El Mercado Las Pulgas en busca de redención

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Está abierto las 24 horas del día de lunes a lunes. Nunca duerme, y quizá por eso tiene vidas paralelas. El mercado Las Pulgas, punto neurálgico de la cartografía física, cultural y económica de Maracaibo, encarna de manera excepcional el trastorno bipolar que en la literatura inmortalizó Robert Louis Stevenson con el doble personaje de Dr. Jekyll y Mr. Hyde. Sitio donde confluyen culturas y modos de vida, de intenso calor, olores penetrantes y sonidos estridentes que se superponen, existe como tal desde 1972 en un espacio portuario que desde la fundación de la ciudad se usa para intercambiar bienes y servicios. Hoy, con la clausura temporal de la que es objeto debido a un fulminante brote de covid-19 que ya ha cobrado la vida de dos personas, la explanada donde según los baqueanos se consiguen “hasta los clavos de Cristo” escribe un nuevo capítulo de su tormentosa historia.

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“Es de los mercados el más popular/ es a donde el pueblo siempre va a comprar/ de arriba hacia abajo, de allá para acá/ buscando la vida el día pasará/ allá en Las Pulgas/ mercado favorito/ donde el pobre y rico/ siempre suelen comprar”, cantaba en 1980 los aún gaiteros de Guaco con Amílcar Boscán como voz emblema.

Ciertamente, a casi medio siglo de su fundación, Las Pulgas sigue siendo el resuelve de miles de familias zulianas y de comerciantes revendedores que lo eligen como sitio de compras por sus precios y también porque todo se consigue. Esa es una de sus caras, pero al mismo tiempo otra realidad subyace en sus más 40 mil metros cuadrados. Su crecimiento fuera de toda planificación trajo consigo problemas progresivos de salubridad, infraestructura y servicios básicos, así como la proliferación de mafias que van desde la extorsión, el narcotráfico, la venta de productos al margen de la ley y el contrabando; a esto se suma también el trabajo infantil fuera de toda regulación, criminalidad y prostitución. Algunos dicen que el mercado tiene el “mérito” de ser la cuna del bachaquerismo, entre otros vicios de esta década. Es un sitio para andar con cuidado pero no por eso ha dejado de ser multitudinario, quizá porque la seis principales avenidas de la ciudad y prácticamente todas sus rutas de transporte público —incluyendo el Metro de Maracaibo (apodado “el centímetro” por su breve trayecto)— confluyen frente a sus puertas.

De Los Piojos a Las Pulgas

La construcción del mercado Las Pulgas, tal como hoy se le conoce, formó parte del plan de remodelación y “modernización” de Maracaibo que emprendió Rafael Caldera en su primer gobierno y cuyo acto más emblemático y controvertido fue la demolición del barrio El Saladillo. Se trata de una historia que más bien es una herida abierta.

El derrumbe de las casitas coloridas de esta zona populosa se realizó con bombos y platillos, con la promesa de instalar en esos espacios un centro cultural de primer mundo, sin embargo entre sus pobladores, que fueron desalojados a contrareloj y mal compensados, se esparció el rumor de que el repentino interés por la zona se debía a que quizá bajó sus cimientos había petróleo. El hecho es que el centro cultural nunca se construyó y en su lugar se edificó el Paseo Ciencias, una plaza-bulevar sin mayores atractivos que hoy ya tampoco existe, pues que fue sustituido durante la gobernación de Manuel Rosales por el Monumento a La Chinita.

En medio de todo eso, como parte del plan de reorganización del casco central de la ciudad, los buhoneros que por décadas vendían al aire libre en la Plaza Bolívar y la Plaza Baralt, así como comerciantes del clausurado mercado Central y del demolido mercado La Marina, fueron reubicados en esta nueva edificación, apostada en la también flamante avenida Libertador. Al momento de su apertura por parte del propio Caldera, el mercado albergó a 2 mil trabajadores, relatan los historiadores Jesús Ángel Parra y Luis Guillermo Hernández  en su Diccionario General del Zulia.

