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Gladys Obelmejías, científica cimarrona, habla desde el Ivic: tengo doble conciencia

Hija de las costas de Aragua y de la UCV, es una socióloga que recuerda cómo su madre afro le enseñó a leer a un español

Gladys Cueva se hizo maestra normalista en la época en que la migración de europeos durante la segunda posguerra, era un boom. Venezuela recibía, para entonces, un oleaje de migrantes especialmente españoles.

Muchas de estas personas encontraban alojamiento en la casa de los venezolanos. Gladys Cueva contará a sus hijos algunos años más tarde, que buena parte de esos españoles que llegaron a nuestro país, eran analfabetos. Pero quizá ese no será el recuerdo más impactante que tuvo en ese período de su vida como maestra de migrantes. Tampoco lo fue la alegría de un nuevo alfabetizado, más bien el caso de una adolescente española, que, al finalizar su formación y cuando ya supo leer y escribir en la tierra de Andrés Bello, recitó una serie de improperios a su maestra porque ella no reconocería públicamente que “una negra” la hubiese enseñado a leer.

Gladys Obelmejías, la hija de Gladys Cueva, escuchó esa historia decenas de veces y siempre en medio de palabras que denotaban la herida que eso había dejado en el corazón de su mamá. Pero con el paso de los años, esa historia familiar, aquel recuerdo triste, le serviría para reafirmarse en la idea de nunca dejar que la discriminaran.

Hoy, Gladys Obelmejías Cueva es una reconocida socióloga que se dedica a actividades científicas, en áreas como Ecología Humana, Etnoecología, Etnobotánica, Etnobiología, Antropología Médica y de la Salud. También ha realizado estudios Etnopolíticos y Culturales, y de Etnografía Histórica, así como de Patrimonio, Biopatrimonio Cultural, Propiedad Intelectual Colectiva y Derechos Humanos Colectivos de Tercera Generación para Pueblos Indígenas, Comunidades Locales y Afrodescendientes.

Tiene su oficina en el Centro de Antropología del Instituto Venezolano de Investigaciones Científicas (IVIC), y allí nos recibe.

—Hola Gladys. Es un gusto conocerte.

—Te agradezco la oportunidad… Te recibo como me bendice mi Yeyé Ifalokun, Olodumare Ibukun O [Vendría a significar las bendiciones provistas desde el Cielo por el Creador], y mi Iya Yemaya te provea de mucho Ashe

—Oye muchas gracias, por esas palabras… Tengo algunas preguntas relacionadas con un tema que pareciera ser ajeno a nosotros, digo las venezolanas y los venezolanos. Ahí desearía llegar…

—Tú pregunta…

—Bien. Quisiera decirte que me sentí intimidado al leer tu currículum. Pero, pasado el impacto inicial se me ocurrió preguntarte ¿Cuál es tu origen social? y ¿si fue ese origen lo que determinó tu interés por la academia?

—Mi origen social es culturalmente diverso, pero diverso dentro del contexto de las minorías que fueron radicalizadas por su cultura y por su origen étnico.

—¿A qué te refieres, específicamente?

—Fíjate. Mis padres, ya fallecidos, apostaron por el camino de la profesionalización. Mi madre fue una maestra normalista y mi padre, estrella del béisbol doble A, pero ambos obtuvieron, con posterioridad, licenciaturas en la Universidad Central de Venezuela, en la Facultad de Ciencias Económicas y Sociales. Quiero decir con esto, que mi madre y mi padre escogieron proveer a sus hijos de un estándar de vida clase media, entre las décadas de los 70, 80 y 90 del siglo XX. Ese estándar, visto como un valor familiar, se insertaba en el ámbito de un proyecto de país que pretendió homologar a la diversidad cultural, en los términos de la “igualdad”, pero desde la invisibilización, el floklorismo y discriminación de las realidades étnicas y culturales en Venezuela, como un continuum del pensamiento y hábitus colonial en la modernidad. Esto debe entenderse en el marco del discurso de la “clase social” sin pertinencia sociocultural, como un dispositivo en la mente de los colonizados. Esto explica, en esos términos, no sólo el racismo como una gran categoría en la práctica de las relaciones sociales, sino su ramificación en el endorracismo, que involucra la discriminación entre los oprimidos de igual origen.

