Coronavirus: ¿Quién dijo miedo?

Foto: AFP
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Mark RALSTON / AFP)

Igual que la alegría o la tristeza, el miedo es una emoción primaria universal. La Real Academia Española lo define como la «angustia por un riesgo o daño real o imaginario» y también como el «recelo o aprensión que alguien tiene de que le suceda algo contrario a lo que desea». En los niños el miedo obliga a buscar la compañía materna; a los mayores suele causarles congoja, desorientación o agresividad; cuando el temor es al otro, al semejante, al que tenemos cerca, el miedo obliga al aislamiento, incluso si, como dice la RAE, el pánico viene dado por una situación verídica o producto de la mente de quien lo siente.

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«El miedo es un sufrimiento que produce la espera de un mal», escribió el psicoanalista Sigmund Freud, quien dividió la emoción en dos vertientes: el miedo real y el miedo neurótico. Hoy, dos corrientes del estudio de la mente humana debaten sobre el miedo como algo aprendido -los conductistas- o como asuntos no resueltos en el inconsciente -la psicología profunda. A veces es un poco de ambas.

Lo cierto es que el temor -real o imaginario- ha inspirado a artistas y poetas, ha hecho que se escriban leyes y tratados filosóficos, ha ayudado a cristalizar importantes descubrimientos científicos, ha cerrado fronteras, se ha usado como arma política para unir o dividir pueblos, como medida de control social y ha sido enarbolado como bandera por excelencia para cometer guerras en su nombre. El miedo ha sido un motor de la humanidad, como también podrían serlo el amor o el odio.

Una característica esencial del miedo es su propagación. Igual que un virus en fase de expansión, el miedo se incuba, se contagia, se extiende y eventualmente se erradica al conseguir una cura definitiva. Y justamente cuando se trata de enfermedades, la historia es vasta. El recuerdo de epidemias que han diezmado poblaciones en el pasado permanece presente en el inconsciente colectivo y hace que hoy, aun cuando estemos más que nunca preparados para enfrentar amenazas virales, el pánico colectivo se haga presente. Para muestra lo que pasa desde hace mes y medio con el coronavirus de Wuhan o 2019-nCoV.

Contribuye que estemos en la era de la información, de internet, de las cadenas de WhatsApp y de las redes sociales. Así como en segundos se da a conocer a nivel mundial una noticia, también a un click de distancia se inocula el miedo, más aún cuando se trata de un padecimiento que ciertamente la Organización Mundial de la Salud (OMS) calificó como «emergencia global» tras confirmarse en lo que va de año más de 400 decesos en China, donde se registró por primera vez, y el contagio de personas en al menos 23 países.

Como si se tratase de una película de terror, en estos días son comunes las gráficas y los videos con multitudes de personas usando mascarillas en sitios públicos para evitar respirar aire contaminado, o por el contrario, de ciudades fantasmas, sin un alma en la calle, producto de la cuarentena que se aplica en ciudades del gigante asiático.

Tal como ha sucedido en otros casos de la historia contemporánea como la gripe AH1N1, el Antrax, el Ébola y el Zika, el terror ante el nuevo Coronavirus no se ha hecho esperar, incluso en América Latina -y naturalmente en Venezuela-, que por ahora es territorio libre del virus. Entre grupos familiares y de amigos circulan mensajes sobre tomar ciertos tés que suben las defensas y evitan la vulnerabilidad ante la enfermedad, que recomiendan evitar la salida a lugares donde hayan multitudes de personas, especialmente si se asiste con niños, e incluso en los que se refieren peyorativamente a las personas con fenotipo asiático y se pide cautela ante su presencia, por quizá estar recién llegado de China y ser portador del virus. Por todo esto la OMS ha calificado la consecuencia informativa del brote como “infodemia”.

Historias de miedo

El miedo a las enfermedades se ha retratado, cronicado y satirizado ampliamente en la literatura universal. Basta mencionar como ejemplos las novelas El amor en los tiempos del cólera, donde el colombiano Gabriel García Márquez cuenta una historia de amor de más de 60 años que tiene lugar al mismo tiempo que una epidemia de la infección intestinal y cuyos protagonistas se valen de la misma para eternizar su unión; Ensayo sobre la ceguera, donde el portugués José Saramago ficciona sobre un repentino brote de invidencia para poner sobre la mesa las miserias de la sociedad contemporánea; y el francés Albert Camus, que en su novela La peste, escribió sobre una epidemia de cólera sufrida en Argelia en 1849 y narró sobre el aislamiento de la ciudad de Orán.

El miedo a las enfermedades nace del más emblemático de todos los temores: el miedo a la muerte, y se puede rastrear desde épocas bíblicas. Más cerca en tiempo y espacio se pueden recordar casos emblemáticos como la fiebre amarilla, el cólera, el tifus o la lepra, que involucraron el aislamiento de poblaciones enteras por pánico al contagio. El propio Simón Bolívar ordenó en 1828 la construcción de un leprocomio en una isla en mitad del Lago de Maracaibo como medida de profilaxis para confinar a todos los enfermos de lepra del occidente del país. La instalación, que funcionaba casi como un país soberano hasta con su propia familia monetaria, operó por siglo y medio y no fue cerrada hasta 1985 luego de que el venezolano Jacinto Convit descubriera la vacuna contra la también llamada enfermedad de Hansen. Como dato histórico digno de mencionar, el decreto de Bolívar con el cual se creó el leprocomio de la isla de Providencia fue la más lóngeva en vigencia de todas sus proclamas.

