Alejandra Szeplaki: “Somos lo que comemos”

Para la cineasta, nos venden marketing en vez de alimentos de verdad.

La comida esconde tras de sí elementos sociales, políticos y económicos que afectan gravemente a las poblaciones en el mundo.
Sobre este tema ahonda Alejandra Szeplaki en Candy Bar, una película documental filmada entre Buenos Aires y Caracas, que será proyectada en el Festival del Cine Venezolano y que expone verdades ocultas que debemos conocer.

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La inquietud de Alejandra por esta temática empezó desde su experiencia y complejos por no tener la figura que la sociedad dictaba como perfecta.

Su batalla contra su peso la llevó a una reflexión acertada al verse reflejada en otras personas con el mismo conflicto: uno surgido desde un sistema que, en vallas publicitarias, programas de TV y películas, vende de forma casi pornográfica el consumo de comidas insanas. Y, al mismo tiempo, la obsesión de ese sistema por la productividad que obliga a las personas a consumir comidas rápidas (o chatarra) que les permitan continuar la faena con celeridad. Por ende, se funden los encuentros sociales, celebraciones y hasta depresiones y tristezas con el hecho de comer.

—¿De qué va Candy Bar?

—Es una muestra sobre qué, cómo y por qué comemos lo que comemos, y en qué lugar ubicarnos para buscarle una salida. Ese lugar es el de la soberanía alimentaria, el de los huertos urbanos, el de comer sano, seguro y soberano. Desde esos lugares la película retoma una importancia tremenda y con mucha vigencia en este momento de pandemia cuando el virus ha hecho estragos en las poblaciones del mundo, para protegernos contra el virus y contra cualquier enfermedad. Son entrevistas a seis mujeres y, a través de ellas, vamos entendiendo lo que nos estamos llevando a la boca.

—¿Por qué la comida?

—El tema de la alimentación es central en este momento. Somos lo que comemos y, ahora, frente al covid-19, nos damos cuenta de que la fortaleza de nuestro sistema inmune depende de lo que comemos. Los sectores menos favorecidos económicamente son los que más están sufriendo por tener sistemas inmunes deprimidos, bien sea por la obesidad o por la desnutrición. No están fuertes y es donde el virus hace estragos.

Por otro lado, la alimentación nos está envenenando, nos enferma de cáncer, de diabetes, y esto pasa porque los alimentos dejaron de ser consumidos en forma natural y estamos consumiendo productos procesados por las megas industrias alimenticias que tienen muy poco de alimenticio. Sin embargo, tienen mucha grasa, mucha sal, mucha azúcar, mucha harina. Estos productos tienen tan poco que ver con la alimentación natural que pueden bien llamarse “ocnis” (objeto comestible no identificado). Son productos empacados que consumimos habitualmente y que son buenos para vender pero no para comer. Un pan de molde tiene, algo así, como 56 ingredientes, y solo debería tener harina, sal y agua, es decir que le sobran prácticamente 50 ingredientes extremadamente dañinos para el organismo y eso es lo que estamos consumiendo y lo que nos venden como alimentos.

—¿Cómo surge la idea de hacer esta película?

—Nace en 2015 cuando la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) saca a Venezuela del mapa del hambre y la prensa nacional empieza a dar cuenta de que 7 de cada 10 venezolanos tienen sobrepeso. Era un momento en que la gente estaba comiendo pero comía lo que podía pagar, alimentos que se venden como si fueran los sabores auténticos de los venezolanos: la harina de maíz precocida, el queso untable, la chicha de pote; que las empiezas a percibir como tu identidad gastronómica, pero que simplemente es marketing sobre la supuesta identidad de un país.

—¿Cómo entra Argentina en la película?

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—En medio del rodaje estalló la crisis alimentaria y luego me veo obligada a emigrar a Argentina. Allí entra Argentina como coproductora y empiezo a adaptar la película a ese país pero, además, la hipótesis de Candy Bar era la de un país de súper abundancia, un espejismo azucarado que se derribó en pleno proceso de realización y nos despertó en la realidad de la desnutrición, de la malnutrición y del hambre, así que la película empieza a cambiar radicalmente puesto que los venezolanos empezaron a perder peso por la escasez y ahí me doy cuenta que la comida es más política que nunca porque se convierte en una mercancía que vale según el dólar del día, se mueve al son del mercado y eso devela más aún cómo el comer es un acto político más que nutritivo y que lo que identificamos como comida no lo es. La comida viene de la naturaleza y son este tipo de alimentos los que empiezan a escasear. Esto va a ir abarcando diversas realidades que se ven en la película desde diferentes perspectivas.

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