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La llegada de Simón Bolívar al Perú el 1 de septiembre de 1823, lugar en el que se iba a mantener durante tres duros años, fue una necesidad histórica, en virtud del panorama poco halagüeño para la lucha de liberación. Ya como líder de los ejércitos del sur le tocó parar la desintegración del Perú frenando la guerra civil. Es el momento de un Antonio José de Sucre haciendo gestiones en el Norte y de un Libertador en la costa, sitio donde los elementos naturales harían estragos en su endeble figura, debatiéndose entre la vida y la muerte. En la histórica Pativilca Bolívar recibe las infaustas noticias de la entrega de los castillos del Callao a los españoles, consumada el 5 de febrero de 1824 por la guarnición argentina encargada de su custodia. Esto y la lamentable pérdida del regimiento de Granaderos argentinos, el célebre conjunto organizado por José de San Martín en Mendoza, y a cuya disciplina consagró lo mejor de su vida, terminaron de empeorar su calamitoso cuadro, pero sin entregarse a la derrota.

Luis José Acosta Rodríguez en su libro Bolívar para todos, texto varias veces editado recoge el testimonio Joaquín Mosquera sobre sobre el momento difícil de Bolívar en el Perú de 1824: “Seguí para Pativilca y encontré al Libertador ya sin riesgo de muerte del tabardillo, que había hecho crisis; pero tan flaco y extenuado me causó su aspecto muy acerba pena. Estaba sentado en una pobre silla de vaquera, recostado contra la pared de un pequeño huerto, atada la cabeza con un pañuelo blanco y sus pantalones de jin, que me dejaban ver sus dos rodillas puntiagudas, sus piernas descarnadas, su voz hueca y débil y su semblante cadavérico. Tuve que hacer un gran esfuerzo por no largar mis lágrimas y no dejarle conocer mi pena y mi cuidado por su vida. Todas estas consideraciones se me presentaron como una falange de males para acabar con la existencia del Héroe, medio muerto; y con el corazón oprimido, temiendo la ruina de nuestro ejército, le pregunté: ¿Y qué piensa hacer usted ahora? Entonces, avivando sus ojos huecos, y con tono decidido, me contestó: ‘¡Triunfar! Esta respuesta inesperada produjo en mi alma la sorpresa, admiración y esperanzas porque vi que, aunque el cuerpo del Héroe estaba aniquilado su alma conservaba todo vigor y elevación que lo hacían superior en los grandes peligros”.

Sobre el Libertador en Pativilca recordemos al vencedor de obstáculos, al luchador incansable por el bien más preciado: la Independencia. A casi dos siglos de admirable hecho, Simón Bolívar nos regala una moraleja de gran trascendencia: mantener la voluntad indeclinable para construir Patria. Dejemos que esta acción nos llene de compromiso en estos ásperos días de guerra no convencional contra un pueblo decidido a ser libre.

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