Antes, después de Navidad

No es fácil proponer un comentario o una meditación sobre la Navidad. El peligro es cada año el mismo: proponer algunas frases piadosas o humanitarias. Después, todo sigue como antes.

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Sin embargo, el cristiano no tiene por qué acariciar las banalidades e ilusiones. Le toca huir del mantel de frases destinadas a cubrir la triste realidad de la vida humana con una supuesta devoción.

Sí: después de Navidad las cosas siguen su pesada rutina. ¿Nuestros progresos? Nulos. Alcanzar la luna, e ir inclusive más allá. Y después llegamos a la muerte (pero no la nombramos porque no es conveniente). Sin embargo, vamos a jugar el juego: buscar lo que la Navidad significa si acaso se tiene que incluir la muerte. No es imposible que el intento pueda interesar a aquellos que no compartan la fe cristiana. Como Dios es el autor principal del hecho de Navidad, uno puede reconocer que el punto de partida básico para el creyente y el increyente tiene la misma fragilidad. El misterio empapa nuestras existencias y nos invita a mirarlo con atención: la alegría sin objeto material, el miedo que arruina la existencia bañada por el tiempo, el amor absoluto…

Así somos devueltos al misterio, al tiempo, al infinito que fundamenta nuestra existencia sin tener, él, ningún fundamento. Lo llamamos Dios. Pronunciar ese nombre es llegar al misterio en sí; que a este ser anónimo le demos un nombre u otro, o ninguno. Cuando aceptamos preguntarnos sobre el fondo de nuestra naturaleza; cuando nombramos pensamiento, esperanza, amor, entramos en contacto con Dios. Los antiguos teólogos orientales hablaban así de la incomprensibilidad de Dios, nombrado o desconocido.

Dios es el misterio y, aun nombrado, sigue siendo misterio. Abismo de la existencia humana. Juicio y perdón. Infinito del pensamiento, y sobre todo inmensidad de la esperanza y exigencia infinita del amor. Llegados a este punto de sumisión aceptada, Navidad ya está en nosotros. La encontramos sobre todo en la aparición definitiva, irrevocable, de Jesús de Nazaret. Es el único ser en el que Dios y el hombre forman un solo “quid” sin anularse mutuamente.

Si algunos tienen la osadía de creer expresamente en la verdad de la Navidad, y si otros sólo aceptan en silencio la profundidad de su propia existencia, juntos pueden celebrar la Navidad.

Sacerdote de Petare

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