El llano venezolano aún está en luto profundo y melancólico tras la partida de dos de sus hijos más ilustres. El pasado 28 de abril, la voz recia de José Alí Nieves, “El pico de oro de Venezuela” se apagó, dejando un vacío inmenso en el sentimiento llanero. Apenas una semana después, -el 6 de mayo- su eterno compañero de escenarios, Francisco Montoya, «El tigre de Payara», también emprendió el viaje, tras el llamado de la tierra.
Esta coincidencia en su despedida ilustra un último acto de hermandad entre dos hombres que compartieron no solo la época dorada del folclor, sino una trayectoria marcada por el respeto mutuo y el éxito inalcanzable.
Ambos cantautores no fueron simplemente artistas; fueron los arquitectos de la identidad musical de la nación. Desde los escenarios de los años 70 hasta las parrandas más recientes, Nieves y Montoya forjaron una carrera en paralelo, elevando el pasaje y el joropo a niveles de maestría.
La partida de estos pioneros representa una pérdida irreparable para la cultura popular. Con ellos se va una forma única de interpretar la vida a través de la sonoridad del arpa, marcada por la honestidad del verso bajo la potencia de la voz natural que viaja con el viento desertando y alegrando la sabana.
Hoy, José Alí Nieves y Francisco Montoya dejan una escuela vasta y profunda para las nuevas generaciones de intérpretes. Su legado no solo reside en sus grabaciones icónicas, sino en la disciplina, el amor por la raíz y la elegancia del canto llanero que siempre defendieron.
Los nuevos exponentes tienen en su historia el mejor manual para entender que el folclor es un fuego que se mantiene vivo con la verdad. Mientras un arpa suene en cualquier rincón de nuestra geografía, sus nombres seguirán cabalgando libres, eternos y vigentes en el alma de Venezuela.




