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Marcos Salgado, periodista: la objetividad tiene mucho de película

Vino de Buenos Aires a hacer un trabajo y ya tiene 19 años en Venezuela

La noticia que más medios convocó el domingo 10 de diciembre de 2006, fue la muerte del dictador chileno Augusto Pinochet. Dicen los que dicen, que un buen periodista está donde hay que estar, y Marcos Salgado estuvo ese día en Chile para contar, a través de la cadena TeleSur, aquello que no se atrevían los demás.

No eran tiempos de redes sociales ni de teléfonos celulares como se conocen hoy, así que aquella tarde de domingo, Marcos debía valerse de una empresa que instaló una antena flyaway para poder subir la señal a un satélite, que rebotara esa imagen hasta Caracas y de allí al resto del continente por la pantalla de la televisora multiestatal.

Lo malo era que esa antena no fue instalada en el centro de la ciudad, como le habían prometido, sino en medio de la academia militar donde velaban al fallecido dictador. Marcos, en una breve llamada telefónica, advirtió al canal que no iba a referirse a Pinochet como “general”, pero tampoco podía utilizar el término “dictador”, ya que estaba entre sus acólitos. Todo iba muy bien, pero mientras relataba en vivo, sobre una tarima, lo relativo al velatorio, un par de militares lo sostenían del pantalón y le gritaban que llamara “taita”, o “mi general”, al difunto.

Resistió cuanto pudo, y al momento de cerrar la transmisión dijo: “volvemos a Caracas”. Los militares lo miraron a los ojos descubriendo en él al corresponsal del “canal chavista”, y mientras pedían refuerzos para detenerlo, su camarógrafo alertó al taxista que los movilizaba por la ciudad, y fue así que, lanzándose por las ventanillas a lo Starsky y Hutch, lograron huir de una posible golpiza.

Los corresponsales suelen tener cuentos parecidos que suman a su experticia. Y si bien es cierto que una persona no es su curriculum, ciertamente éste dice muchas cosas acerca de ella o de él. En el caso de Marcos Salgado, hablamos de un periodista genético, casi sacado de un guion cinematográfico, o quizá sea su experiencia en el periodismo lo que inspira la creación de estos personajes épicos.

En los últimos años ha incursionado en la fotografía periodística, y quiso el destino que su cámara recogiera una imagen que le dio la vuelta al mundo. El 4 de agosto de 2018, él con la cámara de fotos, y su compañera Mariela López con la de video, eran los únicos periodistas internacionales presentes en la avenida Bolívar de Caracas, y también los únicos que pudieron captar las imágenes del atentado contra el presidente Nicolás Maduro.

Nacido en Argentina, graduado en la Universidad de Buenos Aires (UBA) e hincha de Quilmes Atlético Club, Marcos es un periodista que reside en Venezuela desde hace 19 años. En el ejercicio de la profesión ha hecho de todo y se mantiene activo en varios frentes: es coeditor de los medios independientes latinoamericanos Questiondigital.com y Surysurtv.net. Es corresponsal en Caracas para el canal HispanTV, reportero gráfico de la agencia Xinhua, videógrafo freelance para Ruptly.tv y Anadolu Agency. También es articulista de opinión en sitios como Rebelion.org, Estrategia.la, Nodal.am y Sputnik Mundo. En 2021 le fue conferido el Premio Nacional de Periodismo Simón  Bolívar, en la categoría fotografía.

Un par de termos repletos con agua caliente para mate, y nos lanzamos a hablar de periodismo…

—¿Listo, che? —me dijo.

—No señor, hoy pregunto yo…—, respondí.

—¡Bueno, dale!

Marcos, ¿tu conexión con Venezuela comenzó cuando te contrataron para trabajar en TeleSur?

—A mí me contactó el periodista Aram Aharoniam durante el Foro Social Mundial de Porto Alegre, a principios del año 2005. En ese momento, TeleSur todavía era una carpeta en las manos de Aram, que hacía de máquina para establecer contactos con todo el mundo. Yo lo había conocido el año anterior, cuando vine por primera vez a Venezuela para cubrir el referendo revocatorio contra el presidente Hugo Chávez. Vine como corresponsal de un grupo de emisoras argentinas que integraban la Asociación Mundial de Radios Comunitarias (Amarc). Era mi primera vez en Venezuela. Pero en 2005 avanzó muy rápidamente el proyecto de TeleSur y Aram me ofreció venir como jefe de Redacción. Fue lo que hice en septiembre de 2005.

