La belleza venezolana de Jousy Chan

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Jousy Chan llega al mundo luego de una historia de amor nacida al calor de un relato migratorio-laboral en los años 90 en la capital carabobeña. Su madre era cajera en el súpermercado chino donde su padre, recién llegado al país, era encargado. Se enamoraron cuando la que sería su progenitora se tomó la tarea de darle clases de español a quien a la postre la engendraría.

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A pesar del origen mixto, la modelo, nacida en 1998, dice que en su casa lo único chino es el acento de su padre al hablar español. De resto, todo es criollito, la comida, el idioma, las costumbres, la televisión, el Miss Venezuela. Y allí Jousy quería entrar.

Echó sus cartas y se postuló para ingresar como aspirante a la competencia bajo el escrutinio de todo el país, o mejor dicho, de las redes sociales, ese paredón de los nuevos tiempos donde la selección natural privilegia al más apto. Allí se debatió a sangre y fuego si una mujer de facciones orientales debía o no ser embajadora de la belleza de las venezolanas.

El caso es que no entró. Después de una larga expectativa que inundó las redes sociales, la joven lanzó su lamento en su cuenta en Instagram @jousychan:

«A todos mis seguidores que estaban acompañándome en esta maravillosa aventura, quiero informarles que en esta oportunidad el objetivo no fue cumplido y no quedé entre las seleccionadas para optar por el título de la mujer más bella del país, sin embargo, de esta experiencia me llevo las ganas y la responsabilidad de seguir preparándome para ser una mujer más integral y profesional».

«Sé que ustedes, al igual que yo, estaban súper ilusionados de verme a través de sus pantallas dándolo todo, representando algún estado de nuestro país. Lamento no cumplir con los requerimientos y estereotipos de los organizadores del concurso, pero créanme que no estoy afligida, porque la recompensa más grande es que fueron ustedes los que desde solo postularme me convirtieron en Venezuela y sí, Jousy “La China” como muchos me llaman cariñosamente, es VENEZUELA».

La China. Jousy es fruto de ese puente migratorio que se ha establecido entre China y Venezuela desde la segunda mitad del siglo XIX. En esa época y hasta mediados del siglo XX la población china que arribaba a estas tierras copaba el mercado de las lavanderías. Hasta Aquiles Nazoa le dedicó un poema a estos establecimientos a los cuales las familias confiaban sus prendas de vestir para ser blanqueadas, planchadas y almidonadas. Es de allí que viene aquella popular expresión de “más caliente que plancha de chino”.

“Ver aquello desde fuera/ daba la misma impresión/ que dan, en ciertas postales/ los mercados de Hong Kong”, evocaba Nazoa sobre las lavanderías chinas de los 1900.

Hoy las y los migrantes que vienen del gigante asiático ya no se dedican a ese negocio. Invierten en bodegas, supermercados y restaurantes. Su número en el país supera los 200 mil según cifras de quien fuera hasta hace poco embajador de China en Venezuela, Zhao Bentang.

A pesar de esa histórica y abundante presencia en el país, para las venezolanas y los venezolanos China y su gente son un exotismo. Hay pocos referentes culturales antiguos o contemporáneos que hagan converger a ambos países. Los lazos económicos y políticos son estrechos, pero para el común de las personas China sigue siendo “otro mundo”, así que enlazar la idea de lo oriental con lo venezolano para algunos “no pega”, aunque tengamos a la Chinita, la Virgen de la Chiquinquirá, una representación de la etnia guajira, que como todas las de América, daría cuenta de la migración originaria del ser humano a lo largo del planeta.

Eso quizás piensa Jousy, quien a pocos días del fallido intento, el 5 de febrero, había publicado en su cuenta una sesión playera junto a la ex Miss Venezuela Stéfany Gutiérrez, la cual tituló: “Así somos las venezolanas”, junto a una banderita tricolor.

¿Qué pasó? Desde la Quinta Miss Venezuela no dicen nada. No se sabe/no contesta ha sido siempre la respuesta histórica desde dentro del concurso, ese espejo de amor y odio de venezolanas y venezolanos. Pero el críptico “lamento no cumplir con los requerimientos y estereotipos de los organizadores del concurso”, tiene mil intérpretes, y casi todos apuestan igual: porque es china.

Solo una teoría alternativa, que no falta en las redes, le hace sombra a la primera: a Jousy la rechazaron por unas fotografías para una revista erótica mexicana. La fotos existen, pero la teoría es vieja para todas las excluidas.

