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Yo y mis ganas de abrazar a Mónica Lewinsky

Hace 27 años un «escándalo» que bautizaron con su apellido (Lewinsky), cambió su vida para siempre. Cuando el caso estalló, Mónica arribaba a los 25 años. Cuando empezó, acababa de cumplir 23. En cambio, Bill Clinton tenía 51, la edad que ella alcanzará en un par de meses, y con la cual aún no consigue liberarse del dolor que supuso aquel infierno.

En 1995, Mónica se acababa de graduar como psicóloga en la Universidad de Lewis & Clarks de Portland. Sus calificaciones eran asombrosas, y ella, con sus cortos 22 años, estaba decidida a construir una brillante carrera en Relaciones Públicas.

Entonces, un amigo de su familia le propuso postularse como pasante de la jefatura de Gabinete de la Casa Blanca. Lo hizó, quedó, y a finales de año fue trasladada a un puesto pago en la oficina de Asuntos Legislativos de la Presidencia.

Meses después, le contó a sus seres más cercanos, incluyendo a su compañera de labores y mejor amiga, Linda Tripp, que había iniciado una relación con «un alto funcionario».

El romance empezó el 14 de noviembre de 1995, cuando su jefe, Bill Clinton, le sonrió durante una fiesta del staff. Luego, la hizo pasar al Salón Oval, le dio un beso apasionado y lo demás es historia: una relación de encuentros semanales y furtivos que duro 18 meses, incluyó regalos y muchas llamadas telefónicas en la madrugada.

La verdad, aquello habría podido durar más. Mónica estaba perdidamente enamorada de Bill, como podría haberlo estado cualquier chama de su edad ante el hombre más poderoso del mundo ¿o no?

Lo admiraba y confiaba tanto en él que incluso mintió para protegerlo. De hecho, firmó una declaración donde juró que Bill jamás tuvo contacto físico con Paula Jones, una empleada de la gobernación de Arkansas, a quien él habia acosado en 1994.

Sin embargo, no pudo negar su propio caso, pues Linda Tripp, quien juraba ser su mejor amiga, la traicionó, grabó las conversaciones telefónicas de ambas (20 horas), se las entregó a las autoridades y así fue como el FBI emboscó a Mónica en enero de 1998, la sometió a un interrogatorio de doce horas en el Hotel Ritz-Carlton y empezaron los juicios.

Un día después, Bill negó bajo juramento haber tenido una «relación intima» con ella. En realidad, dijo que nunca habían estado a solas.

Siete meses más tarde, él admitió haber tenido «relaciones físicas impropias» con Mónica «para aliviar su ansiedad». En febrero del año siguiente pagó US$90 mil por su falso testimonio, fue absuelto, siguió en la presidencia y su matrimonio «salió fortalecido».

En contraparte, Mónica pasó meses escondida de los paparazzi en el apartamento de su madre, su abogado solo le permitía salir a citas médicas, sufrió ciberacoso, fue objeto de las más crueles «bromas» en todos los medios; se burlaron de su físico, de la boina que usaba, de su vestido azul; la tildaron de zorra, prostituta y «loca narcisista».

El famoso y admiradisimo presentador de televisión, Jay Leno, hizo 450 alusiones a Mónica en su programa, las cuales iban desde ridiculizarla por su peso hasta plantear que debían «cerrarle la mandíbula con un alambre» para alejarla de su sexualidad por siempre.

Entonces, Mónica pensó en acabar con su vida:

«Lloraba como una histérica y luego me apagaba, miraba por la ventana y pensaba que la única forma de arreglar eso era saltando».

Su madre estuvo en su cuarto, sentada junto a su cama, durante cientos de noches, con la esperanza de evitarlo.

Tras finalizar el juicio, Mónica hizo todo lo posible por alejarse de la vida pública y conseguir un trabajo de bajo perfil pero jamás lo logró.

En 2005, se mudó a Inglaterra, donde realizó una maestría en psicología social, pero eso tampoco funcionó.

De paso, cada vez que intentó emprender, convirtiéndose en imagen de alguna marca o campaña, por ejemplo, la señalaron de «querer sacarle provecho» a lo ocurrido.

Por si fuera poco, la campaña presidencial de Hillary Clinton en 2008 revivió el escándalo.

Entonces, Mónica le afirmó a The New York Times que ella solo quería «un trabajo, un marido, hijos y ser tratada normalmente», básico, y sin embargo… nunca lo logró.

En 2014, después de casi una década de silencio, escribió un ensayo titulado ‘Vergüenza y supervivencia’, donde narró su experiencia con la humillación pública y el ciberacoso.

Hoy, aunque Mónica aún afirma que nunca hubo una agresión sexual, agrega lo siguiente:

«Quería estar ahí pero ¿entendí realmente lo que implicaba? No. Ahora que tengo 51 años. La idea de estar en una relación con alguien de 24 me parece una total locura en muchos niveles (…) Creo que la forma de manejar una situación como esa habría sido decir que no era asunto de nadie y renunciar o encontrar una forma de permanecer en el cargo que no fuera mentir y echar por la borda a una jovencita que recién empezaba en el mundo».

Y ese es el punto de esta columna: Se llevaban casi 30 años de diferencia.

Y aunque muchos dirán que Mónica «era adulta y sabía lo que hacía» (y ok, si), no podemos ignorar que la brecha de poder, control y hasta madurez en esta relación era abismal.

La sociedad y los medios de comunicación (o viceversa) en vez de cuestionar el evidente abuso de poder, convirtieron a Mónica en el chiste de una generación y otra y otra.

Su nombre quedó ligado al escándalo… para siempre. Incluso muchos personeros de la Casa Blanca le recomendaron «cambiárselo». Mientras que él… siguió con su vida.

«¿Por qué debía cambiarme el nombre? Apuesto a que nadie le ha preguntado a Bill si alguna vez pensó en cambiarse el nombre. Lo peor es que lo consideré por un tiempo, pero, dado el mundo en el que vivíamos, ni siquiera podía verlo como una realidad. ¿Cómo iba a funcionar eso realmente? ¿Iba a caminar por Los Ángeles, donde crecí, y alguien me diría ‘Mónica’ y yo respondería ‘Oh, no, ahora me llamo Rebecca’?», ironizó.

En enero, Mónica lanzó su podcast ‘Reclaiming With Monica Lewinsky’, un espacio donde ha reconocido que a veces cree que ya superó aquel infierno pero «aparece otra capa», aún le cuesta confiar en la gente, convencerse a si misma de que ella es más que su pasado, sentirse valiosa, digna de recuperar su vida, su sexualidad, sus ambiciones.

Y entonces… yo sentí unas ganas enormes de abrazarla. 

«El caso Lewinsky» siempre debió ser «el caso Bill Clinton».

Fin.

Por: Jessica Dos Santos / Instagram: Jessidossantos13

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