La vacuna

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La vacuna posible, los medicamentos de sanación o estabilización, los equipos para hacer las pruebas al paciente para ver si ya está contagiado son en este momento el objetivo imprescindible de toda la estructura de acción sobre la pandemia en el mundo.

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China, siendo el primer país que sufrió la estocada del virus, lleva la delantera en la investigación, y le siguen, está ya en pruebas experimentales y necesita doce meses de inoculación y observación para definir una respuesta sólida sobre su efecto. Leemos en distintas fuentes que debe probarse en gente “entre los 18 y los 60 años y que no haya padecido la dolencia en el pasado”.

España, Rusia y Francia también se abocan a esta investigación y a la posibilidad de ofrecer salidas a la pandemia. Todos se enfrentan al tener capacidad de producción suficiente para el mundo, pero en ello hay que pensar en cuanto exista un resultado de efectividad comprobable.

El equipo chino lo dirige una investigadora de Tianjin, una empresa privada (Cansino Biologics) con la Academia Militar de Ciencias Médicas de China, comandados por la bioingeniera y comandante Chen Wei. Ella no puede imaginar (¿o sí?) todo el volumen de población mundial que está esperando el éxito de tales experimentos. Y celebran los investigadores que se trata de una vacuna “de nueva generación que solo contiene ciertos antígenos específicos sin patógenos, por lo que es contemplada como más segura que las técnicas tradicionales”. La Organización Mundial de la Salud dio el visto para los ensayos.

Nosotros desde nuestros encierros, donde con profunda obediencia tratamos de seguir las normas establecidas por la cuarentena, y recordamos a tantos amigos quienes desde diversos lugares se acoplan a la misma ley, e igual angustia con la pandemia, hemos recordado aquella película del chileno Fernando Meirelles El jardinero fiel, cuya trama se desarrolla alrededor de una pareja, de la cual la mujer ha sido asesinada en Kenia, porque investiga las experimentaciones de la industria farmaceútica con los habitantes de ese país, su marido se dedica a investigar el asesinato de su esposa y descubre el enorme negocio. El vínculo subterráneo es el uso de Dypraxa, un medicamento contra la tuberculosis que se probaba en la población más pobre de Kenia. Es una inteligente película que les recomiendo.

Hoy estamos todos en el mundo (o muchos de nosotros…) queriendo tener fe en que la pandemia tiene que sensibilizarnos alrededor de una circunstancia que nos afecta y requiere de profunda solidaridad y respeto por la sobrevivencia de la humanidad, sin distingos de ningún tipo. A eso apostamos.

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