¿Belleza venezolana? Hace dos años, cuando Nina Sicilia, Gabriela Isler y Jaqueline Aguilera asumieron las riendas del Miss Venezuela, uno de los cambios sustanciales que anunciaron en cuanto a la nueva visión del concurso fue que no volverían a mencionar las medidas de las participantes, esto en pro de dejar de lado los “estereotipos” e ir tras una “belleza diferenciada”.

Para las nuevas jefas del certamen, etiquetar a las aspirantes con el látigo del 90-60-90 era someterlas a buscar un prototipo de mujer irreal y repetitivo. No obstante, el silencio en cuanto a las medidas perfectas no marcó mayor diferencia en lo que respecta a lo visible. Lo que era impensable en tiempos de Osmel sigue siéndolo hoy. Aún no se presentan misses robustas o sin busto. Todas las chicas que pasan por la pasarela del concurso continúan buscando y siguen respondiendo a esa exigencia estética.

“El talento de la mujer venezolana”, “La belleza de la mujer venezolana”, “La fuerza de la mujer venezolana”, son frases que se repiten a granel durante la emisión del Miss Venezuela relacionadas con los valores que proyecta esta marca.

Y para el público venezolano las misses tienen una pinta, sea o no un estereotipo, sea o no una silueta “normal”. Quienes disfrutan del Miss Venezuela quieren una soberana alta y delgada, y eso es lo nunca ha faltado. Pero ahora con el caso de Jousy la audiencia se preguntaba ¿Si hemos tenido misses de ascendencia italiana, alemana, española o inglesa, cual es la diferencia con la hija de un chino? ¿Cuál es la belleza venezolana? ¿Cuáles orígenes acepta y cuáles no nuestro preciado mestizaje?

Dejando de lado lo subjetivo del tema estético, el caso de Jousy Chan ha problematizado el tema de cómo lucimos y de cuál es la imagen que de nuestro gentilicio —para bien o para mal— se proyecta en esta plataforma que ha hecho famosa a la fémina nacional al punto que ha llevado al país a ostentar el recordó mundial de más coronas en certámenes de belleza internacionales.

Nuestro mestizaje a partir de la mezcla española, indígena y africana es lo que el Miss Venezuela ha alegado reiterativamente en el mundo entero como el secreto del look de las misses criollas, pero lo cierto es que el prototipo de la aspirante y sobre todo de la ganadora de este concurso ha favorecido en gran porcentaje la raíz europea en los 60 años que la justa lleva realizándose.

Desde Susana Duijm hasta Martina Thorogood, pasando por Peggy Kopp, Eva Ekvall, Stefania Fernández Krupij, Milka Chulina, Marelisa Gibson, Veruska Ljubisavljević o Vanessa Gonçalves, las misses de origen extranjero han estado en primera línea desde 1952, año en que se hizo la primera edición del concurso.

Son muy contadas las mujeres negras que se han alzado con la corona. Carolina Indriago, la primera en lograr la hazaña apenas en 1998, debió lucir en el Miss Universo un traje “típico”: ¡la vistieron de esclava!. Una “idea” de Osmel Sousa quien sumó a su fama la aclaratoria de que no es racista, pero que la negritud venezolana es “fea” y por eso eran pocas las misses de tez oscura.

Tampoco han sido abundantes las misses de apariencia y origen indígena. Patricia Velásquez, la supermodelo zuliana de origen wayúu, relata en su autobiografía Sin tacones, sin reservas, lo difícil que fue para ella ingresar y participar en el concurso debido a sus rasgos (eso entre otras infidencias).

Y más allá de lo físico, las pautas para poder ser “miss” en cuanto al estilo de vida siguen siendo las mismas desde que el concurso existe: jóvenes solteras y sin hijos. Todavía se rememora hasta con romanticismo el caso de Elluz Peraza, Miss Venezuela 1976, quien solo ostentó la corona por 36 horas ya que “renunció por amor”.

Dirían las teóricas feministas que toda esta discusión se da solo para seguir confirmando que el cuerpo de las mujeres es el territorio por excelencia sobre el cual perpetuar la dominación del patriarcado, y especialmente la dominación simbólica, que es la más tenaz.

Nos sirve la historia de Jousy Chan preguntarnos cómo nos vemos (desde dentro y desde fuera), y si el Miss Venezuela sigue siendo nuestro espejo.

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