250 años

El 28 de octubre de 2019 se celebra el sesquicentenario del natalicio de Simón Rodríguez. Son 250 años que tienen un significado profundo en la episteme cimarrona del alma latinoamericana y caribeña. El hombre más extraordinario del mundo centra su atención para resolver el problema humano y más precisamente el problema de la sociedad moderna en la postguerra americana, época en que concibe su obra, desde el materialismo dialéctico, que aparece como expresión científica de la realidad que le toca vivir, de sus contradicciones multiformes, de sus posibilidades para satisfacer las necesidades de un pueblo subsumido en la (des)identidad: “somos independientes, pero no libres; dueños del suelo, pero no de nosotros mismos”, dice.

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Rodríguez, con sus lentes en la frente como si quisiese aclarar sus ideas, desmonta con su obra el fatídico triángulo que arropa la Colombia mirandina: modernidad, colonialidad y capitalismo, aristas todas que nacen con la invasión del Reino de Castilla y Aragón. La modernidad, como periodo histórico caracterizado por un conjunto de ideas filosóficas, científicas, políticas y artísticas, establece un cambio profundo en la sociedad occidental.

Rodríguez es sujeto y objeto histórico a la vez: vivió la sociedad esclavista en Venezuela, Jamaica y EEUU y la revolución industrial, producto de la modernidad, en Europa. Entiende el colonialismo desde su doble conceptualización, como sistema social y económico por el cual un Estado extranjero domina y explota una colonia y como doctrina que legitima esta dominación política y económica. Tal comprensión le permite transitar el mapa de los excluidos para transformarlo en astrolabio emancipador con el que le da ser a las repúblicas latinoamericanas, redescubriendo su emporio cultural y visibilizando su identidad perdida.

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Rodríguez tiene plena conciencia del peso decisivo que tiene la colonialidad en el patrón mundial de poder capitalista (“la enfermedad del siglo es una sed insaciable de riqueza”, dice) porque se fundamenta en la imposición de una clasificación fenotípica de la población como piedra angular con el que opera geohistórica y culturalmente en las dimensiones materiales y subjetivas desde la metrópolis. Él sabe que “entre la independencia y la libertad hay un espacio inmenso que sólo con arte se puede recorrer” y dedica su vida a emprender tal recorrido. Lo mismo hacen los pueblos suramericanos que hoy abren las grandes alamedas.

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