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Bejuma forever

Una mirada pueblo grande de los Valles Altos de Carabobo

Muchas de las personas con algunos años encima que acuden a la espaciosa plaza Bolívar de Bejuma, suelen permanecer absortos un buen rato, sentados en los bancos de cemento, con la mirada fija en algún punto de los alrededores o en la fachada de la iglesia. Otros, en una amena tertulia, se agrupan arriba de los muritos externos de la acera que da a la avenida Bolívar. Los escolares que retornan de clases pasan por la plaza entre risas, jugarretas y echadera de bromas.  El ambiente cálido se hace más sabroso en las tardes, cuando el sol declina y repican las campanas invitando a misa.

Para Jesús Orlando Carrasquero, Bejuma, capital del municipio del mismo nombre, es así: una localidad intermedia entre un pueblo y una ciudad.

La plaza Bolívar de Bejuma

Como pueblo, goza de tranquilidad, paz y sosiego; todos saludan, pocos andan apurado o estresados. Como pueblo, la memoria colectiva y los recuerdos personales, que a veces rebrotan en el banco de la plaza, están llenos de rincones afectivos, de los recreos en la escuela, de las frecuentes reuniones familiares, de las sopas dominicales, de las escapadas juveniles a bañarse en el río, o de las batidas para tumbar mangos. También los recuerdos se nutren con la imagen del puente Ecarri y la vieja casa de techos rojos, ubicados en la salida del pueblo que conduce a Montalbán, Aguirre y Canoabo.

El puente Ecarri

Tampoco se olvidan las navidades con sus hallacas y su ponche crema y su dulce de lechosa y la Semana Santa con la procesión del Nazareno, y el 24 de octubre, día de San Rafael, el patrón. Como ciudad, se consigue casi de todo: pequeños centros comerciales, diversidad de tiendas, restaurantes, servicios médicos, gimnasios para quitarse los kilos de exceso, panaderías, farmacias, expendios de pizzas, universidad, talleres mecánicos y de electrodomésticos, un polideportivo.

En las redes sociales y páginas web, algunos jóvenes utilizan anglicismos para posicionar y promocionar al pueblo con expresiones que se copian en franelas: I love Bejuma; Bejuma Forever /Bejuma  eternamente/.

‘‘Este es un pueblo moderado en el sentido de que, aunque tenemos todo, no es todavía una ciudad’’, señala Orlando Carrasquero, un bejumero que, junto con compadre, montó en el pueblo el primer taller de electricidad automotriz. Luego de 45 años se retiró y se dedicó a recoger la historia local y como le gustó el asunto, ha escrito tres libros, y es el editor y montador de una serie de programas costumbristas que se transmiten por el Canal Plus, de televisión por cable. Orlando, desde el 2018, es el auxiliar del cronista Víctor Julio Coronel, quien renunció al cargo por quebrantos de salud.

Orlando Carrasquero

Entre los encantos de esta localidad, la primera en importancia y ubicación dentro de los Valles Altos de Carabobo, Carrasquero menciona que Bejuma es un lugar bastante llamativo; un pueblo amoroso, ya que todo el que llega se quiere quedar. Tiene un clima ideal.

‘‘Cuando escribí el libro de los extranjeros’’, cuenta, ‘‘me di cuenta de que todo el que llegaba a Bejuma no se quería ir. Por ejemplo, ahora que nos encontramos en la plaza Bolívar, plaza que quizá es una de las más bonitas, pero como todo, ya sea por descuido, se han perdido algunos árboles, pero esta plaza siempre ha sido el sitio de atención de los jóvenes de la época. Todos nos veníamos por aquí a ver las muchachas dando vuelticas alrededor. En esta esquina, cerquita de la plaza, estaba un señor que fue uno de los primeros árabes que llegó a Bejuma. Eran seis árabes, llegaron aquí, él montó un negocito. Es casado con una de las descendientes de los fundadores, que es la familia Aude González». 

Así como llegó él llegaron varios que se fueron diseminando en la zona; son parte de la familia Bejumera, ya que este pueblo creció con las personas que fueron llegando. Los italianos nos trajeron la mano de obra, construyeron los edificios. Los portugueses vinieron a hacer pan, aunque Bejuma tenía su panaderos caseros, pero con los portugueses se montaron las panificadoras. Otro de nuestros encantos es la gente. Es muy cuentera. Si nos reunimos en la plaza en las tardes, vemos que hay un grupito de personas echando cuentos de aquellos años idos’’.

