REFERENCIAS: Orgullo

El Libertador es un personaje peligroso, por inusual y extraordinario. La vuelta al bolivarianismo de las últimas décadas, vinculada en gran medida con la irrupción del liderazgo de Hugo Chávez, ha traído consigo una discusión no del todo superada; diatriba que había encubado en los años setenta y ochenta del siglo pasado: el destierro del Libertador de las universidades venezolanas. Salvo honrosas excepciones, el mantuano revolucionario fue ponderado en las casas de estudios como una simbología ciertamente folclórica, anacrónica y “pavosa”. Pese al carácter celebratorio del bicentenario de su nacimiento y la inclusión de la Cátedra Bolivariana en los horarios escolares de la Educación Básica, escuelas de historias se dieron a la tarea de despachar a un personaje más circunscrito a las efemérides oficiales y a los días no laborables para visitar en familia los panteones. Actualmente, todo esfuerzo orientado a visibilizar al Hombre de las dificultades es evaluado por los enemigos de la Revolución Bolivariana como una forma más de endiosamiento del héroe en los “los cultos predios del oficialismo”. Pero, ¿caracterizar la magna obra que va desde la instalación del Congreso en Angostura hasta la conformación de la República de Colombia -hace dos siglos exactamente- ayuda a una mirada más comprensiva y acertada de los que podemos estar protagonizando hoy todos los venezolanos? Desde cualquier punto de vista al analizar el año axial de 1819, podemos contagiarnos, respetando el marco histórico, de un encantamiento épico bolivariano, que es alimento moral, intelectual y emocional para el duro trance que vive la República doscientos años después. En este sentido, la Batalla de Boyacá es sumamente ejemplar para lo que queremos decir. El ejército español y el patriota se enfrentaron el 7 de agosto de 1819. Cada uno de los bandos tenía un propósito claro: los realistas buscaban desesperadamente apoderarse de Santa Fe, y la contraparte, impedir que se alcanzara tan peligrosa misión. Simón Bolívar, por su lado, lideraba más de 2.800 soldados conformados por criollos, mulatos, mestizos, zambos, indígenas y negros; con el general Francisco de Paula Santander y el general José Antonio Anzoátegui, en la vanguardia y retaguardia, respectivamente. Pese a la dificultad de la contienda, las fuerzas independentistas gozaban de dos grandes ventajas: unidad de mando y efectividad comunicativa, mientras que los realistas estaban desarticulados por el río Teatinos y la vanguardia patriótica. Así se iniciaba la liberación del norte de Suramérica, que conjuntamente con los éxitos en las batallas de Carabobo, Pichincha, Junín y Ayacucho configurarían una geopolítica de la emancipación nuestroamericana. Motivo de orgullo.

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