ser clonadas y hasta fueron inyectadas en pacientes no informados para inocular el cáncer y experimentar con tratamientos. En las células HeLa se han probado infinidad de vacunas y medicinas, e incluso han viajado al espacio para su experimentación en ambientes de gravedad cero.

Imagen microscópica de las células HeLa

El uso de las células HeLa son la génesis del debate sobre la experimentación con humanos. El hecho de que estas partes del cuerpo de Henrietta sigan vivas incluso involucran dilemas religiosos y hacen preguntarse a los más fundamentalistas hasta qué punto esta mujer está viva, si células de su cuerpo lo están.

En cuanto al consentimiento informado, no fue hasta 1973 cuando la familia de Henrietta se enteró lo que ya llevaba más de dos décadas sucediendo con las células de su madre, y no fue por vía de ninguna comunicación oficial, sino por una conversación casual escuchada por la esposa de uno de los hijos de Lacks en una reunión de amigos a la cual asistió el único investigador negro del Johns Hopkins.

Cuando la familia quiso saber más, la respuesta del hospital fue pedir muestras y hacer pruebas a los descendientes para saber si la enfermedad que había sufrido su madre era hereditaria, y solicitar consentimiento para exhumar el cadáver de Henrietta, lo cual se realizó bajo un permiso otorgado dudosamente. Ninguno de los cinco hijos de la familia Lacks ha visto al día de hoy un dólar de ganancia por la venta de las células de su madre.

La familia finalmente conoció el destino de las células HeLa

La pobreza y precariedad con la que siguió viviendo la familia de Henrietta Lacks se puede ver en la película La vida inmortal de Henrietta Lacks, estrenada en 2017, dirigida por George C. Wolfd, protagonizada y financiada por Oprah Winfrey. El filme está basado en el libro del mismo nombre escrito por Rebecca Skloot, que desde su publicación en 2010 se convirtió en un best seller, dando a conocer mundialmente la historia de las células HeLa. La autora abrió una fundación con el nombre de Henrietta para buscar resarcimiento a su familia y trabajar en temas relacionados con la bioética y la experimentación con tejidos humanos.

Igual que lo que pasa con sus células, es infinito el debate sobre las implicaciones del experimento “exitoso” hecho con partículas del cuerpo moribundo de Henrietta Lacks y con tantos otros cuerpos desconocidos. Especialmente hoy, en tiempos de pandemia, cuando se trabaja a contrareloj por conseguir una vacuna para un enfermedad desconocida, la cuestión cobra relevancia y levanta angustias.

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El libro revelador de Rebecca Skloot reconstruyó la historia oculta
Renee Elise Goldsberry en el papel de Henrietta en La inmortar vida de Enrietta Lacks
Oprah Winfrey en el papel de Deborah Lacks, la hija de Enrietta en La inmortar vida de Enrietta Lacks
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