—¿Y cómo se retrata esa invisibilidad de las realidades étnicas?

—Podría explicártelo de esta forma: Muchos de mis ancestros, tanto indígenas como afros, fueron esclavizados y asimilados culturalmente. Eso lo puedes comprender en el origen de mis apellidos: Obelmejias-Cuevas Briceño. Particularmente, desconozco los nombres africanos e indígenas de mis ancestros, y no a propósito, sino porque la práctica discriminatoria ha sido sistemática durante siglos, y logró borrar ese aspecto tan importante de nuestras vidas. Por lo tanto, valoro profundamente mi proceso de reindigenización, desde la espiritualidad, por medio de mi nombre y prácticas de matriz afro espiritual Yoruba: Omi Tinibu, por la cual también he sido discriminada.

Dices, ¿discriminada por tu religión?

—Sí, justo por eso. Dos compañeros científicos del IVIC, un católico y una evangélica me dijeron durante un almuerzo en el comedor, que el mío no era el camino de Dios… yo estaba de Iyawo, que es el año de iniciado en La regla de Oosha y algunos debemos vestirnos de blanco…

 —Esto es algo personal, pero te lo pregunto… ¿eres madre?

—Aún no he tenido hijos, pero soy Iyalorisha, que significa “madre de Santo”.  Maternar no es sólo la reproducción biológica. Involucra el cuido a las/los otros. Me considero muchas cosas, entre las cuales se encuentra el vínculo con el arquetipo maternal con Iyemoyá.

—Gladys, estos son temas, imagino, que duelen mucho más cuando se profundiza en ellos… en la historia, por medio del estudio…

—Efectivamente. Eso determina mi interés. Trato de dar respuestas a una búsqueda tanto personal como colectiva. Una respuesta al ¿quiénes somos?

Te cuento algo. Teniendo mi estatus de “clase media-estudiante de la UCV,” retorné primero por mis estudios y luego por mis oficios, a vivir y comprender la vida de mis ancestros en la costa de Aragua, más específicamente en los pueblos de Chuao, Cata, Cuyagua y Choroní… y desde allí todo cambió.

Viví en casas de bahareque, terminé construyendo una, cociné en el fogón y conviví, especialmente con gente de la comunidad de Chuao, a quienes agradeceré por siempre. Esa experiencia me permitió comprender, en la práctica, lo que significa la “interseccionalidad”, ese término acuñado por la abogada y académica estadounidense Kimberlé William Crenshaw, para una mujer afro/negra, en mi caso afro-indígena, que es como me auto reconozco. El término nos habla de las opresiones o privilegios que un individuo puede vivir u ostentar como múltiples categorías sociales.

—Y ahora has adquirido el estatus de científica… además, leí en internet que te llaman la “científica cimarrona” ¿Cómo percibes ese calificativo?

—Lo considero un reconocimiento. El cimarronaje de nuestros ancestros implicaba la pervivencia material y cultural de los esclavizados y “los parias” del sistema colonial. Porque los africanos esclavizados y sus descendientes, no eran los únicos sujetos de las cimarroneras, cumbes, quilombos y palenques. También había indígenas y “blancos de orilla”, que generaron, grandes conflictos económicos, debido a la resistencia de la organización social del contrabando en las costas centrales del país. El cacao, por ejemplo, era como rubro bandera. Un ejemplo concreto de esto que te cuento, fue el caso del “pueblo quemado”, en el pueblo de Chuao del siglo XVIII.

Estas personas, discriminadas, racializadas y parte de una minoría política en la toma de decisiones de las colonias, fueron los que construyeron la realidad socio material por opresión. Y el acto de hacerse cimarrón implicaba la búsqueda de espacios libertarios para recrear una vida digna, ante el maltrato y el desprecio, por no ser blanco/a/criolla/criollo/elite colonial.

