¿Hacia un planeta muerto?

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Hace unos días terminó el 50° Foro Económico Mundial de Davos, que reúne en esa localidad suiza a un escogido grupo de dirigentes políticos, magnates bancarios y potentados industriales. Las transformaciones del mundo los han llevado últimamente a invitar también a algunos pensadores, ambientalistas, líderes de pueblos indígenas y otras voces diferentes a las de su elitesco club.

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En esta oportunidad, los alertas sobre el calentamiento global, a poco de los incendios en Australia, ocuparon un lugar destacado. El propio secretario general de la ONU advirtió que “seguimos perdiendo la guerra contra el cambio climático” y que si los grandes emisores no se unen al esfuerzo “estamos perdidos”.

Por su parte, la directora ejecutiva de la organización ambientalista Greenpeace, Jennifer Morgan, caracterizó al foro como “uno de los escenarios del crimen del cambio climático”. Y señaló que los actos no están a la altura de los discursos. Por ejemplo, desde el acuerdo de París sobre el clima, en 2015, 24 de los grandes bancos que asistieron este mes a Davos han invertido un total de 1,4 billones de dólares en combustibles fósiles. “Afirman que respetan el acuerdo de París, pero siguen vertiendo su dinero en la dirección equivocada”, dice Morgan.

El presidente de EEUU, Donald Trump, dio un discurso en el foro donde se jactó de los resultados económicos de su país, sin mencionar al clima ni de pasada. Sobre ello, la directora de Greenpeace reflexiona: “Es obvio que no es consciente o no acepta el conocimiento científico, porque el mundo que describe no existe, y no se hace dinero en un planeta muerto”. Sí, hasta el capitalista más ávido tendría que reconocer eso. Pero solo la participación activa de millones y millones de personas en todo el globo logrará los cambios necesarios.

Como país petrolero y minero, debemos involucrarnos, a pesar de nuestros demás problemas. Por un tiempo, pareció que la propuesta del socialismo del siglo XXI no olvidaba al ambiente. Hoy, esa preocupación luce muy lejana de la política del Gobierno: la explotación minera es desordenada y destructiva, y los mechurrios en Oriente contaminan quemando valioso gas, que ni se reinyecta ni se aprovecha, al sacar petróleo como sea. La solución económica no debe llevarse por delante a la naturaleza.

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