6 huérfanos españoles fueron las “vacunas humanas” que salvaron a Venezuela de su primera pandemia

En el segundo viaje de Cristóbal Colón viajó a América la primera pandemia que azotó a este lado del mundo: la viruela. Varios siglos después, conscientes de las asoladoras consecuencias que la enfermedad causaba en el continente de donde sacaban su mano de obra, la propia corona asumió la tarea de traer la cura. El vehículo fueron 22 niños huérfanos quienes cruzaron el Atlántico trayendo en sus cuerpos la vacuna inoculada. Uno murió en altamar, 21 tocaron tierra en Puerto Rico el 6 de enero de 1804, y casi tres meses después, el 20 de marzo, seis de ellos desembarcaron en Puerto Cabello para esparcir la sanación entre la diezmada población venezolana.

La historia médica registra a esta gesta, bautizada como la “Real Expedición Filantrópica de la Vacuna”, como la primera brigada sanitaria internacional. Con la anuencia y el financiamiento semilla del Rey de España, Carlos IV —quien en 1794 había perdido a su pequeña hija María Teresa, de solo cuatro años, por causa de la viruela—, partió de La Coruña la misión comandada por el médico Francisco Javier Balmís y con su colega José Salvany como sub director. También viajó Isabel Sendales, rectora de la Casa de Expósitos de La Coruña, de donde provenían los infantes. A falta de refrigeradores, los galenos llevaban a los “niños vacuna”, portando vivo en sus cuerpos el resultado exitoso de los experimentos del científico inglés Edward Jenner, quien poco antes había descubierto que inoculando la viruela de las vacas en cuerpos humanos sanos generaba inmunidad hacia la peste que azotaba al mundo.

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En Venezuela la viruela no se erradicó sino más de siglo y medio después, en la época de Pérez Jiménez, y la OMS la declaró oficialmente extinta a la enfermedad en 1980, no obstante, la gesta de estos niños mártires fue clave para el fin de la agudizada crisis pandémica en sus peores años.

Aislamiento y huida

En Venezuela, la historiografía médica ubica la llegada de la viruela en 1573, y desde entonces varios brotes en distintas partes del país, pero ninguno tan mortífero como el registrado en Caracas entre 1773 y 1779. De las 30 mil personas que vivían en la ciudad para ese entonces, la peste se llevó a 10 mil.

Aislamiento social, control sanitario y vacunación masiva fueron las medidas tomadas para contener el contagio, que tuvo como daño colateral el pánico colectivo ¿le suena conocido?.

Las autoridades de la Capitanía General, para contener los contagios que no diferenciaban de clase social, sexo, edad u ocupación, tomaron medidas defensivas y ofensivas, y en otro nivel, iniciaron una campaña de concienciación hacia la gran cantidad de personas que asumía la enfermedad con paliativos religiosos y/o supersticiones, negándose a la atención médica porque consideraban a la epidemia como un castigo divino, o por el contrario, entregándose ciegamente a los dudosos cuidados de curanderos y estafadores.

Caracas, por ejemplo, sólo tenía un hospital, que ni se daba abasto para los contagiados ni quería poner en riesgo al resto de sus pacientes, así que se decidió abrir degredos para los enfermos de viruela ya diagnosticados, es decir, casas para su atención exclusiva donde estarían aislados del resto de la población.

El historiador Germán Yépez, que ha estudiado y escrito ampliamente sobre la viruela en Venezuela, refiere en sus investigaciones que en Caracas se instalaron degredos en todas las parroquias, y que los fallecidos eran depositados en zanjas alejadas de los lugares poblados.

Los degredos no tenían buena fama. Eran pocos los que salían curados de estas casas que carecían de las condiciones sanitarias que requería el caso, entre otros detalles técnicos y humanitarios. La mayoría fallecía, porque en general la política no era que estos lugares estaban instalados para curar a nadie, sino para recluir a los enfermos y evitar más contagios.