Mil cosas y otras cosas

Entre los tantos que un día pisaron estas tierras, y asegura que no se va más nunca, está Zaqui Elías Chalawt, un libanés que llegó hace 50 años y se quedó prendado para siempre de Bejuma. ‘‘A Bejuma no la cambio por nada en el mundo entero’’, dice.

En su tienda ‘‘Mil cosas’’, ubicada a una cuadra de la plaza Bolívar, Elías repara todo tipo de electrodomésticos, incluso algunos aparaticos en desuso.

‘‘Yo arreglaba cosas en Líbano. Aquí arreglo todo, máquinas de coser también, televisores, licuadoras, planchas’’, señala.

Zaqui Elías Chalawt

Un papel pegado en la reja metálica del negocio anuncia: ‘‘Apreciados clientes: les participamos que llegaron las cositas, las cosas, los bichos, los bichitos y demás’’.

Los hombres y amas de casa en apuros, con el aparato metido en una bolsa o con la piecita envuelta en un papel, vienen de todas partes de los Valles Altos de Carabobo: Chirgua, Montalbán, Aguirre, Canoabo, Miranda. Elías les habla con franqueza, les aconseja y le sugiere una solución para arreglar el desperfecto. Además, a las niñas  o niños que llegan en los brazos de sus madres, les obsequia una galleta.

«Yo no salgo nunca de Bejuma, muero en esta tierra linda, bella. Me gusta el pueblo, su gente. Yo todos los días cuando me levanto de la cama, abro las manos y pido a Dios que proteja a este país. Yo amo este país que me recibió con los brazos abiertos. El venezolano es lo mejor del mundo, Vamos a trabajar, vamos a luchar por este país que es el más bello del mundo’’, dice. Luego entra, busca una galleta y se la entrega a una niña, sujeta a la cintura por los brazos de la madre, que espera ser atendida.

—¿Y por qué escogió usted a Venezuela?

—Me dijeron, Venezuela es lo mejor de América Latina. Venezuela es la flor de América Latina.

Junto a don Elías y su tienda ‘‘Mil cosas’’, otros personajes y negocios forman parte del entramado cotidiano del pueblo. Por la avenida Bolívar, a dos cuadras bajando de la plaza, está Agustín Abel, quien junto a miembros de su familia lleva 45 años arreglando relojes. En la tienda a cada instante entran y salen clientes en procura de arreglo de cualquier fallita, o repuesto, incluso de algunos relojes antiguos. La gente acude con confianza. Elías asume que la honradez, la calidad del servicio y el justo precio por el trabajo, le han ganado el cariño de los bejumeros.

Agustín Abel

‘‘Lamentablemente cuando salimos a la calles nos atracamos unos a otros. Se exagera con los precios. Uno trata de que la gente se vaya contento’’, señala Agustín Abel.

Más abajo de Abel se encuentra José Inocente Sequera rodeado de una multitud de estatuillas, tanto del santoral católico como del profano, además de los adminículos u objetos necesarios para activar los poderes de la figura elegida, en cuanto al alivio de un sufrimiento, el retorno de un amor perdido, atraer la fortuna, o quitarse de encima un conjuro que le echaron. En su negocio de venta además de instrumentos musicales, equipos de sonidos, y demás aparatos, se le avista sentado sobre el sillón, luciendo su típico sombrero. Los que llegan lo saludan familiarmente con un “¡Epa, Carabobo! ¡Qué tal, Carabobo!”.

Inocente Sequera llegó a Bejuma en 1966. Tiene más de 50 años participando en grupos de parrandas. Ha compuesto unas 250 piezas a lo largo de su carrera, por lo cual fue declarado “Patrimonio viviente”, de manera que es una celebridad que camina por las calles del pueblo, como uno de los baluartes de la tradición musical parrandera en los Valles Altos de Carabobo, como cantante, compositor y maraquero.

Don Raúl Mendoza, ya retirado aunque prematuramente para protegerse de la covid-19, regenta una de las bodegas más antiguas de Bejuma. El negocio está ubicado en la esquina “Los Mendoza”, ya que este pueblo de los Valles Altos de Carabobo, capital del municipio epónimo, acostumbran nombrar las esquinas con los nombres, apodos o apellidos de los personajes populares allí asentados durante un tiempo significativo. Don Mendoza, un hombre pequeño y delgado, que una vez quiso ser torero, conserva una pasmosa memoria que le permite ubicar el sitio de los más de 300 artículos acomodados en los diferentes estantes o guindando de la pared.