—Entonces el uso de lenguaje discriminatorio sobrevivió a la colonia…

—Nuestra academia venezolana, por ejemplo, tiene profundas raíces coloniales. Si vemos la Universidad de Caracas, actual Universidad Central de Venezuela, fue fundada por el Rey Felipe V, por medio de una real cédula en el año de 1721. No creo que mis ancestros pudieran aplicar para licenciarse en leyes o en el protomedicato, solo por ser “negros e indios”. Pero al revisar algunos documentos históricos de las haciendas de la provincia de Caracas, como el caso de la Obra Pía de Chuao, cualquiera podría darse cuenta que las prácticas médicas para los esclavizados eran ejercidas por curanderos, parteras, sobadores, rezanderas y curiosos, quienes manejaban ¡Y manejan!  un saber médico tradicional profundo, de sus contextos ambientales, culturales, familiares y comunitarios. Un saber destinado a proveer salud al colectivo.

—Pero ahora tú estás en la academia, ¿cierto? ¿Qué significa para ti?

—Estar en la academia desde una noción de cimarronaje o como cimarrona científica, significa para mí tener una doble conciencia, como lo define W.E.B Du Bois. Doble conciencia que involucra, no solo convivir en el marco de esa hegemonía de mentalidad racista, sino en mi interseccionalidad de ser: mujer afro, académica e iyalorisha. Esto puede incomodar la “colonialidad de la mente” de algunos, porque al autorreconocer mis raíces, soy sujeta consciente de las prácticas discriminatorias, que han sido invisibilizadas en la “igualdad”. No es un problema epistémico/económico/social/cultural ser “igual”, sino promover la equidad y las acciones afirmativas. Ya no quiero ser “igual”.

 —Gladys, tu padre fue beisbolista (Víctor Ramón Obelmejías Pedroza “el monote”) y el primo de tu padre (Fulgencio Obelmejías) nada menos que campeón mundial del peso supermediano… ¿Qué significa venir de una familia de destacados deportistas?

—Me siento profundamente orgullosa de ellos, y considero que cada generación tiene sus retos. Mi padre Víctor Obelmejías, tuvo que trabajar desde niño para ayudar a su madre y hermanos a vivir, pero consiguió en el béisbol, no sólo un espacio de recreación, sino un enclave para su desarrollo humano. Entre otros equipos, jugó con el de la UCV cuando el béisbol AA era sumamente importante en Venezuela, y esa relación con sus compañeros, que eran profesores, más la insistencia de mi madre, lo llevaron a profesionalizarse como contador público. Recordemos que el béisbol entre los afrodescendientes a nivel latinoamericano, se ha convertido en un estereotipo de ascenso social, pero vinculado con la noción del norte global y las “Grandes Ligas”. En cuanto a Fulgencio Obelmejías, le trajo muchas alegrías y orgullo a nuestro pueblo por sus victorias. Son historias que quedarán en las memorias deportivas de nuestro país.

—Sin duda que el deporte es un aspecto importante en muchos espacios de la vida nacional… pero, siendo que la mayoría de los deportes suponen la idea de la competencia y tú provienes de una familia de destacados deportistas ¿cómo convives con ese espíritu de competencia?

—Competir involucra no solo ganar. Para mi padre, la competencia lo llevó al final de su vida a proveer apoyo a las glorias deportivas por medio de instituciones fundadas por Hugo Chávez, como Fundaexar, pero también llegaron a socorrer a muchos adultos mayores sin políticas públicas que los apoyaran, y estas actividades, realizadas entre mi padre, mi madre, que era trabajadora social de la UCV, y María Palomo, encauzaron una serie de programas sociales. Convivir con el espíritu de competencia incide más que ganar o perder, porque la vida humana es compleja, y espero tener más sabiduría que conocimiento.

—Gladys ¿tú te defines como negra o afrodescendiente?

—Me defino como afro indígena debido a que tengo más claridad de mis raíces cuicas que de las africanas. Me encantaría saber a qué pueblos indígenas u originarios de África pertenecieron mis ancestros, pero me reindigenizo desde la matriz afro espiritual Yoruba. El proceso de la trata negrera fue muy eficiente y sistemático para borrar el “quienes somos”. Para mí es importante el autorreconocimiento de esa historia que nos fragmentó, pero también tuvimos elementos y capacidades para seguir siendo humanos.

“Hay personas que me llaman: “negra”, “mi negra”, “negrita” o “negra de…”, entre todas estas expresiones, tengo conflicto con sentir ser “propiedad” o ser insultada o vejada por ser afrodescendiente”.

