Mon Laferte: La gaviota roja

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«No se puede hacer una fiesta en medio de todas las injusticias sociales y violaciones de derechos humanos. No se puede hacer un festival en medio del estallido”, clamó hace una semana la cantautora chilena Mon Laferte en la tarima de Viña del Mar, uno de los encuentros más importantes de la industria discográfica de América del Sur.

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Esta irreverente artista osó convertir ese espacio en tribuna de denuncia política para hablarle al mundo – y también (o sobre todo) a locales- sobre la situación en Chile, de la cual se ha convertido en abanderada desde su topless en los Grammy Latinos de noviembre en Las Vegas cuando se escribió sobre el pecho “En Chile torturan, violan y matan”.

Pasa hasta en las mejores familias que el hijo prodigio se convierte en el hijo pródigo. En este caso le pasó al show bussiness con Mon Laferte, una de sus hijas latinoamericanas más rentables.

La joven de potente garganta y soltura con la pluma que le ha hecho ganar millones a las disqueras resultó ser una voz incómoda que se mimetiza con las causas populares menos asociadas al espectáculo. Y peor aún, en sus espacios más sagrados.

Feminista convicta y confesa, Laferte no se cansa de reivindicar su historia como niña de arrabal. De hecho lo hizo en la Quinta Vergara queriendo justificar su defensa a las protestas populares contra Sebastián Piñera.

“Yo no quiero dar lástima con esto ni nada, lo único que quiero decir es que es tan difícil quedarse callada cuando uno lo vivió en carne propia. No toda la gente sabe lo que es cagarse de hambre de verdad verdad”.

La única manera. Justamente, Laferte nació en Viña del Mar, en uno de sus barrios más pobres de la ciudad, el Gómez Carreño, en 1983. Se crió junto a su hermana menor Solange en un hogar liderado únicamente por mujeres, con su madre Myriam y su abuela Norma, ambas amas de casa, al frente de todas las responsabilidades.

La precariedad material la obligó a buscar trabajo desde pequeña en lo único que ella más o menos consideraba que podía hacer bien: cantar. Iba acompañada de una guitarra que providencialmente había ganado en un concurso escolar cuando tenía 9 años.

“Mi abuela me decía: mijita, usted tiene que ser famosa porque es la única manera de que no pase hambre”, contaba en la Quinta Vergara Laferte, quien como nombre artístico adoptó como único apellido el materno en homenaje a ese linaje femenino que la formó, y dejando de lado el heredado de su padre, un obrero de la construcción que siendo ella pequeña abandonó el hogar.

Mientras buscaba trabajo en los bares de Viña y cantaba en tarimas improvisadas, es fácil imaginarse a la entonces adolescente Mon Laferte (o más bien Norma Montserrat Bustamante) soñando con subir a la tarima de la Quinta Vergara y escuchar al público clamando por una Gaviota, reconocimiento que se le da a los músicos asistentes al festival en base a los aplausos recibidos por el público.

Lo que ella sí aclara frontalmente es que en lo que respecta a los sueños, lo que ni le pasaba por la mente era estudiar en la universidad, porque entonces igual que ahora, la educación superior en Chile es solo un privilegio de quienes pueden pagarlo.

Su momento de fama le llegó a los 20 años, cuando logró participar en el programa de talentos Rojo Fama contra Fama, de la Televisión Nacional de Chile. Allí deslumbra, es contratada para formar parte de su elenco estable y consigue grabar su primer disco “La chica de rojo” aún con el nombre de Montserrat Bustamante. Con esta producción ganó placas de oro y platino y se mantuvo por cuatro años en la pantalla del programa, sin embargo la superficialidad de lo que hacía la frustró y buscando “algo más” lo abandonó todo y se fue a México con el objetivo de darle un significado a su talento.

Allá comienza de nuevo. Vuelve a cantar en bares, a trasnocharse, a contar los centavos, a enfermarse por comer mal y a soñar con grabar un disco que sí mostraría su esencia pero cuyo proyecto debió abortar al ser diagnosticada en 2009 de cáncer tiroideo.

“Te come lentamente/ Te sienta diferente/ si muero volveré a descansar”, escribió Mon de su experiencia luchando contra la enfermedad en su canción Hospital.

En la alfombra roja de los Grammy Latinos denunció los abusos en Chile

Sobrevivió, y como suele suceder, su triunfo sobre el cáncer la hizo renacer, en su caso hasta con nuevo nombre. Aprovechó el envión para renovar su discurso y estética musical. Sus letras se volvieron más ácidas y profanas, su look más desenfadado, sus apuestas más temerarias. Emergía la Mon Laferte que hoy florece.

En 2011 finalmente lanzó el disco con el que comenzó a decir sus verdades: “Desechable”. Al año siguiente se convirtió en vocalista de una banda femenina de heavy metal, Mystica Girls. Y ya no paró más. En cuanto a producciones discográficas, en 2013 publicó “Tornasol”, en 2015 “Laferte vol. 1”, en 2017 “La trenza” y en 2018 “Norma”.

Ha arrasado con los premios de su gremio. Ha cosechado aplausos en innumerables tarimas, ha pasado por cuanto programa de televisión latino se precie de llevar celebridades, actuó en películas, y en general, a pesar de que no le niega ninguna palabra a sus canciones rebeldes, también se había comportado como una hija sana de la farándula y la industria cultural. Empero, quienes pensaban que era una enfant terrible de las inofensivas se equivocaron por unas cuantas millas.