Avenida Bolívar de Bejuma

Durante más de 65 años don Mendoza ha mantenido una clientela que le ha sido fiel en este tiempo, a pesar de las dificultades derivadas de la situación de Venezuela, afectada por el bloqueo y la guerra económica, la escasez de productos.

Años atrás, un paneo visual por el negocio dejaba ver el extenso surtido de productos, algunos de ellos en vías de extinción: juguetes de madera, sombreros, tabaco, chimó, alpargatas, velas de sebo, hamacas, instrumentos musicales, hojas de maíz, catalinas, cortaúñas, cestas, relojes de cuerda.

Quienes pasan frente a la bodega a veces lo avistan sentado en silencio junto a su esposa Elena de Mendoza Escobar.

En uno de los ángulos de la esquina de la licorería Dos Amigos, por la avenida Bolívar, se ubica, de martes a domingo, José Sequera, chicharronero y vendedor de manteca de cochino, producto que según expertos, entre ellos biólogos, es el más sano de los utilizados para freír y sazonar las comidas y carnes .

José Sequera

José Sequera afirma que hay que llegar temprano, ya que después de las diez de la mañana no queda alguna botella con manteca de cochino sobre el pequeño estante. Mucha gente de Valencia o Caracas, de visita por estos lares, se lleva su envase de manteca. También el provocativo chicharrón, frito en la mañana, que Sequera vende al detal.

‘‘De vez en cuando hay que darse un gustico’’ dice una mujer para quien unos cuantos chicharrones no representan un atentado contra la salud.

La venta de chicharrón

La primera estampilla

Jesús Orlando Carrasquero se fue con su señora para el sector de Tierra Blanca, en el caserío El Rincón, al norte de Bejuma, luego de retirarse del oficio de electroauto. Entonces, sin nada que hacer, y sin la posibilidad de jugar dominó los fines de semana con los amigos, se dedicó a escuchar las historias y cuentos de los viejos. De allí nació la idea de escribir aquellos relatos. Además, le gustaba leer.

‘‘Allá comenzó esas cosas de escribir. Escribí mi primer libro que se llama Historia del caserío El Rincón, en 1992, un libro de 130 páginas, donde habló de todo lo que es la tradición rinconera y aparte de eso los ramales genealógicos de cada familia. En el año 2001 escribí Bejuma, madre adoptiva, cuna de grandes extranjeros, que trata de los primeros extranjeros que llegaron a Bejuma hasta los cincuenta y sesenta del siglo pasado. Después escribí otro que se llama Pulperías, bodegas y algo más, donde hablo de los negocitos bejumeros, donde está ubicados, sus dueños, sus fotos. Ultimamente estoy escribiendo uno titulado Esquinas de mi pueblo, sobre quienes eran los dueños de cada esquina en este pueblo, ya tengo prácticamente 90 por ciento anotado para empezar a escribir. Como soy auxiliar del cronista, don Víctor Julio Coronel, entonces me dediqué  a las generaciones de los fundadores de Bejuma. He escrito ya seis o siete folletos con cada generación, quienes son los descendientes de aquellos fundadores’’, señala.

—¿Es cierto que en Bejuma se imprimió la primera estampilla de Venezuela?

—En 1860, en esa esquina donde está el colegio parroquial, vivía Ezquiel González, uno de los fundadores del pueblo. Él trabajó en el correo e inventó esa estampilla. La tienen guardada en Francia. Es una estampillita azul. Decía Las bejumas. Hizo dos: con el frente y el reverso

Aunque Orlando Carrasquero admite que la situación económica ha ido mejorando, tiene reparos en cuanto al desempeño de la cultura de todos los gobiernos, a pesar de que esta zona posee una gran tradición cultural.

 ‘‘La cultura —señala— siempre la han tenido un poco apartada. Yo me dediqué a darle clases a los niños de sexto grado, una hora al mes, sobre historia local, ya que como la cultura ha sido relegada, muy poca gente se interesa por la historia, y resulta que cuando se acaben los libros, ¿quién va a echar el cuento? Entonces, tenemos que preparar a los niños, para que sean los nuevos cronistas’’.

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