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El Mago de Os| Más que un galán

Más allá de las polémicas engendradas en las redes, la primera noticia importante de la farándula nacional en el recién estrenado año es, sin duda, el fallecimiento del actor Raúl Amundaray. Un paro respiratorio frenó su existencia pero, al mismo tiempo, se ha convertido en un motivo más que justificado para recordar lo que significa (así, en presente) la figura del caraqueño en la historia de la televisión venezolana.

Desde un punto de vista que podría denominarse técnico, Amundaray protagonizó la primera telenovela que contó con capítulos de una hora de duración: Historia de tres hermanas. Hasta ese momento, las tramas eran divididas en episodios de 30 minutos, una vez a la semana. Junto a Eva Moreno, Eva Blanco y Doris Wells estrenó un formato que definiría el futuro del género latinoamericano.

Un año más tarde, en 1965, participó en otro hito de la pequeña pantalla al ser seleccionado por el público para interpretar a Albertico Limonta en El derecho de nacer. La versión criolla de la obra original del cubano Félix B. Caignet quedó registrada como la primera telenovela en ser emitida de lunes a viernes, con capítulos de una hora. Además, lo transformó en un fenómeno de masas al convertirlo en el príncipe azul de las chicas de la época.

Y 20 años después, integró el cuarteto estelar de Cristal, la primera historia escrita por Delia Fiallo para Rctv, luego de una extensa carrera en las filas de Venevisión. La producción en la que compartió créditos con Jeannette Rodríguez, Carlos Mata y Lupita Ferrer logró un gran impacto internacional, abriendo la compuerta de mercados foráneos a las teleculebras facturadas en Venezuela.

A todo ello hay que sumar el valor de Amundaray desde el punto de vista ético. Por decisión propia, retardó su ingreso a la TV hasta sentirse realmente preparado. En la radio pulió uno de los instrumentos fundamentales de cualquier actor: la voz. Dicción, entonación e intención centraron su atención en el proceso formativo.

Otro aspecto es que en aquellos tiempos no existía el apuntador, por lo cual los actores debían llegar a los estudios con libretos aprendidos de memoria. Nunca hubo una queja de sus compañeros, quienes tampoco debían esperar por él, ya que ejercía la puntualidad como muestra de respeto.

La desaparición física de Raúl Amundaray permite destacar los rasgos que debe tener una verdadera estrella para que el brillo sea perenne. Su ejemplo adquiere especial importancia cuando hoy día abundan casos de trabajadores de los medios que, sin mayores credenciales, solo cultivan el ego, profundizando el abismo entre estrellas y estrellados.

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