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Preparando el atentado contra la vida del Libertador

Varias tentativas fallidas de magnicidio se produjeron antes del conocidísimo intento de septiembre de 1828, una debía ejecutarse en un baile de máscaras ofrecido por las autoridades municipales en el Coliseo de Bogotá. Cuando Bolívar llegó al Coliseo ya los palcos y el recinto estaban colmados. Como la orquesta había comenzado a tocar, el Libertador prescindió de subir al escenario y permaneció entre los invitados, acompañado de sus ministros y los diplomáticos. Imaginemos a Bolívar paseando la mirada sobre los muchos enmascarados que bailaban ante él. Algunos escondían revólveres. Él conocía a los hombres de la conspiración. Cerraban por las tardes sus libros de cuentas para reunirse en la logia Sociedad Filológica a escuchar las soporíferas exposiciones de don Ezequiel Rojas sobre el benthamismo y los versos de Vargas Tejada contra Bolívar.  Mariano Ospina Rodríguez era de los miembros asiduos de la Sociedad. El rencoroso propietario de indios de Soachá también se sentía despojado por las legislaciones sobre intereses. Pontificaba proponiendo que se aboliera el articulado que limitaba al 5% el interés máximo para los préstamos en dinero. Wenceslao Zuláibar Santamaría era otro. En su almacén se discutía el atentado. Era rico comerciante, vinculado por lazos familiares al grupo de Arrubla y Montoya. Zuláibar fue realista en su juventud, como lo fue su padre. Su casa de comercio era de las más prósperas de Bogotá en el negocio de importación, tan favorecido por la política librecambista que salió del Congreso de Cúcuta. Se había asociado con un francés, Agustín Horment, llegado a Colombia en calidad de agente de la casa Darthes & Cía., de Londres. Como quiera que los Decretos de Hacienda y Régimen de las Aduanas, dictados por Bolívar en Venezuela implicaban un alza general de las tarifas de aduana, Horment hacía prácticas de tiro en el patio de atrás de la Sociedad Filológica. 

La Calle Real de Bogotá se había convertido en el cuartel general de la conspiración. Los mostradores de los principales almacenes servían de agencias para la distribución de los periódicos de la oposición. La prensa, que tradicionalmente había llevado una vida económica precaria, se veía fortalecida por las numerosas suscripciones que tomaban los magnates del comercio, nacionales y extranjeros, y muchas sociedades literarias y científicas se transformaban en clubes políticos antibolivarianos. La Filológica por fin pudo cumplir el artículo de sus estatutos que exigía traje de etiqueta para sus sesiones, porque a ella empezaron a asistir no sólo los estudiantes y aficionados a las letras, sino la plana mayor de los hombres de negocios de la capital y sus abogados. 

Los secretos de la Sociedad Filológica se colaban. Tanto el Libertador como Manuela Sáenz recibieron vagas informaciones sobre el complot. Manuela se desesperaba porque Bolívar no daba ninguna importancia a los avisos. Una señora que hizo la primera denuncia señaló al General Córdoba como uno de los principales instigadores de la conjura. «Dígale a esa mujer que se vaya, y que es una infamia tomar el nombre de un general valiente como Córdoba», fue la orden que dio Bolívar a su edecán. Y era lógico, Córdoba era un héroe notable, de la batalla de Ayacucho entre muchas.

Manuelita había rogado al Libertador que no asistiera al baile del Coliseo o se hiciera acompañar de una guardia. A nada de ello accedió Bolívar a pesar de que desde que se había constituido la Junta Secreta, derivación ultraconfidencial de la Sociedad Filológica, los medios de que se valdrían para asesinarlo eran objeto de exhaustivos debates. Las reuniones se efectuaban en el almacén de Zuláibar o en casa de Arganil. Se exploró la alternativa de aprehenderlo vivo. Esta variante fue rechazada tenazmente por Arganil, Carujo y Horment, quienes alegaron que era dable esperar que Bolívar intentara resistir o tratara de huir, lo cual determinaría el fracaso del complot si no se había tomado previamente la decisión de liquidarlo. Que Bolívar, desde que permaneciese vivo, seguiría siendo el ídolo del pueblo y del ejército y en su calidad de prisionero significaría un peligro mayor para la causa representada por los conjurados. Entonces se planteó atacar a Bolívar en uno de los saraos a los que asistía frecuentemente. Se vio a un joven insolente ocupar, en uno de dichos bailes, el asiento preeminente destinado al Libertador. Hablan y hablan del famoso florero de Llorente.

Según declaración que aparece en el expediente, Marcelo Tenorio, uno de los asistentes a la fiesta del Coliseo, quiso pasear por los correctores de arriba del edificio. Eran como las once de la noche. En la primera escalera encontró un enmascarado que le detuvo con ademán de confianza, llamándolo paisano. Iba vestido a la española antigua, haciendo el papel de viejo con un enorme coto. Y como después de las primeras chocarrerías Tenorio se incomodara, se acercó y le dijo: «¡Qué! ¿No me conoces?» y levantó la máscara. Era Pedro Carujo. Dijo: «Dentro de una hora, al golpe de las doce, morirá el tirano»; y en seguida le señaló el interior de la solapa de la casaca donde aparecía un sol pintado y el cabo de un puñal que tenía en el bolsillo, y concluyó diciéndole: «Somos doce los resueltos… silencio»; y se perdió entre el ambiente. Pedro Carujo sería después famoso por una escena golpista que lo enfrentó al Presidente Vargas. Es un oficial con latines en la cabeza y se hace llamar en logia Scévola o Manoquemada, para identificarse con un romano, gran jurista, que se enfrentó a Tarquino el antiguo, el primer tirano de Roma, y ante éste colocó la mano sobre un fuego. La mano prendida en llamas y el rostro impasible de Scévola aleccionaron a Tarquino acerca de que no se aceptaría su tiranía. Scévola era también el pseudónimo usado por Henry Clay para escribir sobre ciertos temas legales. Carujo había gastado varios caballos en hacer conexión entre las conjuras de Bogotá y la Cosiata de Valencia y ejerce una influencia sombría y astuta.

