Después de la muerte

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Somos hijos de esta Tierra. El nacimiento y la muerte, la carne y el polvo, el pan y el vino; el miche y la leche… En ellos se juega nuestra vida, pues la Tierra es nuestra patria. Pero para que todos estos elementos tengan belleza, se requiere que el espíritu sea parte íntima de ellos, como una esencia secreta que, discreta y segura, orienta nuestra vida hacia la paz – armonía. Hacia el infinito.

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Pertenecemos a esta humilde y grave madre Tierra. Pero a su vez, suspiramos honda e íntimamente por una plenitud mayor que ella. ¡Imposible asirla por nuestras propias fuerzas! Así se instala en nosotros el dolor: larga distancia entre la gran promesa de vida y el cúmulo de miserias concretas. Llanto y más llanto.

En esas condiciones, ¿cómo pretender que la resurrección del Señor sea glorificación para los hijos de la Tierra? Escuchemos: Él es, como nosotros, hijo de la indigencia humana, pero también, hijo de la plenitud divina. En todo semejante a nosotros – sin cultivar nuestra rebeldía – , él llega a ser corazón divino en medio del corazón del mundo. Compasión en medio de la violencia. Al resucitar, viste la carne del mundo y la transfigura. Su resurrección es como la primera erupción de un volcán, manifestando que el fuego de Dios ya está ardiendo dentro del mundo, y promete alegrarlo todo con su inmensa llama.

Jesús ha resucitado para poner en evidencia que la obra final ¡ya comenzó! En lo hondo de su ser, la vanidad y la muerte ya han sido vencidas. Ciertamente, las aguas amargas del mal y el sufrimiento siguen corriendo, y por eso, nos cuesta creer que el Resucitado esté ya presente en medio de nosotros. Pero, sí: está. Está en la espera honda de toda criatura que aspira a ganarle la batalla a la enfermedad y a la muerte. Está en la historia del mundo que, en medio de baches y derrotas, camina con precisión divina hacia el día “D” definitivo. Está en las lágrimas y la muerte del herido, en la soledad del emigrante, en las miserables derrotas del vencido. Está en el pecado mismo, Él, que es la misericordia del amor eterno, está. Él, el corazón de nuestro mundo, sello discreto de su valor eterno. Termina la larga tristeza del sábado de lágrimas y muerte. Sol de esplendor. Se abre la solemnidad de pascua para todo el universo.

Sacerdote de Petare [email protected]

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