Por otro lado, se instalaron cordones sanitarios para restringir la movilidad dentro del país, ante lo cual los más pudientes abandonaron sus hogares en la ciudad para pasar la crisis en sus residencias campestres y evitar todo contacto con personas dudosas. En fin, que Caracas quedó casi desierta entre los que se fueron, los que murieron, los que se enfermaron, los que tenían pánico de salir y los que ni abrían sus negocios porque no había nadie a quién venderle nada.

En ese contexto, y al mismo tiempo que dentro del país se hacían algunos experimentos autóctonos de inoculación del virus para buscar inmunidad, algunos de muy dudosa reputación, llegó la expedición de Balmís con sus “niños vacuna”.

Huérfanos, expósitos y sanos

Los 22 niños de La Coruña que partieron de España tenían entre 3 y 9 años. Lo importante para su selección es que nunca hubiesen estado enfermos de viruela.

El método de Balmís era el siguiente: dado que era imposible preservar la vida del virus de la viruela vacuna en el largo viaje de Europa a América, este sería inyectado en los niños, usándolos como recipientes vivos, de dos en dos cada dos semanas —por si uno moría, como en efecto pasó, no se rompiera la cadena— de modo que, al llegar al destino, los últimos dos niños lo tuvieran latente en su piel.

Del pus de la viruela se tomaba la vacuna.

Sendales era la encargada del cuido de los jovencitos, y al final de la gesta adoptó a uno de ellos, el pequeño Benito Valdés, refiere el libro En el nombre de los niños, investigación de Emilio Balaguer y Rosa Ballester.

Por participar en la expedición, a los niños —todos varones— se les prometió que serían ubicados en buenas familias de América que correrían de por vida con su manutención.

El viaje hasta Puerto Rico duró poco más de ocho meses y allí la expedición se dividió para abarcar más terreno. De los 21 niños, seis se vinieron a Venezuela con Balmís, en un viaje lleno de contratiempos, al punto que debieron desembarcar antes de tiempo en Puerto Cabello y no en La Guaira, donde estaba previsto, ya que el último niño que debía ser inoculado se enfermó gravemente y la vacuna ya estaba a punto de expirar en el cuerpo de quien debía ser el penúltimo recipiente. Refieren Balaguer y Ballester que para salvar la situación jugó a favor del equipo la buena organización que estaba dispuesta en Venezuela, donde apenas al desembarcar se pudieron inocular a 28 niños locales que estaban a disposición.

También refieren los investigadores sobre la magnífica recepción que las autoridades de Caracas le dieron a la expedición una vez arribaron a la capital. No descartan que además del interés evidente por la vacuna, el gobierno de la corona quería ganar réditos políticos con la población ante el ruido que ya estaban causando los movimientos independentistas.

Aquí en Caracas, el médico jefe de la comisión para atender la expedición de la vacuna fue el venezolano José Domingo Díaz, afamado médico de la ciudad, y quien más tarde se convertiría en enconado enemigo de la causa independentista como director de la Gaceta de Caracas. Es el autor del libro Historia de la rebelión de Caracas.

Para hacerse una idea del momento histórico, cuando llegó el barco con los niños el Libertador Simón Bolívar tenía siete años de edad, ya se había sofocado la rebelión de Gual y España y Francisco de Miranda estaba en Nueva York buscando fondos para libertar Venezuela luego de haber recorrido Europa.

Más niños en Venezuela, y seguramente en el resto de los países que tocó la expedición, fueron usados como recipientes de la vacuna contra la viruela en una era donde la pediatría aún no existía como disciplina médica y en la que era rutinario experimentar en los cuerpos de los niños abandonados. Y no sabemos el destino de ellos, ni de los seis que tocaron suelo venezolano con una tarea gigante que seguramente no comprendían, pero sí sabemos que, gracias a ese sacrificio de malestares, agujas, incomodidades, separaciones y hasta la muerte se detuvo en gran parte del mundo una pandemia que pudo cobrar la vida de media humanidad ¿el fin justifica los medios?

 

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