InicioHorizonte (Des)comunalLa virgen (que cuida) echa raíces

La virgen (que cuida) echa raíces

Señalan algunos cronistas que el 31 de julio de 1817, en las faldas del cerro Matasiete, una bala disparada por las tropas realistas chocó contra la medalla de la Virgen del Valle que un patriota margariteño llevaba en el cuello. El metal, que frenó el proyectil y salvó al combatiente, sirvió como evidencia de un milagro que fue leído por el pueblo en resistencia como una señal de que aquella imagen, traída siglos atrás para la evangelización y dominación de nuestros pueblos indígenas, se había cambiado de bando para proteger y apoyar a quienes luchaban por la independencia.

Cuando alrededor del año 1530 aquella imagen desembarcó en la ciudad de Nueva Cádiz, en la isla de Cubagua, los cuerpos indígenas y esclavizados tenían años forzosamente dedicados a la extracción de perlas, y la Virgen había llegado precisamente para legitimar aquel orden de expoliación que los obligaba a descender al fondo del mar sin garantía de retorno. En 1541, cuando un cataclismo natural destruyó Nueva Cádiz, la Iglesia donde permanecía la escultura de la Inmaculada Concepción quedó bajo escombros. La imagen, sin embargo, fue rescatada sin mayores daños y posteriormente trasladada hasta el Valle del Espíritu Santo, en la isla de Margarita.

A su llegada, algunos relatos señalan que el pueblo margariteño la llamó Señora de la Tempestad, por su relación con lo ocurrido en Cubagua. Tiempo después, tomando en cuenta su ubicación, empezó a conocerse con su nombre actual, Virgen del Valle. En aquel entonces, con legítima sospecha, su figura no ocupaba el privilegiado lugar que hoy ocupa en la identidad neoespartana. Sin embargo, a partir de su traslado a Margarita, la imagen comenzó a despegarse progresivamente de la institución que la trajo para incorporarse a la vida cotidiana de la isla.

Los acontecimientos de la Batalla de Matasiete consolidaron ese largo proceso de apropiación y precipitaron el momento en que la imagen mariana del colonizador fue encarnada por un pueblo que había decidido ser libre. La imagen que había llegado para legitimar un orden de dominación terminó protegiendo a quien luchaba contra ese orden. Solo la virgen que cuida y salva una vida de la comunidad echa raíces con su pueblo. La incorporación de la virgen europea al repertorio de creencias insular ocurrió sobre un territorio donde la figura de la mujer ya ocupaba un rol de cuidado y resguardo de la memoria y la vida, lo cual habilitó este proceso.

El ejercicio de cimarronaje que transformó la relación con la virgen ha demostrado ser uno de los dispositivos identitarios más importantes en nuestras islas. En La Asunción, la ermita de Santa Lucía se levantó en 1575 como un espacio de control religioso para congregar y evangelizar la población indígena que el orden colonial buscaba controlar. Con el abandono del culto eclesiástico, la comunidad habitó la estructura, primero como Mercado y luego como Teatro. Cuando el paso del tiempo dañó la infraestructura, un grupo de cultores, como Luis Eduardo Acosta y el grupo Sobretablas, asumieron la autogestión para sostener la creación cultural. La colonia había levantado esos muros para controlar los cuerpos y el trabajo, pero la propia gente tomó la estructura para decidir qué voces y qué historias debían brotar desde adentro.

En su reciente obra realizada en ese mismo espacio en el marco del Festival Ciudad Mural, el artista Chamox, nativo de Suamox, en los Andes colombianos, reconocía en el mar que sostiene a las poblaciones costeras la misma fuerza que en su tierra andina se conoce como la Pachamama o Madre-Tierra; una figura cuya representación permite vincular diversas divinidades femeninas. Esa lectura, forjada en su propio territorio, encuentra resonancias en la historia de este archipiélago. El pueblo guaiquerí, que pescó en estas aguas antes de que algún español las nombrara y redujera a fuente de riqueza, construyó su existencia alrededor del mar como entidad madre, mientras que las tradiciones bantú y yoruba, arrancadas de África para ser esclavizadas, trajeron consigo su propia forma de nombrar y resistir, ya sea invocando a Yemayá, asociada al mar y a la fecundidad, o viendo en el océano el Kalunga, ese umbral de los ancestros que terminó dotando de una fuerza protectora y libertaria a la virgen europea.

Gracias a esa herencia, Nueva Esparta tiene una larga historia de acogida y hospitalidad. Los cuerpos y territorios de este archipiélago abrazan todo lo que sostiene la vida. Por eso se comprende tan bien la condición del navegao. La imagen de la virgen vino de España y Chamox de los Andes. Ambos llegaron de afuera y encontraron una trama de relaciones que les permitió reconocerse en ella. Sin embargo, no todo extraño es bienvenido. Cual perla que rodea al intruso cuando invade la ostra, Nueva Esparta también ha aprendido a resistir todo aquello que intenta actualizar las lógicas extractivas de Nueva Cádiz.

La medalla que detuvo una bala en 1817 sigue colgada en la memoria de este territorio. Sobre el muro de la antigua ermita, Chamox plantea hoy la misma pregunta que aquella medalla ya había respondido una vez: ¿quién sostiene la vida cuando alguien intenta agotarla?

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