¡Aleluya!

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Aleluya!, o: ¡Hallelujah!, normalmente escrito con los dos exclamativos, es una de las poquísimas palabras hebraicas adoptadas desde los tiempos anteriores a la era cristiana. En la liturgia de origen romano, esta exclamación, de tipo festivo, es suprimida en la cuaresma, es decir, los tiempos de preparación a la fiesta de Pascua. Es una palabra frecuente en los salmos de la Biblia, sobre todo en los cinco últimos. En el nuevo testamento, sólo aparece al final del libro del Apocalipsis.

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¿Su traducción? “¡Alaben al Señor!”. En realidad, es muy significativo que en ningún lugar se haya intentado traducir la palabra. Isidoro, obispo de Sevilla en el siglo VII, explica el hecho como una marca de respeto para con las tradiciones sagradas de cada Iglesia.

San Jerónimo felicitaba a los cultivadores y comerciantes que acostumbraban trabajar cantando el ¡Aleluya! En cuanto a las madres de familia, ¡enseñaban a sus bebitos a pronunciar esta palabra antes de poder decir “mamá”!

Los navegadores y marineros de Europa occidental hacían resonar playas y orillas de los ríos con el ¡Aleluya! alternado. Los soldados romanos de los siglos quinto o sexto lanzaban aquella palabra en el combate contra sus enemigos paganos; era como una especie de grito de guerra.

Finalmente, la expresión:” ¡Aleluya, Cristo ha resucitado!”, era habitual tanto en la Europa oriental como en la occidental, aun en días de luto. Sin embargo, era común “deponer” (suprimir) el ¡Aleluya!, en ciertos momentos anteriores a la cuaresma. Un obispo de Italia comenta: “Le damos el adiós al ¡Aleluya!, como a un amigo muy querido. Lo besamos varias veces en la cara, la cabeza, las manos, antes de despedirnos de él”… y sigue todo el ritual del funeral del ¡Aleluya! Procesión de monjes y monaguillos, con un ataúd y toda una melodía acompañada por suspiros y lágrimas hasta el jardín del cementerio. Entierro del ataúd del ¡Aleluya!… En París, un monigote de paja llevaba la inscripción: “Adiós, ¡Aleluya!” en caracteres de oro; llevado hasta el cementerio, lo conducían a ese destino. O lo quemaban. Nuestra quema de Judas debe ser un recuerdo de origen parecido.

¡Adiós al ¡Aleluya!, a sus puntos exclamativos y demás extravagancias! Pero, ¡viva Händel! La Pascua ganará con su música, y otras tradiciones populares.

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