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Relato de una batalla invisible

Un simple rollito de ARN rodeado por una cápsula de proteínas con picos o espigas en forma de corona que en total mide la cienmilésima parte de un centímetro es todo lo que constituye al especimen que tiene a la humanidad entera en shock y en aislamiento masivo con miles de muertos y vaticinios terribles acerca del desarrollo de la pandemia.

Este microbichito que provoca terror en todo el planeta, oficialmente conocido como Ncov 2019, forma parte de una numerosa familia de virus con cerca de cuarenta especies, causantes de enfermedades pulmonares y de otros órganos en seres humanos y animales. El Ncov 2019 es el responsable de la temible infección viral bautizada por la Organización Mundial de la Salud como covid-19. Es una especie nueva para la ciencia de origen desconocido de la cual se tuvo noticia por primera vez en diciembre de 2019 cuando comenzó su propagación en la ciudad china de Wuhan.

Como todos los virus, el Ncov 2019 es una forma de vida extremadamente sencilla en su estructura, pero muy eficiente en cuanto a la capacidad de supervivencia. Los virus no necesitan, como los demás seres, de un organismo propio para realizar los procesos inherentes a la vida como la nutrición, respiración, excreción o reproducción. No son entes autónomos, por eso hay dudas de que en realidad sean seres vivientes; para subsistir requieren de otra forma de vida -una célula animal o vegetal- donde se introducen para desarrollar un único proceso, la reproducción. Son los parásitos por excelencia, se meten en una célula hospedadora, en el caso de Ncov-19 la del tejido del alvéolo pulmonar, y toman el control del aparato metabólico de dicha célula, la cual deja de cumplir su función de oxigenar la sangre para dedicarse a producir copias y más copias del coronavirus. Pero para llegar a lo profundo de los pulmones donde está la célula hospedadora, el coronavirus debe transitar un camino lleno de barreras formidables que coloca el organismo humano para detener la invasión de cualquier agente externo.

Viaje en una gotita. Una persona que ha sido infectada por el coronavirus tiene dos destinos, o se cura o se muere, en los dos casos el virus desaparece. A los fines de asegurar su supervivencia, el Ncov-19 tiene entonces que ser capaz de pasar de un individuo a otro y es precisamente eso lo que ha estado haciendo en forma muy eficiente desde que se desató la pandemia en China. El viaje hacia nuevos hospedadores lo hace el coronavirus montado en una gotita que sale de un cuerpo contagiado en forma de saliva o secreción respiratoria. Son millones las partículas sobrecargadas de virus que la persona enferma emite a la atmósfera que lo circunda cuando habla, cuando tose o cuando estornuda; si alguna de estas gotitas cae encima de otro humano, el virus habrá vencido la barrera más importante en su camino hacia el pulmón, la separación entre los cuerpos, que, valga decirlo, es precisamente el principio en que se basa la política de aislamiento social. La partículas acuosas despedidas por la persona infectada donde se transportan los virus pueden depositarse también en el suelo, en las paredes, en una mesa, en cualquier superficie que esté en un radio de hasta ocho metros alrededor del que estornuda, o más si hay brisa. Desde estas posiciones el virus puede alcanzar a otro humano cuando este, desprevenido, posa su mano sobre la pequeña gotita invisible. Entonces el humano ni se entera que en su mano carga miles de copias de un asesino en serie y nunca lo sabría si no se llevara la mano a la boca, la nariz o los ojos, pues el virus es incapaz de traspasar el primer obstáculo que coloca el organismo contra los intrusos, la piel, que por estar formada en su capa superficial por células muertas impide la anidación.

Supongamos que la gotita repleta de coronavirus se adhiere a un dedo del desprevenido y éste poco después se rasca con ese dedo la nariz para aliviar un picor. Miles de virus quedarán entonces en la entrada de la autopista que lleva de un solo viaje al pulmón. Si el descuidado se toca la boca o los ojos, el virus podrá tomar atajos a través de la garganta o los lagrimales. Aunque en su ruta al alvéolo los virus son capaces de traspasar la mucosa que recubre el aparato respiratorio, este tejido opone resistencia mediante los macrófagos -células especializadas en tragarse y liquidar a cualquier cuerpo extraño que se les atraviese. Pero tratándose de una invasión masiva, algunos virus logran sobrepasar la mucosa y se allí se topan de frente con el sistema inmunológico innato que da la batalla a los invasores con un arsenal de armas químicas y biológicas compuesto por células especializadas como los fagocitos, que patrullan los tejidos eliminando basura, restos celulares e intrusos como el coronavirus, y más de 20 proteínas que atacan y destruyen a los asaltantes.

Llave y cerradura. Si alguno de los miles de virus que entraron por la nariz, la boca o los ojos logra vencer todas estas trabas y llega triunfante al alvéolo pulmonar, que es un saquito al final del conducto respiratorio donde se oxigena la sangre, se producirá el abrazo mortal entre la célula hospedadora y el usurpador: uno de los picos que adornan la superficie del Ncov-19 y que conforman la corona, que en realidad son proteínas que funcionan como pequeñísimas inyectadoras, se adosará a otra proteína localizada en la superficie de la célula que funciona como receptor específico en la membrana y formará una junta con afinidad molecular perfecta, cual llave y cerradura, que será el agujero por donde penetrará el rollito de ARN viral con la información genética para la replicación del coronavirus. Una vez que el ácido ribonucleico entra en la célula del alvéolo, esta se convierte en una fábrica de producir virus; la información codificada en el ARN es capaz de alterar la actividad normal de la célula y ponerla a fabricar virus con la maquinaria metabólica de que esta dispone. El virus prolifera de tal forma que llega un momento en que la célula se satura y colapsa, dando salida a millones de virus que propagarán la infección por el tejido pulmonar.

Con tantos invasores posicionados en lo profundo del pulmón, la expansión del mal en el aparato respiratorio se hace incontenible hasta que se produce la respuesta del sistema inmunitario adaptativo constituido por los anticuerpos. Del éxito en la contención del virus de este sistema ultraespecializado de defensa biológica depende la vida del paciente. Los soldados de esta batalla en el bando de la vida son los linfocitos, células blancas presentes en la sangre que cumplen diferentes funciones en la defensa inmunitaria. Un tipo especial de linfocito es la célula B que tiene en su superficie una serie de pequeñas etiquetas que utilizan para reconocer cualquier molécula orgánica que pueda existir. Cuando una célula B y un virus se acoplan debido a la coincidencia entre la etiqueta y alguna porción del virus, la célula comenzará a producir grandes cantidades de la etiqueta, el anticuerpo, que se adosarán a los virus inhabilitándolos. Se producirá una reacción en cadena con más células B produciendo anticuerpos por montones que se sumarán a la lucha contra el intruso coronado.

Tres finales. Esta historia pareciera tener dos finales, uno en el que el virus gana y la persona muere asfixiada por el daño causado en sus pulmones y otro en el que los anticuerpos terminan ahogando por superioridad numérica a los virus y la persona sobrevive con inmunidad, gracias a las células B específicas que lo salvaron y que permanecerán en su sangre. Sin embargo, hay un tercer desarrollo del relato que es el más probable: la mayoría de los infectados transita el covid-19 como una gripe fuerte y no llega a desarrollar un cuadro clínico grave. A la fecha más de 200.000 personas se han curado del covid-19, otras centenares de miles lo padecen y más de 60.000 han perdido la batalla contra un mal que nos llega en forma de gotita invisible.

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