No habían redes sociales y ni siquiera televisión, pero el miedo a la lepra fue por siglos una situación de pánico colectivo que confinó a miles y miles a la soledad, al abandono, al rechazo y al estigma social, porque no solamente el padecimiento terminaba causando deformidades físicas y la discapacidad total del enfermo, sino que además a los contagiados se les increpaba sobre su integridad moral. Hasta no hace tanto, se creía que los enfermos de lepra sufrían de una suerte de castigo divino por dudosos procederes. La Biblia es amplia en ejemplos.

Algo parecido vivían en los años 80 los primeros enfermos de Sida -un prejuicio que aún hoy sobrevive-. La llamada pandemia del siglo, que mayormente cobró como víctimas iniciales a hombres homosexuales, se consideró también una condena para los enfermos, que, decían, se habían atrevido a desafiar las leyes de Dios y la naturaleza al rechazar el modelo tradicional de familia.

El nuevo coronavirus, que por ahora no se ha asociado con ninguna referencia más allá de la médica y no se considera castigo divino, sí ha despertado teorías conspirativas, ha ocasionado el cierre de fronteras con China, vetos fronterizos en varios países, deportaciones, xenofobia generalizada y según analistas, cierto uso político por parte de los enemigos de país de Mao, especialmente el gobierno de Donald Trump, en época de guerra comercial.


No es nuevo el Coronavirus

Aunque apenas salió a la luz pública el pasado 31 de diciembre, la historia del nuevo coronavirus ya es harto conocida. Hasta donde se pudo rastrear, el paciente cero se contagió al tomar un caldo de murciélago en el mercado de mariscos de Wuhan, en el centro de China. La enfermedad, que tiene síntomas similares a los de una neumonía y una tasa de mortalidad de aproximadamente el 3 por ciento, al parecer proviene de los mencionados mamíferos alados y pasó a los humanos a través de una mutación.

Pero el coronavirus propiamente dicho no es algo nuevo. Se trata de un grupo amplio de virus comunes -hasta ahora 39 especies descubiertas- que afectan a personas y animales y que pueden causar desde un resfriado común hasta bronquitis, neumonía, síndrome respiratorio agudo grave, entre otros. De hecho, estadísticamente, la mayoría de los seres humanos se contagiarán el algún momento de su vida de una de sus formas. Toma su nombre de la figura que dibuja el virus al verlo en el microscopio, parecido a una corona.

Su propagación en su nueva forma ha viralizado -nunca como antes fue tan pertinente el verbo- noticias como la veloz construcción de un hospital en diez días en China, la suspensión de las festividades por el año nuevo chino o el nacimiento de la primera bebé con el coronavirus de Wuhan, transmitido por su madre desde el vientre.

Ciertamente, la enfermedad fue calificada por la OMS como una emergencia internacional, pero actualmente tienen la misma categoría la poliomielitis, desde 2014; y el ébola, desde 2019 (una primera declaratoria de emergencia global por esta enfermedad se realizó en 2014 y concluyó en 2016). Ninguno de los dos casos, cuyas emergencias están vigentes, hoy son considerados siquiera noticia por las grandes cadenas informativas a pesar de su alta incidencia.

En Venezuela, el ministerio del Poder Popular para la Salud activó un sistema de vigilancia epidemiológica para hacer seguimiento y examinar posibles contagios en caso de que se presenten en el territorio nacional.

No es pandemia sino “infodemia”

Aún son muchas las interrogantes que plantea el brote del nuevo coronavirus, todas estas primordiales para calcular la duración y el alcance del brote. Lo que sí es un hecho es que el pánico generado por la epidemia ha sido más contagioso que el propio virus, el cual, de hecho, a pesar de la alerta aún no ha sido calificado por la OMS como pandemia, es decir, como una nueva enfermedad que se propaga por todo el mundo.

Como sí la ha calificado la organización médica como una “infodemia”, es decir, como una epidemia de información falsa que se propaga cual virus. Tal ha sido la avalancha de rumores e informaciones falaces e imprecisas que la OMS debió llegar a un acuerdo con Google para que en su buscador los primeros resultados de las búsquedas sobre la enfermedad sean los oficiales de la organización y no las publicaciones en redes sociales.

La OMS debió aclarar, por ejemplo, que el virus no se encuentra en el aire sino que se transmite a través de mucosidades, que el tapabocas no es un método eficaz de prevención, que no hay pruebas de que el virus esté mutando, que es seguro recibir paquetes desde China y que es totalmente falso que los tratamientos contra el Sida o contra el Ébola sean efectivos contra el coronavirus de Wuhan. Todo eso desmiente rumores que se han propagado por las redes sociales y que han contribuido al pánico colectivo.

Más de 20 mil personas contagiadas en el mundo hacen que el temor al nuevo coronavirus esté muy lejos de ser un “miedo neurótico”, tomando en cuenta la categoría freudiana; sin embargo, la baja tasa de mortalidad revela que la paranoia es excesiva. La angustia generalizada deja al descubierto males atávicos de la sociedad moderna que no supera los traumas de epidemias pasadas cuando no habían vacunas ni medicamentos, también, como ya ha sido de sobra comprobado, nuestra vulnerabilidad a la información ni veraz ni comprobada. Mientras más sabemos de las enfermedades y del cuerpo humano mayor parecer ser los temores, y tan primarias son las respuestas de las masas como las medidas preventivas a tomar más allá de cualquier rumor: tan solo lavarse las manos. Y que cada quien contribuya contra el contagio para que el miedo no sea pandemia.

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