No olvidemos la corrupción

En estos tiempos de estallidos sociales en cualquier lugar del mundo, pero muy significativos en América Latina, con marcada violación de derechos humanos, no olvidemos la corrupción, de aquí o de allá, aunque estemos en medio de una crisis en lo económico, en lo político y hasta en el derecho, que se expresa en crisis de la legalidad por la ausencia e ineficacia de los controles. Por supuesto, es una crisis de la democracia.

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Una vez lo planteó Luigi Ferrajoli, colocando como ejemplo a su país, Italia, como un gigantesco sistema de corrupción que envuelve la política, la administración pública, las finanzas y la economía, y que se ha desarrollado como una especie de Estado paralelo gestionado por las burocracias de los partidos y por los lobbies de los negocios.

No olvidemos la corrupción porque ella continúa en los espacios de poder y con sus prácticas corruptas en cualquier sector de la vida de este país, o de cualquiera de los países de América que hoy día viven momentos tormentosos y de real crueldad en la represión de la protesta, ya sea en medio de un golpe de Estado con masacres cometidas en las regiones bolivianas de Sacaba y Senkata, víctimas de crímenes de lesa humanidad; o en Chile dónde los carabineros arremeten contra los manifestantes dejando más de 350 personas sin visión, sin sus ojos para ver por el resto de sus vidas; o la bestial y sempiterna represión en Colombia donde a diario matan a líderes sociales y 86 delegados o delegadas de derechos humanos han sido asesinados en este año.

Los mismos represores que hace poco hablaban de derechos humanos en Venezuela y se rasgaban las vestiduras de un “pretendido” dolor que les producía las detenciones de guarimberos que protestaban con violencia en las calles o incendiando seres humanos y bienes públicos y privados. ¿De qué hablarán ahora?

Pero no olvidemos la corrupción, tanto en el sector público como en el privado, ellos conforman el “gran mercado de la corrupción” que afecta a los principios de un Estado democrático, provocando que los ciudadanos pierdan la confianza en las instituciones. Eso fácilmente se percibe.

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La corrupción es difícil de contener y se asienta en el centro de cada poder. Una policía corrupta -decía el buen jurista Hassemer- incluso una justicia o un poder legislativo corruptos envenenan un orden democrático y libre desde sus propias entrañas. ¿Qué pasa en la Asamblea Nacional?

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