Mención aparte merece el nombre de la edificación, que según el también historiador zuliano Kurt Nagel, respondió a una “moda esnobista”. Y es que “Las Pulgas” no era sino un homenaje al mercado parisino de antigüedades del mismo nombre, fundado en 1885. Lo que quizá no sabían quienes sugirieron adoptar el apelativo es que, a su vez, este hacía referencia a un dicho de los habitantes de la capital francesa, quienes aseguraban que en el “Marché aux Puces”, la ropa usada que allí se vendía venía con todo y pulgas.

Pero sucede que la historia no carece de sentido de la ironía. Ese lugar que hoy está cundido de covid-19, exactamente doscientos años antes de inaugurarse como Mercado Las Pulgas se llamó Mercado El Piojo, por razones que nada tienen que ver la una con la otra. Recoge Nagel que en 1872, por orden del general liberal Venancio Pulgar, el espacio acogió un mercado portuario donde atracaban embarcaciones que traían paja, moporas, mangle y enea, y donde además se vendían burros, chivos, carneros y otros animales.

“El nombre le vino por un piojillo que traían aquellos pajizales resistentes a la humedad con los cuales se tejían las esteras o famosos petates; animalillos que se apoderaban de las partes pudendas de cualquier mortal que osara meterse en aquel antro”, relata Nage —ya fallecido— en su artículo El Mercado de Maracaibo, fechado en 1996 y publicado en la página web de la marabina Universidad Rafael Belloso Chacín.

Un mercado soberano

La historia reciente de Las Pulgas es el relato de una comunidad que busca a gritos la redención. En años recientes varios han sido los intentos de sanear o al menos de reinventar los espacios de Las Pulgas pero porque constituiría la interrupción de una arraigada cotidianidad y también debido al miedo de sus trabajadores de perder un sustento seguro, las iniciativas siempre han causado aprensión y tenido resistencia. El mercado, como comunidad, siempre ha logrado imponerse y ejercer una soberanía accidentada pero férrea.

Manuel Rosales ofreció en su época de esplendor demoler el mercado y construir en su lugar el “Buchones Mall”, un centro comercial con aire acondicionado y modernas instalaciones cuyo nombre evocaría otro de los apelativos que tuvo la zona en la época colonial y luego de nuevo a mediados del siglo XX: Mercado de los Buchones. El anuncio fue tan mal acogido que no pasó de ser una idea.

Más reciente, en septiembre de 2018, el gobernador Omar Prieto, en un esfuerzo conjunto con instituciones nacionales, locales y efectivos militares, encabezó un intento de “intervención” del mercado que en su primera jornada arrojó 21 detenidos, 2.500 tarantines irregulares demolidos y copiosos decomisos de productos de contrabando y dinero en efectivo. La acción, que en palabras de Prieto tenía como objetivo ir tras las redes de extorsión, bachaqueo y prostitución infantil, puso un relativo orden por varias semanas, pero poco a poco Las Pulgas fue volviendo a su particular normalidad.

Las Pulgas tiene su propia emisora de radio, un semanario, un club de niños trabajadores, lugares de culto religioso, oferta de todo tipo de servicios para propios y extraños, y una independencia del mundo exterior que sin riesgo a caer en lugares comunes, convierten al lugar en un verdadero mundo aparte. Además, se suma un puente binacional permanente con base fundamental en la ciudad colombiana fronteriza de Maicao, que le da desahogo y facilita el comercio de entrada y salida. Dicen que un día de cierre de Las Pulgas desestabiliza toda la economía de Maracaibo. Ahora es el momento de comprobarlo.

Con la clausura del mercado debido al coronavirus, los usuarios y trabajadores de Las Pulgas cantan lo mismo que de décadas atrás el “Monumental” Ricardo Aguirre le cantaba a Maracaibo: “¿Qué más te puede pasar, que ya no te haya pasado?”.

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