—…Y, antes de eso, ¿este país tenía algún interés noticioso para ti?

—Yo creo que me pasó lo que a muchos en América Latina, que empezamos a fijarnos en Venezuela en el momento en que ocurre el golpe de Estado contra el comandante Hugo Chávez (abril de 2002). En ese momento, desde el prejuicio sudamericano, empezamos a darnos cuenta que pasaba algo que no era una situación habitual. Creímos al principio que se trataba de un presidente militar, de derecha, con discurso populista, que había llegado al gobierno para hacer más o menos lo mismo que los demás. Eso era un prejuicio, insisto. Cuando ocurre el golpe, muchos empezamos a entender que lo que pasaba en Venezuela era diferente a lo que nos decía nuestro prejuicio, porque convengamos que un golpe de Estado, con las características del golpe contra Chávez, donde vos tenés una toma efectiva de los espacios de poder, del Palacio de Miraflores, una proclamación de un presidente de facto, y que eso se pueda revertir, y que se pueda revertir sobre la base de la presión popular ¡es algo raro! Sigue siendo algo raro hoy por hoy. Ocurre eso y nos dijimos: “a ver, qué es lo que está pasando en Venezuela. Cómo es que la gente sale a defender a un militar”. Yo trabajaba en la radio FM La Tribu, de Buenos Aires, y junto a otras radios comunitarias en el continente, tejimos una red que rompió el cerco alrededor de Chávez y la información de que había renunciado. La verdad se difundió a través de Fidel Castro y esa verdad estaba represada en los medios de la región. Todos estos eventos sumaron a nuestro interés de saber más y empezamos a mirar mejor a este país.

Supongo, que cuando hablas de “prejuicios” te refieres a la historia de Argentina con las dictaduras militares, y supongo además que resultaba difícil explicar todo lo que ocurría en Venezuela con Hugo Chávez en la presidencia…

—Era difícil, porque peleábamos contra nuestros propios prejuicios, en un país como Argentina donde se habla y se sabe muy poco de Latinoamérica. ¡Eso sigue siendo así! En general en Argentina se habla poco, se sabe muy poco de América Latina. Quizá eso fue cambiando en los años siguientes a la primera década del siglo, cuando empezamos a ver una oleada de gobiernos progresistas, entonces se registró un vínculo mayor. Pero hasta ese momento, incluso los periodistas, entendíamos que Venezuela era un país que tenía autopistas, cuando en América Latina las autopistas fueron posteriores, que era un país con petróleo y hasta ahí. Esa es la verdad. Primero tratamos de entenderlo, decodificarlo, para poder transmitirlo. Recién para mí, quedó más claro en 2004, cuando vine a cubrir el referendo revocatorio. Veo que en Venezuela había una política hecha sobre la base de la movilización y el protagonismo popular. Creo que en ese momento ya se notaba que emergía un sector, que no había estado nunca en la política y que salía a ocupar espacios. Fue muy interesante, incluso cautivante, que un tipo como Chávez, reinstalara un debate que parecía cerrado. Recordemos que todavía estábamos bajo el influjo del fin de la historia, todavía estaba bastante cerca y presente la caída del muro de Berlín, el final de la Unión Soviética… todo eso sumó para seguir de cerca este proceso.

Marcos, tienes casi 20 años en Venezuela, ¿cómo fue que te quedaste acá?

—Cuando vine, la primera vez, me quedé muy enganchado, siguiendo lo que pasaba en Venezuela después del “confirmatorio” a Chávez. La posibilidad de quedarme surgió luego de venir a trabajar en TeleSur. Fijate en esto, cuando Aran Aharoniam me comentó sobre el proyecto de TeleSur recuerdo que le dije “qué lindo, qué bueno, perfecto, felicitaciones, pero ¿en serio querés hacer un canal de televisión latinoamericano?”. Estamos hablando de principios del siglo, cuando todavía la cuestión de las tecnologías no había llegado a las redes sociales, a pesar de que ha pasado poco tiempo. La posibilidad de hacer televisión, de hacerla bien, de hacerla con equipos y transmitir, no estaba tan clara como ahora. Era todavía un proceso muy complejo de armar. Yo escuché a Aran la primera vez y me dije: “Este está más loco que un plumero, cree que va a hacer un canal de televisión”… pero lo hizo.

