Humildad

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El gran mensaje del Domingo de Ramos es la humildad. Vale siempre y sobre todo en tiempos como el que vivimos, aquí y en el mundo entero. La pandemia nos unifica en el riesgo porque su amenaza no distingue de nacionalidad o posición social, de poder o de riqueza en una emergencia que nos invita a la prudencia, esa virtud que nunca es sobrante y a la solidaridad porque, como he visto en la cuña de un gobierno extranjero, Cuidarte es cuidarnos.

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Estamos en Semana Santa. El pasado 5 fue Domingo de Ramos. Su mensaje, me parece, más allá de los cristianos y de todos los creyentes en cualquier religión, vale para la humanidad entera. Al fin y al cabo, su centro es la persona humana. El largo evangelio de Mateo leído está poblado de lecciones. Sus simbolismos nos interpelan, bien recordó el cardenal Porras en su homilía, acerca del papel que queremos desempeñar y nos señala el camino de la autenticidad, pero en lo personal, me siento tocado por dos pasajes, uno es el desgarrador contraste entre la entrada triunfal de Jesús a Jerusalén y su inmediato e injusto proceso; otro, la conciencia de la fragilidad humana.

La apoteosis del recibimiento del Señor en la ciudad, la bienvenida popular jubilosa, hacía imposible predecir que en seguida sería acusado, juzgado, condenado y crucificado en menos de una semana. La gloria máxima y la mayor desgracia están separadas por una distancia corta e incierta, nunca se sabe cuándo puede cambiar la suerte. Él lo sabía porque estaba escrito pero nosotros, ustedes y yo, los poderosos y los débiles y perseguidos, todos, nunca podemos saberlo. Así que no deberíamos fácilmente caer en la tentación de la vanidad, de pensar que la buena fortuna es nuestra propiedad eterna e intransmisible. Porque no lo es.

 La última cena, grabada en nuestra memoria en el mural de Leonardo en el templo milanés de Santa Maria della Grazie, millones de veces reproducido en cuadritos de recibos y comedores de casas de todas partes. No todos nos damos cuenta que el episodio se repite en la eucaristía que es el centro de la misa, y mucho menos comprendemos que la conversación con los discípulos nos alude. El tema es nuestra fragilidad. Traición, negación, miedo. Los vemos a diario y ¿podemos jurar que nunca los hemos cometido? Menos vanidad pues, menos soberbia. Que todos estamos expuestos.

No estamos solos, nos insiste Francisco como repite la doctrina por milenios. Es la verdad. No estamos solos.

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