—Entiendo lo que me dices, y también creo que muchas veces hablamos desde el desconocimiento de esta realidad y de su historia, por eso se me ocurre preguntar por cosas cotidianas que pudieran parecer inocuas… Si yo digo que tú eres negra, ¿estoy siendo racista?

—Esto es un tema de debate constante. La palabra “negro” es una categoría colonial que deriva de las “piezas de negro” como objetivación económica sobre los secuestrados y esclavizados de África por la trata esclavista, que los consideraba como propiedad. En el ámbito teológico católico y filosófico del siglo XVI, se justificó la práctica de la esclavitud a nuestros ancestros por “no tener alma”, es decir, por no ser humanos. Como ejemplo, podemos encontrar la disputa entre Sepúlveda y Bartolomé de las Casas en Valladolid (1551), para definir la situación de los “indios” y “negros” a partir del genocidio en las Américas, en la llamada “Estrategia Metalista”. Entonces, “negro” es peyorativo y vinculado a la “Doctrina del Descubrimiento”. Existen personas que se siguen autorreconociéndose como “negros”, e incluso es una de las categorías en el Censo de 2011 en Venezuela. Así que, para responder a tu pregunta, depende de las intersubjetividades asociadas al uso, y la intencionalidad de la expresión “negro/a”.  Hay personas que me llaman “negra”, “mi negra” “negrita” o “negra de…”, entre todas estas expresiones, tengo conflicto con sentir ser “propiedad” o ser insultada o vejada por ser afrodescendiente.

—Me doy cuenta de algo, Gladys. Muchas veces tiendo a saludar, usando de forma “cariñosa” frases como: “¡épale negra-negro!”, “hola mi negra”, y lo hago como una forma de crear cercanía… entonces ahora que te escucho me pregunto, ¿estoy siendo racista?

—Creo que el decretar acciones afirmativas, no borra la práctica colonial que queda en nuestras representaciones colectivas, y es difícil y complejo el reconocimiento de ser sujetos/objetos de discriminación.

Para mí, como diría mi Ogan Gladys Quiroga, Ayaba, Oriatesa e Iyanifa Ifalokun Omi Toke, la vida es un proceso y no un evento. El reconocernos en la práctica de discriminación es intersubjetivo y profundamente humano, y el logro de acciones afirmativas es tanto un ejercicio académico, como en la cotidianidad de la vida.

—Gladys, pero existen colectivos que tratan de resemantizar la negritud, que se deslastran del uso peyorativo del término negro… ¿qué opinión le merecen?

—Así como existimos los afrodescendientes, los colectivos que se auto reconocen como “negros”, como reivindicativo, merecen respeto y consideración. Son importantes en la historia de la lucha antirracista, panafricana y reparatoria. “Afrodescendiente” emerge también de los movimientos sociales negros, principalmente latinoamericanos y caribeños, que en 1997 acordaron este término para elevarlo en el Acuerdo de Durban en Suráfrica de 2001, como una manera de consolidar una categoría “políticamente correcta”, que diera cuenta del proceso histórico de millones de personas que descienden de un proceso histórico-social muy complejo.

Es muy común escuchar que en “Venezuela no hay racismo” ¿tú qué opinas?

—La “igualdad” entendida como discurso en la democracia puntofijista y el pensamiento moderno venezolano de mediados del siglo XX, invisibilizó, o más bien disimuló la discriminación racial en Venezuela, pero en ciertos contextos y tensiones político-sociales, ha emergido el “fantasma de la estructura socio racial colonial”, extremadamente vivo en nuestras vidas y prácticas. Recordemos los paros petroleros y golpe de Estado en el marco de la V República. Cuando Hugo Chávez promulgó algunas leyes que deconstruían los privilegios de las élites venezolanas, sobre todo la ley de tierra, inmediatamente en las matrices de opinión comunicacional emergieron categorías coloniales peyorativas tales como “indio bruto”, “negro”, “zambo”, entre otros.

—Quiero contarte esto. Hace unos meses llevamos a nuestras hijas (10 y 9 años) con la pediatra. Preguntamos por la aparición temprana de olor en las axilas. No queríamos empezar con el uso de desodorantes… La doctora nos dijo que (palabras más, palabras menos) cuantos más rasgos afro tiene una persona, más pronto aparece el “mal olor”. ¿Qué opinión le merece este tipo de concepción?