Yo miré a través de Canal 7 (televisora estatal de Argentina) la primera transmisión de TeleSur y ahí sí me dije: “yo tengo que estar ahí”. Y ese mismo año, en septiembre de 2005, me viene a Venezuela con la tarea de ayudar a motorizar ese proyecto.

¿Y desde el principio el plan era quedarse acá?

—No estaba planteado en ese momento. Vine a trabajar y estuve un año y medio… Bueno una cosa es el escenario ideal y otra la realidad. Todo proyecto de las características de TeleSur llega a tener tensiones internas entre el proyecto original y las ideas de hacer lo conocido, lo de siempre. Todo eso fue generando tensiones y luego de año y medio me fui como corresponsal a Buenos Aires. Fue en ese momento cuando supe que me iba con la idea de regresar.

Marcos, has sido corresponsal en buena parte de este continente, ¿existe alguna diferencia entre el periodismo que se hace en Venezuela y el periodismo que se hace en otros países de la región?

—No. Yo creo que, en definitiva, las características centrales del ejercicio del periodismo son las mismas. Después varían algunas formas, algunos accesos a las fuentes, pero yo no veo grandes diferencias. Ya desde el tiempo del comandante Hugo Chávez, pero también  con el presidente Nicolás Maduro, los periodistas tenemos, por ejemplo, un acceso a la fuente presidencial muy grande, muy amplio, mucho más que en otros países de la región, y en general en muchos países del mundo. Acá los medios de comunicación, las agencias de noticias, pueden tener sus propias imágenes del presidente, parece algo muy sencillo, pero eso no ocurre así en la mayoría de los países. Acá hay un acceso a esa fuente y hay menos acceso a otras fuentes, eso va cambiando de país en país, pero yo no creo que el ejercicio del periodismo en Venezuela esté más allá de esa pátina interesada que tiene la derecha, de marcar una supuesta imposibilidad para ejercer la profesión. En eso, hay mucho de mito.

De eso quiero hablarte, se dice que en Venezuela el periodismo es una profesión de alto riesgo. Que resulta imposible hacer preguntas incómodas al gobierno y que se persigue a los periodistas, ¿te ha pasado eso?

—No. En todos los años que llevo trabajando en Venezuela, para diferentes medios, nunca vino alguien, ningún vocero, ningún jefe de prensa, a decirme: “tenés que preguntar tal cosa, o tal cosa no puedes preguntarla”. ¡Nunca! Y eso lo digo con total responsabilidad. Me ha pasado, como puede pasar en cualquier parte, que no te entiendan la pregunta o que algún vocero se enoje. Yo creo, insisto, que hay mucho de mito en eso de marcar una situación que no es. Acá hay acceso, incluso para periodistas que trabajan en medios notablemente contrarios al proceso bolivariano. Por ejemplo, cuando el presidente de Colombia, Gustavo Petro, vino a Caracas para restablecer relaciones con Venezuela, trajo en su delegación a la directora de la revista Semana. Ese tipo de acceso hay en Venezuela, y digamos, no hay un medio más antichavista y más anti Maduro y más anti Venezuela que la revista Semana.

Entonces, ¿sí es posible preguntar acerca de cualquier tema, supongamos, al Presidente?

—Mirá, todos los periodistas, y el que diga que no, miente, preguntamos en función de la agenda del medio para el que trabajamos, en función del tema que estamos llevando. Preguntamos en función, no de contentar, pero sí de mantener un contacto abierto con el vocero. Muchas veces se pretende que el periodista vaya y pregunte lo que una persona, con una opinión formada, le gustaría preguntar. Entonces, pretenden que la libertad de prensa sea que yo me pare ante el presidente Maduro y le pregunte: “¿Usted es un dictador?”. ¡Eso no es libertad de prensa! Eso es una payasada que no pasa en ninguna parte y ningún periodista la hace. Uno intenta ir ante un vocero a sacar información, a tratar de aclarar las cosas lo mejor posible, que el entrevistado lo diga de la forma más clara, o de intentar problematizar alguna situación. Eso es lo que hacemos todos los periodistas. Ahora, venir a reclamarnos que hagamos las preguntas que a un político le gustaría hacer, eso es otra historia.

Yo tengo la impresión de que el periodismo venezolano se quedó pegado en la confrontación desde 2002: “dame que te doy, Songo le dio a Borondongo, Borondongo le dio a Bernabé” ¿No te parece que el periodismo actual de Venezuela es aburrido?

