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Crisis de los misiles en Cuba, pitiyanquismo militar y filosófico de Rómulo Betancourt

El 17 de abril de 1961 había sucedido la invasión a Cuba por Bahía de Cochinos. La CIA había intoxicado a su propio país, diciéndole que los invasores serían recibidos como héroes por el pueblo ansioso. Como mercenarios enemigos de su patria es como los vio el pueblo cubano que, guiado por Fidel, los derrota rápidamente. Kennedy, que había autorizado la invasión, quizá contra su voluntad, debe asumir la derrota y la retirada. Los cubanos anticastristas lo ven como traidor, porque no le dio cobertura aérea a la invasión. En 1962, octubre, llega la crisis de los cohetes. Los ha puesto en ciertas cuevas de Cuba la URSS de Nikita Kruschev por invitación de Fidel. Kennedy entrompa con fuerza, ordenando el bloqueo de la isla. Aspira a inspeccionarla, Fidel se niega. Una flota rusa está cruzando el Atlántico hacia Cuba. ¿Se atreverán las naves norteamericanas a interceptarla cuando ingrese en la zona de bloqueo? No tuvieron que atreverse, los rusos dieron la vuelta en redondo y regresaron a su base. Investigaciones posteriores mostrarán que la instalación de la cohetería en Cuba había sido ocultada por Kruschev al Partido Comunista ruso, el cual no aprobaba una línea tan agresiva y, al conocerla, ordenó el retroceso. 

El propio Fidel Castro aclararía cuarenta y tres años después, en un programa de TV, detalles del derribo de un avión U2 que voló sobre Cuba en aquellos días puntos clave de aquel momento histórico. Dijo que Rusia estaba amenazada coheterilmente desde Turquía y desde toda Europa y tenía perfecto derecho a defenderse con iguales armas, pero cometió el error de no argüir ese derecho sino ocultar la colocación de sus misiles en Cuba. Al hablar así, el líder cubano establecía, sin proponérselo, un vínculo entre la crisis de los cohetes de Cuba y la crisis de la OTAN de 1957, que fue causal en la caída de Pérez Jiménez. Como se recordará, en la reunión de la OTAN sucedida en Turquía en diciembre de 1957, al tiempo que se acordó la caída del dictador, se decidió colocar cohetes y equipos de radar en el país turco y en varios de Europa, apuntando a la URSS. Los cohetes en Cuba fueron la respuesta soviética y la contra respuesta era la crisis de los cohetes. 

La cosa tuvo otra manera de repercutir en Venezuela. En su libro La cara oculta de Rómulo Betancourt4, Simón Sáez Mérida ha expuesto detalles de la colocación de las Fuerzas Armadas bajo comando norteamericano en los días de la crisis de los cohetes. Detalla en las páginas 188 y siguientes, la adscripción, por orden de Betancourt, de parte de la marina venezolana a una flota interamericana, bajo comando norteamericano, secretamente, sin conocimiento del Congreso venezolano ni del gabinete ministerial. La «Task Force 137», integrada por naves de Estados Unidos, Argentina y Venezuela, actuó en la detección de barcos: 

«Durante el patrullaje los destructores argentinos Rosales y Espora interceptaron a seis y 21 barcos respectivamente. Los destructores venezolanos Zulia y Nueva Esparta detuvieron a 40 y 31 embarcaciones respectivamente, mientras que el destructor Mallinix, de la Flota del Atlántico de los Estados Unidos informó haber establecido un total de 55 contactos». 

En realidad, algunos venezolanos cercanos al Presidente compartían el secreto. El 27 de octubre de 1962 se reúne en Caracas el Consejo Supremo Nacional de Defensa, convocado por la Presidencia de la República «ante la grave situación internacional a consecuencia de la crisis de los misiles soviéticos en Cuba y se promulga el decreto núm. 878 para movilizar a las Fuerzas Armadas». Tardío fue el momento de la oficialización de la subordinación militar: Kruschev acordó, el 28 de octubre, desmantelar los misiles.