—Que el racismo, aparte de enfermedad, es un paradigma en nuestra poscolonia.  Ya el uso de “mal olor”, asociado a la ancestralidad afro de tus hijas, como discurso en la práctica de un especialista biomédico, puede dar cuenta de la colonialidad de la mente y la hegemonía del conocimiento, que también es ranciamente positivista durante el siglo XIX venezolano: ¿Hasta dónde una característica fisiológica es considerada “mala”?, pero la opinión de la “doctora” es respetada por su mérito académico y rol de médica…

Eso para mí es una alerta y le recomendaría, de forma impertinente, que cambie de pediatra y expresara a la doctora su diferencia. No me gustaría, en lo personal, que sí tuviera hijos/hijas fueran segregados por paradigmas evolutivos discriminatorios, en base a la idea de fenotipos, rasgos, raza o práctica cultural que sustentaron el pensamiento colonial y moderno temprano.

Podría darnos algún ejemplo concreto sobre ¿cómo se manifiesta el racismo en nuestro país?

—Se manifiesta principalmente en la auto negación de esas raíces culturales en las personas, en las relaciones sociales, en la falta de orientación de pertinencia étnica, en la marginación espacial, el acceso a los recursos, políticas públicas, en situaciones de exclusión que van creándose por medio de la discriminación y una gran vulnerabilidad. Un ejemplo claro ocurrió el año pasado cuando unas personas en Caracas fueron imputadas por el Ministerio Publico al discriminar, racializar y maltratar verbalmente a su vecina por ser “negra”, y su amigo por sexo diverso. Esas personas consideraban que “la negra”, no tenía méritos de clase y debía mudarse al 23 de enero, una zona popular, en vez de vivir en el mismo edificio que ellos.

El Estado venezolano, como proceso histórico, ha reconocido a los afro para discriminarlos o incluirlos.

Gladys, tú trabajas por el reconocimiento de los derechos de los afrovenezolanos ¿no son reconocidos por el Estado venezolano?

—El Estado venezolano, como proceso histórico, ha reconocido a los afro para discriminarlos o incluirlos. Recordemos. Muy entrada la independencia, la esclavitud es abolida en 1854, pero fue abolida cómo fenómeno económico, más que una acción de derechos humanos. El inicio del siglo XX, nos llama a reflexionar la existencia de restricciones migratorias de los africanos en Venezuela, o los planes de crear sociedades agrícolas de origen europeo, tales como la Colonia Tovar, sin que mi palabra les falte el respeto, porque los ancestros de las actuales familias de la Colonia Tovar, muy probablemente eran marginados por las élites de su país. Ante estos hechos históricos, los venezolanos nos ponemos la mano en el corazón al descubrirnos en un proceso de complejidad discriminatoria, que no hemos asumido por completo, por ser doloroso y que requiere ser, no sólo reparado, sino sanado en la pluriculturalidad, sin apelar a la muletilla del “soy mestizo”, como una categoría que aliviará la falta de equidades en las diferencias por “por tener un poquito de todo”. La clave de la V República, para mí, ha sido el proveer espacios, legalidad, instituciones, propuestas y políticas públicas, que hacen emerger y visibilizar estas luchas de los movimientos sociales, en este caso el movimiento afrovenezolano y sus diversas variantes. Por tanto, diría que, aunque no existe el reconocimiento constitucional de los afrodescendientes, y no porque el actual Estado no lo haya propuesto.

— …pero es que acaso ¿no todos somos afrodescendientes?

—La vida proviene de África, y por tanto descendemos de la humanidad que emergió en el continente, y nos fuimos adaptando en el tiempo feno/genotípicamente al estrés ambiental. La Humanidad es una en la diversidad, los discursos raciales la deslucen y hemos sido despiadados con nosotros mismos como especie, como portadores de cultura y con la naturaleza.

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Ernesto J. Navarro es periodista y escritor, autor de tres poemarios y la novela Puerto Nuevo. Ganador del Premio Nacional de Periodismo 2015. RRSS: @ernestojnavarro.

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