—Yo no sé si decir que es aburrido. Yo creo que, probablemente, el gran tema es haberse quedado en la confrontación, y haber hecho que los periodistas entiendan que asumir una línea editorial (que la tienen todos los periodistas, propia o del medio en el que trabajan) es adjetivar el discurso. Y esa insistencia por adjetivar los discursos, sí vuelve las cosas aburridas y hace que el periodista le hable sólo a los convencidos de esa línea editorial.

¿Qué quiero decir con esto? Que si yo, cada cuatro palabras digo: “el presidente obrero Nicolás Maduro”, estoy hablándole solamente a los que comulgan y entienden que, efectivamente, Maduro tiene una extracción obrera, y que eso es bueno y que yo lo respaldo por eso. Y, aunque es algo totalmente legítimo, también es cierto que al mismo tiempo es algo con lo que estoy expulsando a otra cantidad de gente que quizás, sin ser antimadurista, tenga sus prevenciones o no le guste que estén adjetivando todo el tiempo. El trabajo del periodista no es adjetivar, eso hay que dejarlo a los opinólogos, o al funcionario. El periodista tiene que contar lo que está pasando, y contárselo a la mayor cantidad de personas posible. 

Ahora que lo pienso, quizá sí se haya vuelto un poco aburrido el periodismo venezolano, y tiene que ver, en mi opinión, con que el periodista asumió como propia la línea editorial del medio, lo cual tampoco deja de ser legítimo. Pero la función del periodismo no es convencer a los convencidos.

¿La función entonces es ser objetivos?

—No voy a caer en la novela de la objetividad y del periodista al servicio de la objetividad y la veracidad, porque eso tiene mucho de película. El periodista es un ser humano, por lo general no muy bien pagado, con todos los líos que tiene cualquier persona pero que, a diferencia de otros, por ahí hoy le tocó desayunar con un ministro y después volverse a su casa en una camionetica. Pero bueno, ese es su trabajo, y está influido por mil cosas, especialmente por la línea editorial del medio que va a determinar otro montón de cosas más.

“El gran desafío del periodismo en su crisis actual es cómo hacer para aportar contexto en tiempos de redes sociales”.

Marcos, mientras los medios formales seguían enganchados a la pelea política, llegaron las redes y los youtubers y los instagramers, y ocuparon un terreno amplísimo ¿Podrá el periodismo remontar esa cuesta o seguiremos citando cuentas de X (antes Twitter) como fuentes?

—La verdad, no lo sé. Me parece que la dinámica de las redes sociales impactó a una profesión en crisis. Para mí, el periodismo es una profesión en crisis. Pero no está en crisis por las redes sociales, ya estaba en crisis, por esto que vos decís acerca de convertirse en un bando que se pelea con otro bando, mientras la gente en medio la ve pasar… pero esto no pasa solo en Venezuela.

También hablo del impacto de los llamados multimedios. A principios de este siglo vimos que empresarios tenían un diario y luego un canal de televisión, una radio, dos radios, tres radios, cinco radios, veinte radios. También una empresa que hace tal cosa y la concesionaria en los aeropuertos privados, y etcétera. Un gran conglomerado de empresas, que además tiene medios de comunicación y que utiliza esos medios en función de sus propios intereses empresariales. No estoy exagerando, estoy hablando del grupo Clarín de Argentina, por ejemplo… y podemos hablar de mucho más en América Latina. Recordemos la componenda que hizo contra Venezuela el Grupo de Diarios América (GDA). Se pusieron de acuerdo para escribir una nota negativa sobre Venezuela, diariamente, en cada uno de esos periódicos y esto pasó durante los años 2016, 17, 18 y hasta el 19.

¿Qué cosa tienen las redes que el periodismo no?