Si en la guerra interna Betancourt se activaba mucho, no se quedaba atrás en la diplomática. Obtiene la expulsión de Cuba de la OEA, que ocasiona la retirada del partido URD de su gobierno, por la negativa del canciller Ignacio Luis Arcaya a solicitarla ante la organización continental. El hombre de la pipa mueve en la OEA la «Doctrina Betancourt», que pauta ruptura automática de relaciones con los gobiernos nacidos de golpes de Estado. Tales gobiernos son en general de derecha militar. La doctrina se cumple, Venezuela va quedando aislada de demasiados gobiernos, pero también constituida en el puntal de la democracia pro norteamericana en América Latina. Con los años la famosa Doctrina será abandonada disimuladamente pero, ojo, tras el glasnost los Estados Unidos avanzarán en el sentido  si no democrático al menos electoral que vemos actualmente a ritmo de baile loco en los televisores.  Esto muestra el grado muy alto de norteamericanidad de Betancourt, de adelanto filosófico en las ideas de sus amos.

El año 1963 comienza con el restablecimiento de las garantías constitucionales. El 16 de enero es asaltado el Museo de Bellas Artes por la guerrilla, que secuestra pinturas de valor incalculable exhibidas dentro de la Exposición Francesa. El 16 de agosto llega detenido al país Marcos Pérez Jiménez después de un proceso de extradición seguido ante tribunales norteamericanos, o tal vez ante el gobierno norteamericano La llegada del exdictador preso implica una radicalización conspirativa de los perezjimenistas. 

Es año electoral, poco después se produce una segunda división de AD. Si la primera. El MIR, tuvo signo ultraizquierdista, ahora se separa un sector intermedio en edad, llamado dentro del partido el Grupo ARS. Venían constituidos como tales desde los tiempos de 1946, cuando crearon problemas a Rómulo Betancourt. Acaso eran de centro-derecha, acaso nacionalistas, una derecha con filos terroristas «a la mexicana», que actuó contra Pérez Jiménez y contra la subversión comunista. Muy burócratas, muy claros en el dominio de posiciones de poder, las reclaman. No complacidos, se retiran de Acción Democrática en una convención donde se quedan con el nombre de Acción Democrática y la tarjeta electoral blanca. Su jefe es Raúl Ramos Jiménez, hombre con fama de duro. Otros que están con él son Héctor Vargas Acosta, José Ángel Ciliberto. Al final no controlan ni el nombre de Acción Democrática ni la tarjeta y van a las elecciones con una en la cual aparece un caballito. 

Y no falta la candidatura de Arturo Uslar Pietri con su cohorte de liberales al estilo URD, a la cual se añade Ramón Quijada, el principal dirigente agrario de Acción Democrática hasta el día anterior, que, pasado el oleaje uslarista tornará al «Partido del pueblo» como si nada hubiera pasado. Dos novelas muy poco conocidas han querido ser el manifiesto filosófico, o más bien existencial, del escritor candidato en este período: Estación de máscaras y Un retrato en la geografía. La Venezuela de los años de López Contreras llena el primer tomo. Villalba, José Rafael Pocaterra, los toscos burgueses, las mujeres deliciosas pasan ante los ojos de un estudiante inteligente, bien intencionado, pulcro, que acaso mató un policía y se va a París y es el alter ego de Uslar. En el segundo volumen el joven, que ya no lo es tanto, regresa de unas décadas de estudios en la Ciudad Luz y ve desfilar a Pérez Jiménez y Pedro Estrada, con asco. Los pobres son pintorescos, los ricos torpes, él, superior e incomprendido. Cierta historia edípica queda revelada en clave.

Corre la clásica candidatura socialcristiana de Rafael Caldera. 

Dentro de Acción Democrática hay tensión entre la candidatura de Raúl Leoni y la de Carlos Andrés Pérez. Betancourt impulsa la de Pérez pero no le es fácil imponerla contra un complejo de factores adversos: en parte el Buró sindical era más afecto por vinculaciones biográficas y alianzas profundas a Leoni, en parte actuaban las intrigas del doctor Giacopini Zárraga, que movía dinero, mucho dinero, dentro del liderato accióndemocratista para impedir una presidencia de Pérez, que Inglaterra veía como volcada a continuar la acción sobre la Guayana Británica que el líder guatireño había adelantado. Muy mal evaluaba Inglaterra estas realidades. Raúl Leoni hará la invasión a la Guyana conocida como Rupununi.

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