Cuando era niña, mi madre nos obligaba a ir a misa los domingos temprano y también en Navidad.
De esos días, mi mente no conserva muchos recuerdos.
Solo sé que ella me vestía como una muñequita, con la poquita ropa bonita que tenía, y nos sentaba siempre adelante. A mí me gustaba cuando el cura hablaba sobre los pobres.
Siempre concluía que mi papá se quedaba dormido en medio del sermón por eso: éramos pobres y él trabajaba hasta la madrugada en areperas y bares de mala muerte.
Luego venía el momento de «darse la paz» y yo –a pesar de que soy muy kinestésica y fan de los abrazos- nunca me sentía cómoda.
Después estudié en un colegio católico, donde cada viernes se leía la Biblia y a mí me encantaba… porque me parecía una suerte de obra literaria donde podía encontrar todos los géneros y en cualquiera hallaría: amor, rencor, venganza, miedos, etc.
También nos llevaban a misa, a veces en la capilla interna, y otras tantas en una iglesia cercana a la institución. En la entrada habia un San Francisco sobre una base con la frase «paz y bien», el típico saludo de los franciscanos.
Con los años me fue fácil notar la hipocresía que rodeaba mi espacio educativo. Ya saben: «hermanos» que en realidad eran homosexuales con miedo a ser señalados, «hermanos» sádicos con las carajitas; monjas que escogieron esa vida para no tener que casarse con idiotas, para poder estudiar o salir de casa. Hasta para la Jessica adolescente era obvio que iban a llegar los escándalos sexuales que sacudieron a la iglesia años después.
Ni hablar de la escasa educación sexual (y siempre con fines reproductivos) que recibimos, los tabús, y esa tendencia de señalar como malo lo natural. Después, cuando me hice más grande, empecé a leer otras cosas, a descubrir la historia detrás de la historia, y finalmente aborrecí cualquier estructura religiosa.
Además, mi mamá dejó de llevarnos a la iglesia. Nunca le he preguntado por qué, supongo que le cayó encima el cansancio de tener que arrearnos hacia allá, el cansancio de los años y del trabajo extremo que siempre nos ha caracterizado. Pero ella cree mucho en Dios… lo sé porque siempre le encomienda a las personas que más ama, incluyéndome.
Tal vez por eso a mí, de una u otra forma, me quedó haciendo falta algo a que asirme cuando no sé qué hacer, un «lugar» donde encontrar paz o depositar aquello que considero sagrado.
Me acerqué, como muchos, a las creencias Yorubas, también al budismo, leí sobre todas las religiones habidas y por haber, pero por ningún lado era. En todas, por cierto, el papel de la mujer tiene tope, un tope muy inferior al del hombre, obviamente.
Hoy no juzgo a nadie, aun cuando no comparta sus creencias, y hasta defiendo el sincretismo venezolano así sea con una mirada más social que religiosa.
De hecho, en diciembre volví a esa iglesia cercana al colegio. Leí el «paz y bien». Entré. Me senté en la última fila. Y lloré durante media hora. No tuve reproches. Solo le pedí a alguien, a algo, que me ayudase a entender por qué me iba «tan mal» en el amor, que me enviase una señal para saber si en mi «destino» estaba o no el ser madre, que me ayudara a lidiar con las ausencias, que le enviara luz a la gente que amo (incluyendo aquellos que se fueron a otros planos), que le trajera calma a mi vida.
Ahí, sentada, en medio de un montón de viejitos, recordé que tenía 4 años sin pisar una iglesia. La última vez habia sido en medio de la pandemia. Una tarde en que fui absolutamente deshecha a pedirle a José Gregorio que no se llevase a mi viejo porque yo aún no estaba preparada para verlo partir, porque jamás le habia dicho que lo amaba.
Prometí eso: decirle a la gente lo que siento. He cumplido.
Y volví… para agradecer. Eso ahora también lo hago.
Ese día mi ex me dijo que yo era una atea rara. Yo intenté explicarle, sin mucho éxito, mi eterna necesidad de encontrar un espacio que me diese tregua… porque en mi interior siempre se libran grandes (e innecesarias) batallas, me habita la guerra y vivo cansada.
Entonces, escuchando mis propios diálogos, lo supe: el “Dios” que necesito, ese que bien puede llamarse “universo”, “espiritualidad”, etc, no estaba en ningún espacio físico, pero debía estar en mis adentros… para desminarlos, para que ya no dolieran más.
La psicología me ha ayudado.
Y justo este miércoles conocí a Diego, un doctor de 87 años, que me recordó una frase de bn Sina (o Avicena) que no deja de dar vueltas en mi cabeza: «La imaginación es la mitad de la enfermedad, la tranquilidad es la mitad del remedio, y la paciencia es el comienzo de la cura». Luego, me recetó «vivir las 24 horas, vivir el hoy, y… orar».
Me pregunté cómo orar y si era válido ese monólogo que siempre sostengo en mi mente, en mi casa. Acto seguido, intenté zafarme de su religiosidad diciéndole -mitad en joda, mitad en serio- que yo ya habia puesto un par de asuntos importantes «en las manos de Dios», porque no se qué hacer cuando los sostengo en las mías.
Él sólo respondió: «entonces ¿ya lo encontraste? (a Dios). Eso es lo único importante. No importa dónde».
Seguimos.
Por: Jessica Dos Santos / Instagram: Jessidossantos13
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Muy lindo. Creo que estás en el camino correcto.