—Mirá, las redes se volvieron hiper específicas, algo que el periodismo no podía hacer. Por ejemplo, un diario generalista tiene que publicar varios temas distintos, apuntando a un público amplio. Mientras que las redes sociales y la comunicación entre las redes sociales hicieron todo lo contrario. Te lo explico: Si vos solamente consumís lo que te interesa, entonces la red social, algoritmo mediante, te dará más de eso. Te irá limitando, recortando cualquier posibilidad de tener una cosmovisión para entender procesos o fenómenos. Quien alguna vez entró (especialmente los jóvenes) a TikTok, y le gustó una publicidad o un posteo vinculado a Milei (presidente de Argentina), después TikTok solamente les enviará cosas de Milei. En algún momento esa persona dirá: “qué chévere es este tipo, está loco, es un genio, es un transgresor” … pero esa misma persona no tendrá ninguna posibilidad de obtener, por esa misma red, otro tipo de información: “¿cómo está Argentina? ¿Quién es el otro candidato?” … ¿Me explico? El gran peligro de las redes sociales, en mi opinión, es que te va dejando solo con el tema que vos creías que te interesaba o que te interesa, y te va sacando cualquier posibilidad de poner las informaciones en contexto. Mirá, Milei no salió de un repollo ayer. Es el cuarto ciclo neoliberal de la Argentina, con características determinadas, y se vincula con Donald Trump y con Bolsonaro a otro proceso de ultraderecha pseudo libertaria… Eso es un contexto que debe aportar el periodismo. Es el gran desafío del periodismo en su crisis actual: cómo hacer para aportar contexto en tiempos de redes sociales.

Hablas de una concepción nostálgica del periodismo…

—Ese es el desafío, dar contexto para poder encontrar una rendija, para que las personas puedan recibir una información más amplia.

Yo no estoy en contra de las redes sociales, ojo. Y creo que no podemos quedarnos en la nostalgia de cuando leíamos los diarios impresos o encendíamos la radio para entender qué pasaba, porque esos diarios y esas radios también nos estaban diciendo lo que querían. Por eso no soy nostálgico. Las redes hay que aceptarlas, hay que usarlas, pero debemos saber que tienen un aspecto negativo. En mi opinión, las redes te meten dentro de una caja donde solo ves lo que te interesa, o lo que crees que te interesa.

 —En las redes se privilegia una especie deprimacía de mi opinión personal’. Viste que uno escribe un post y pueden responderte miles, pero esos miles que escriben siempre están por debajo de tu opinión, no al lado, debajo… ¿eso comunica?

—Eso no tiene eco, y ahí viene otro problema en la comunicación. En lugar de enfrentar o atender a los nuevos contratos de lectura que proponen las redes sociales, los medios se valen de las RRSS para inventar una pseudo noticias.

Es frecuente el titular: “¡Estallaron las redes!”. ¿Qué quiere decir que estallaron las redes? Que fulanito dijo tal cosa y “estallaron las redes”… y eso, cuánto valor tiene, cuánto cambia las cosas que fulanito haya dicho lo que dijo y hayan “estallado las redes”. Es demasiado relativo. No niego que sean una poderosa herramienta política, míralo a Milei producto de la televisión y las redes sociales.

“El militante es lo más alejado que hay a un ‘tuitero’ de escritorio, que no construye nada, que está peleándose todo el tiempo y muchas veces es del anonimato”.

Marcos, ya que se ha mencionado a Milei varias veces te pregunto ¿qué opinas de la tendencia a gobernar o hacer política desde las redes sociales?

—Yo creo que la red X, en particular, es una herramienta interesante para la política en una sola cosa: para la declaración de algún personaje. El presidente Maduro lo usa de esa manera, Petro también lo hace, por mencionar a dos. Otros, como Milei o Bukele no declaran, se dedican a molestar a los demás con opiniones livianas, fuera de contexto. Esto no tiene nada que ver con información o con un buen uso de las redes sociales. Creo que hay que ver con pinza esos fenómenos que muestran el peor costado de las redes sociales: la irresponsabilidad. Veo en ello un desafío para el periodismo. En las redes todo empezó ayer, no hay procesos sociales, no hay historia, esto nunca había pasado, esto es nuevo y termina dentro de una hora. Las redes no son algo inasible, detrás hay personas, grupos políticos, factores de interés, grupos económicos que influyen en ese entramado para moverlo en función de una idea u otra. Creo que no basta estar en las redes, el asunto es cómo, y en qué lugar se colocan se ponen las redes para el ejercicio del periodismo.

——En Venezuela se hizo cotidiano el concepto de “periodismo militante”, ¿es periodismo con todas sus letras o una categoría más cercana a la propaganda?

