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Catia en la pandemia, por Caro Hidalgo

Todas las mañanas un mensaje reluce en el chat de whatsapp del condominio 3 edificio 7 de La Laguna de Catia. “Por favor las personas que vayan a requerir almuerzo para sus niños, traer el pote limpio y etiquetado a la escuela Antolín Arana antes de las 8:30 am”.

El colegio está  al frente de los edificios y forma parte de la comuna Katia con Ka y no con Ce para recordar la voz indígena original. Desde que comenzó la cuarentena por la pandemia del coronavirus los pequeños de este conglomerado de 10 edificios ubicados en una avenida que conduce al hospital de Los Magallanes,  no han dejado de recibir su almuerzo todos los días. Gente de la comunidad prepara los alimentos que llegan por el Programa de Alimentación Escolar (PAE).

“El venezolano no se amilana por nada” así dice Graciela en el chat para animar a los vecinos a hacer turnos para limpiar el edificio. Desde que comenzó la cuarentena la conserje no volvió “y es necesario mantener las áreas comunes limpias” de manera que el sábado pasado, único día que llega el agua, todo el mundo sacó su escoba, su coleto y su cloro y se hizo una limpieza colectiva. El edificio quedó reluciente y ahora, por piso, se aplica el cloro, hasta que sea necesario hacer otra limpieza general.

En Catia nadie anda sin tapaboca en la calle, la gente temerosa del covid-19 , acata la medida rigurosamente. Cerca de la comuna Katia los comercios pequeños pusieron un cordón en la entrada para que los clientes soliciten sus productos a distancia y evitar las aglomeraciones. Los gochos limitan el acceso al local a cinco o diez personas y cuidan que se guarde la distancia Estos merideños ya muy populares en la comunidad pasaron una semana sin traer mercancía. “No nos dejaron pasar el camión”, dijeron, pero ya esta semana hubo ventas, aunque productos como el queso ahumado no vino. “No se pudo hacer queso allá, no había leche”, dijo uno de ellos.

En el casco central, lo que se conoce como sector Nueva Caracas, hay muchos negocios cerrados. Desde que comenzó la cuarentena no abrieron más, a pesar de que venden comida, de manera que los consumidores se distribuyen en la oferta que hay, en el horario permitido que es solamente en la mañana o sea la mitad del tiempo que antes.  Se producen aglomeraciones, sobre todo en los locales de chinos que tienen las mejores ofertas de mercancía seca. La mayoria no le para a la distancia. Muchos dueños de locales se plantan en la puerta con un palo de escoba para controlar el ingreso, pero a veces la ansiedad de los compradores sobrepasa la capacidad del improvisado control y entra el cambote de gente.

En la calle Argentina, donde se concentra buena parte del comercio ambulante, quitaron los tinglados callejeros con ventas de carne y pollo. Tipos sudorosos portando un espantamoscas de tiritas de bolsa plástica Lo cumbre es que estas personas sobreviven a la nueva normativa de higiene adosándose en alguna esquina dentro de los locales formales, pero con el mismo tinglado y el mismo matamoscas, pero con su tapa bocas, claro está..

Otros indomables son los bachaqueros. Fueron sacados de las inmediaciones de Pérez Bonalde y del mercado municipal, donde se apostan cordones policiales para evitar el montón de vendedores con mercancía puesta en manteles en el suelo. Ahora esta gente anda deambulando con la venta al hombro, ofreciendo en silencio su arroz y su lenteja, en trueque o efectivo.

 Todo este universo variopinto dura hasta la una de la tarde, cuando  todos los negocios trancan. Carros policiales cortan la circulación vehicular. Ni un alma queda regada en la calle.

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