Musicalmente también ha sido iconoclasta. No para de escribir y le mete a todo. “Mi música ha mutado muchísimo en estos nueve años. Mi primer álbum era de un pop más oscuro, mucho más alternativo. Mi último álbum ‘Norma’ tiene salsa y bachata y mambo ¡El último sencillo es un reguetón! Yo no sé por qué la gente se espanta tanto con el reguetón, pienso que los ritmos no tienen la culpa de los compositores, de las letras”, dijo en noviembre entrevistada en la televisión mexicana.

Su participación de este año en Viña del Mar revolucionó el festival

Cualquier persona. Aunque su discurso feminista y antisistema ha acompañado su carrera desde el principio, su prontuario propiamente dicho comenzó con su desnudo parcial en la alfombra roja de los Grammy Latino, donde para colmo se ató en el cuello una pañoleta verde de esas que usan las mujeres para pedir por la despenalización del aborto.

“Sentía que tenía que hacer algo que llamara la atención internacionalmente porque estaban ocurriendo y siguen ocurriendo atrocidades en Chile que no estaban siendo vistas. En el mundo se hablaba que la gente saqueaba los supermercados por un alza del metro y no era ese el tema. Abrí el debate y algo que no se hablaba se comenzó a hablar”, detalló Laferte en esa misma entrevista en México donde reflexionó sobre su acción, igualmente aplaudida y cuestionada.

Junto a los gramófonos, ella fue la noticia de esa noche. En redes sociales se dijo de todo, se le acusó de querer darse publicidad e incluso feministas como ella la acusaron de usar los códigos del machismo para transmitir su mensaje. Sobre eso dijo: “Si me ponía un cartelito nadie lo iba a leer, en cambio sabía que por la sociedad que somos si yo enseñaba mi cuerpo el mensaje se iba a hacer viral”.

En Univisión se enfrentó a una feroz entrevista donde fue increpada pero ella también increpó. La pantalla se convirtió en un ring de boxeo apenas inició el diálogo al ella reclamar que el canal sólo resaltaba las pérdidas materiales de las protestas y nada decía de muertos o desaparecidos.

Trataron de confundirla preguntándole si estaba de acuerdo con la violencia. La periodista quiso justificar la instalación del toque de queda por parte de Piñera debido a los saqueos en Wallmart y ella contraatacó: “¿A ti te parece que quemar un supermercado que está asegurado, que son cadenas multinacionales de empresarios millonarios, es más importante que la vida de la gente?”.

En ese programa ella puso en duda que todo lo que se le achaca al movimiento popular sea así. Dijo que estaba en investigación si algunas de las edificaciones incendiadas habían sido prendidas en llamas por los propios carabineros y esto obviamente no le gustó nada al gobierno de Piñera, que decidió citarla a declarar en tribunales.

Sus letras y estilo músical han evolucionado en nueve años de carrera

“He tenido mucho miedo pero también me he sentido super valiente”, dijo en Viña del Mar refiriéndose al tema y a las amenazas que ha recibido. “Si me tienen que llevar presa por decir lo que pienso ¡llévenme presa!“.

Hay quienes equiparan el verbo encendido de Mon Laferte con sus compatriotas Víctor Jara y Violeta Parra. Hace unos días un periodista venezolano, José Roberto Duque, a propósito de su presentación en Viña, la comparaba en redes sociales con Alí Primera. Para la mayoría son paralelismos exagerados pero lo cierto es que cada día se ve más a Mon Laferte como una especie fuera de su hábitat natural. Otros con menor osadía dicen que se parece a Amy Winehouse, a Edit Piaf, a Janis Joplin o hasta a John Lennon, que también eran rebeldes incomprendidos.

En la Quinta Vergara, donde fue ovacionada y donde coreó junto al público consignas revolucionarias, se notó a dónde realmente pertenecía cuando frente a la audiencia se reivindicó como nacida en Viña del Mar y preguntó si había gente de su barrio. “¿Hay alguien de la Gómez?” lanzó, y el griterío en que estaba convertido el coso se enmudeció. Parece que la gente que viene de donde ella viene no es asidua a esos eventos.

A fin de cuentas ella se reivindica tan solo como una ciudadana. “Me dijeron que tenía que preparar un discurso para hoy día. Me decían ‘teneis que decir algo’ y yo decía ‘¿por qué tengo que decir algo si yo soy una cantante no más que da su opinión como cualquier persona? ”.

La actuación de Mon Laferte en Viña, donde se dejó acompañar de decenas de mujeres cantantes para darle al show un tono cien por ciento femenino, le valió sendas gaviotas de plata y oro. El público pedía para ella la de platino, máximo galardón, pero no se la concedieron. No hizo falta la estatuilla para que se actuación trascendiera. Y como oveja negra su verbo sigue incomodando y va en escalada. En medio del estallido Mon Laferte hizo su propio festival.

Se ha convertido en un ícono de las protestas en Chile

La chilena de potente garganta y soltura con la pluma resultó ser una voz incómoda que se mimetiza con las causas populares menos asociadas al espectáculo.

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