—Periodismo y militante no tiene por qué ser contradictorio, y quiero rescatar la figura del militante.  El militante político es el hombre o la mujer que dedica tiempo de su vida a construir en común, con otros, una determinada realidad. El militante es lo más alejado que hay a un “tuitero de escritorio”, que no construye nada, que está peleándose todo el tiempo y muchas veces es del anonimato. Yo rescato la figura del militante y creo que puede haber un periodismo militante. A ver, mis primeras armas en el periodismo las hice en una revista de un partido político. Ejercer periodismo no es mentirle a la gente, no es decir que había 20 donde hay uno. No, es decir: “esto es lo más maravilloso que hay”, cuando en realidad se trata de un proceso que está en construcción y que tiene contradicciones. Por otro lado, ejercer el periodismo es encontrar la mejor forma de contarle a la audiencia, lo que está pasando, y eso se puede hacer desde la militancia. Por supuesto que eso tiene un costado que puede hacer que vos caigas en la propaganda, pero es otra cosa. El fenómeno de la propaganda mezclada con el periodismo no es un capital único del periodismo militante, ocurre en todos los sectores, con mayor o menor éxito.

¿Qué pasa cuando el periodismo militante es complaciente con quienes gobiernan?

—Deja de ser periodismo militante. Al empezar a hacer propaganda ya abandonaste el periodismo. Esa es la gran línea divisoria, me parece. La complacencia no ocurre solo alrededor de la política. Si un periodista acepta un viaje pagado por una empresa, solamente para viajar y conocer, ¿crees que, si esa empresa se hace noticia, este periodista lo va a publicar, o se va a acordar del viaje que le regalaron? Los mecanismos de la complacencia con el poder político y económico son muchos.

Pero eso contradice la conseja de que un periodista debe ser apolítico…

—No. Eso es una barbaridad, un periodista nunca puede ser apolítico. Nadie es apolítico.

Caemos de nuevo en el debate eterno de la objetividad y toda esa la bola. Un periodista no puede ser apolítico desde el momento que está manejando una cantidad de información que otras personas no manejan, y que tiene que hacer un trabajo de valoración de esa información, y cuando ese trabajo de valoración se realiza desde determinada postura ante la vida, determinada postura política. El problema del periodista y vuelvo al ejemplo que te daba antes, con una frase muy común en Argentina: el periodista es aquel que desayuna con el ministro, almuerza con el presidente y se vuelve a casa en camionetica. Es lo correcto. Porque si vuelve en camionetica, aunque haya almorzado con el presidente, lo que hizo fue un trabajo. La objetividad periodística tiene que ver con el hecho de que, si una pared está pintada de verde, yo cuento que está pintada de verde. Después entran otra cantidad de elementos que tienen que ver con la forma y la propia concepción política del periodista, también con su formación humana.

—¿Viviste en Venezuela algún momento que puedas considerar una “época dorada” del periodismo?

—Yo creo que el periodismo venezolano, y no podía ser de otra manera, se quedó muy pegado a esa polarización de la sociedad. Y no digo que sea algo malo. La sociedad venezolana se polarizó cuando emergió un polo que estaba oculto. Entonces al periodismo le caben las generales de la ley, y comenzó a convertirse en un periodismo muy adjetivado. Debería, me parece a mí, salir de esa adjetivación. Insisto, sin ser sonsos y asumiendo las líneas editoriales. Pero seguimos enganchados en ese proceso, lo cual hace que el periodismo se diluya, se haga más pesado.

—¿Qué significó para ti el Premio Nacional de Periodismo que te concedieron en 2021?

—Para mí es un honor, claro. Te digo que a mí me gustó mucho lo del premio, porque fue un premio sobre un tema al que llegué no hace mucho tiempo: la fotografía. El trabajo premiado fue sobre cómo Venezuela aguantó la pandemia de Covid-19. Por cierto, un trabajo al que le puse mucho esfuerzo, y en el que los periodistas pusimos el cuerpo y salimos a la calle a contar la pandemia, cuando todavía no había vacunas y cuando todavía no se sabía bien que iba a pasar con todo esto. Lo valoro desde ese lugar.

¿Te quieres ir de Venezuela? ¿lo has pensado?

—No me lo he planteado, y me parece que en Venezuela se siguen jugando montones de cosas con características distintas en diferentes momentos y procesos. Sigue siendo un lugar periodísticamente muy interesante, en donde hay muchísimo para contar… así que acá seguimos.

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(*) Ernesto J. Navarro es periodista y escritor, autor de tres poemarios y la novela Puerto Nuevo. Ganador del Premio Nacional de Periodismo 2015. RRSS: @ernestojnavarro

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