Un desafío inesperado

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En el año 1347, la peste negra se presentó en el sur de Italia, traída por un barco en proveniencia de Oriente. Subiendo por el camino de los comercios y las peregrinaciones, el azote invadió la casi totalidad del Occidente conocido. La violencia de la epidemia perdió fuerza después de un siglo. La primera ola aterradora se había multiplicado: la peste reinó con altibajos durante más de cien años. Un cronista de la época pintó el carácter fulminante de la pandemia: “quien gozaba de buena salud hoy, moría al día siguiente. Tumores le nacían de repente en las axilas y la ingle: en pocas horas lo llevaban infaliblemente a la muerte. Y de allí a la fosa. La enfermedad se propagaba por contagio: quien iba, en buena salud, a visitar a un recién hospitalizado, a menudo no escapaba”. Así, entre 1350 y 1450, se ha podido evaluar a más de un tercio la población de Occidente que murió de la peste.

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No dramaticemos el coronavirus. No se trata de minimizar la posibilidad de contagio, ciertamente, y conviene adoptar todas las precauciones de ley contra la extensión de la enfermedad. Pero el peligro en comparación con la peste de siglos pasados no tiene proporción. La prevención obliga hoy a medidas eficaces, y la ciencia médica ha progresado considerablemente.

Viene a punto oír la invitación que hace el papa Francisco: no abandonar a los enfermos. Volviendo a la lectura del cronista del siglo XV citado más arriba, impresiona saber que… “las santas religiosas (en el hospicio) prestaban su servicio sin temor a la muerte: humildemente y rehusando cualquier clase de honores. Buena cantidad de ellas fueron alcanzadas (por la enfermedad) y volvieron a su Señor. Pero constantemente fueron sustituidas”.

En ese trasfondo se inscribe la recomendación del papa: “que nuestros sacerdotes tengan la valentía de salir e ir al encuentro de los enfermos, para llevarles la fuerza de la palabra de Dios y la eucaristía, y para acompañar a los trabajadores de la salud, los benévolos, en el trabajo que están cumpliendo”. Añadiría un simple detalle a esta invitación del papa: generalizar la práctica que consiste en recibir la santa comunión no en la boca, sino en la mano. Sería oportuno hoy: sería más higiénico… y más tradicional.

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