Como en el Julio César de Shakespeare

Una hora había transcurrido desde que el Libertador llegara al Coliseo, la alegría era general, cuando en la puerta del teatro se oyeron los rumores de un altercado y se presentó en el recinto Manuela Sáenz. Venía vestida de hombre, desmelenada y contorsionándose como si estuviera ebria. Detrás de ella y tratando de contenerla, seguía el jefe de la policía, señor Ahumada, quien había intentado cerrarle el paso en la puerta, diciéndole categóricamente: «Aunque fuera Santa Manuela, usted no entra aquí vestida de hombre». 

Al sentir Bolívar que todos los ojos se clavaban en él con mudo reproche, se volvió hacia su edecán Ferguson y le dijo en tono airado: «Esto es insufrible» y tomándolo del brazo se dirigió a la salida del teatro. Momentos después, Marcelo Tenorio, que no había presenciado la escena por hallarse todavía en los pasillos, comenzó a oír preguntas dichas en voz baja: «¿Qué se ha hecho el Libertador? ¿Dónde está el Presidente?». 

Le era imposible conocer a los dueños de las voces tras las máscaras. Manuela ya se había ido, cumplido su plan de producir la salida de Bolívar de la fiesta sin que fuera un retiro de miedo, que Bolívar no podía permitirse. No asistir estando Bogotá llena de rumores de que esa noche se le asesinaría hubiera sido el principio del fin de su prestigio: «Bolívar tiene miedo», sería el comentario universal al día siguiente. Y advendrían nuevos retos, retiradas de amigos. Aquella fue la primera vez que Manuela le salvó la vida a Bolívar.

Narra Liévano Aguirre que la actividad de las células subversivas se acentúa.

«Para estimular el entusiasmo de los burgueses santafereños, las “células” no fueron parcas en promesas. El espíritu de lucro fue el principal incentivo que emplearon los agentes proselitistas: prometieron la reforma del régimen tributario y de aduanas; la liquidación definitiva de los resguardos; la continuación del reparto de las tierras baldías y de las minas y la reanudación de las negociaciones para contratar un nuevo empréstito extranjero, que se destinaría a cancelar totalmente la deuda pública. Don Miguel Acevedo, uno de los más activos conspiradores, relató así las ofertas que se le hicieron para ganar su adhesión: “El exponente —dijo— ilusionado por las lisonjeras ofertas que se le hicieron de premiar a su familia por los sacrificios que había hecho por la independencia, y de sacarla de la miseria en que yace, entró en la conspiración por la esperanza de mudar de suerte”.» 

En tales circunstancias un hecho inesperado imprimió urgencia a la conjura. La noche del 24 de septiembre de 1828, Benedicto Triana, un preso consignado en el cuartel de la Artillería y quien al igual que otros tantos, se ausentaba con frecuencia del cuartel, regresó a su prisión muy tarde y ebrio. Al entrar en el dormitorio se encontró con el Subteniente Francisco Salazar y temeroso de que éste le denunciara por las horas a que regresaba, le dijo con tono amenazante: «Vengo de la Logia, donde me protegen todos y hemos de joder a ese viejo Bolívar que ha dado en un tirano».

Al día siguiente, Salazar denunció a Triana. Las autoridades, ordenaron su arresto e incomunicación, pero por ese día no se le tomó declaración. Si el Gobierno no dio demasiada importancia al suceso, otra cosa pensaron los conjurados. Suponiendo que se torturaría a Triana para que confesara los planes de la conjura contra «el viejo» Bolívar, Carujo se llenó de pánico y fue precipitadamente a casa del poeta Vargas Tejada y después de ponerlo en antecedentes, le habló su convicción de que todo se perdería si no daban el golpe antes de que el gobierno se enterara. Vargas Tejada, no menos preocupado, lo secundó y acordaron convocar una reunión extraordinaria para esa misma noche en casa de Vargas Tejada y preparar un plan de rápida ejecución, para dar muerte al Libertador. 

Cuando Carujo llegó a casa de Vargas Tejada la noche del 25, todo estaba preparado. Como se temía que algunos de los conspiradores podían arrepentirse si se llegaban a enterar de las escasas fuerzas militares de que se disponía para el golpe, Vargas Tejada arregló su casa de manera que pudieran deliberar por separado los iniciados, que todo lo sabían, y los neófitos, a quienes se daría solamente informaciones que alentaran su entusiasmo. En la atmósfera de la casa flotaba el hálito frío de Bogotá. Haciendo alardes de elocuencia, Carujo terminó por imponerse a los tímidos y vacilantes. Entonces Vargas Tejada se paró ante una mesa y leyó unos versos que había redactado mientras los oradores discutían: 

«Si a Bolívar la letra con que empieza 

y aquella con que acaba le quitamos, 

Oliva, de la Paz símbolo, hallamos. 

Esto quiere decir que la cabeza,

al tirano, y los pies cortar debemos, 

si es que una paz durable apetecemos».

«Ya no podíamos lisonjearnos de triunfar —dice Florentino González evocando la salida de los conspiradores de la casa a media noche— sino con la impresión de terror que causare en nuestros contrarios la noticia de la muerte de Bolívar, y ella fue resuelta en aquel momento supremo. Continuará 

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