Eduardo Blanco fue el Homero de Carabobo

Eduardo Blanco, autor de Venezuela heroica

“Un mar de sangre separaba la América española de su antigua y pertinaz dominadora; intentar siquiera atravesar sus encrespadas ondas, era entrar en gran riesgo de perder con la vida la honra, aún más preciosa, para quienes rendían al honor y a la patria un culto reverente. Placentero es repetirlo, y repetirlo con satisfacción: los halagos de España no encontraron cabida en uno solo de los sostenedores de aquella lucha homérica”.

Así reza un fragmento de las primeras páginas del relato de la Batalla de Carabobo plasmado en el libro Venezuela Heroica, de Eduardo Blanco (1839-1912). El texto, pieza cumbre del romanticismo venezolano, pretende ser un documento testimonial sobre varios episodios de la guerra de independencia. Su valor historiográfico constituye una discusión que todavía levanta pasiones, pero su valor literario es inagotable.

Dar un paseo por la fotografía que la pluma de Blanco hace de la gesta 60 años después de sucedida no es reencontrarse con un episodio mil veces mencionado en las aulas o fríamente recordado en las cadenas nacionales de radio y televisión. Para quien lo lee por primera vez es borrón y cuenta nueva. Muy lejos de cualquier cliché nacionalista, el texto impregna de genuina emoción patria, dando voz a un buen puñado de generales y a seis mil soldados, quienes son personajes de un evangelio independentista.

Hoy, cuando casi se cumplen 200 años del triunfo de las tropas bolivarianas en Carabobo y 140 de la publicación de este libro, bien vale la pena echar un vistazo a la historia detrás de la historia, y conocer el particular relato de cómo este escritor caraqueño pudo dar cuenta del minuto a minuto de nuestra gesta más ilustre.

Fragmento del fresco de la Batalla de Carabobo de Martín Tovar y Tovar que adorna la cúpula del Palacio Federal Legislativo

En la voz de Aquiles

Eduardo Blanco nació en Caracas en 1839. Vino al mundo en el seno de una familia de abolengo, y como se esperaba de alguien con su posición social, siguió la carrera de las armas. En 1859, con 20 años de edad y cuando la Guerra Federal estaba en plena efervescencia, fue asignado como edecán del recién llegado General José Antonio Páez. Este nombramiento signaría su vida, su breve carrera militar y su próxima y fecunda carrera literaria.

Páez había sido perdonado del destierro luego de la Revolución de Marzo el año anterior y, de hecho, estaba siendo convocado para que ayudara a pacificar el país. Este llanero, que volvía luego de una ausencia de casi una década, regresaba convertido en una leyenda viviente.

Había recorrido Norteamérica y Europa, se había entrevistado con Napoleón en Tullerías, había sido agasajado por Luis de Baviera y homenajeado por los generales de la guerra civil de Estados Unidos. Ahora la patria lo reclamaba para que le hablara de tú a tú a los llaneros levantados por Ezequiel Zamora.

Y así lo hizo. Páez, asistido por Blanco y otros más, emprendió un plan de acercamiento y negociación con las tropas insurrectas de la Guerra Larga.

En 1861 Páez acuerda una reunión con quien para entonces era el líder de los federales, Juan Crisóstomo Falcón, oriundo de Paraguaná. El encuentro tiene lugar el 12 de diciembre en la sabana de Carabobo, donde mismo se había sellado la independencia. El simbolismo era evidente.

Allí los dos generales se juntaron en un ambiente de total cordialidad y luego de los saludos de rigor se retiraron a solas para intentar llegar a acuerdos en pro de una tregua. El diálogo no tuvo grandes consecuencias para el devenir de la guerra, pero sí para el joven Eduardo Blanco, quien en un momento de distención presenció cómo Páez, haciéndole una cortesía a Falcón, hizo una narración in situ de lo que había vivido en Carabobo.

Páez formó parte de la columna de avanzada que casi al mediodía del 24 de junio de 1821 asaltó a las tropas españolas comandadas por La Torre; allí vio morir a muchos de sus más fieles soldados, entre ellos a su entrañable Pedro Camejo, quien asistió en persona a despedirse con el pecho ensangrentado. También se bañó de gloria.

El relato conmovió a Falcón, quien en lo que significó un momento de epifanía para el futuro escritor, se acercó a Blanco para decirle: “Es la Ilíada contada por el mismo Aquiles”.

La anécdota —repetida mil veces y contada por Santiago Key-Ayala, amigo y biógrafo de Blanco— marcó un compromiso: convertirse en Homero para dejar en negro sobre blanco la epopeya narrada y legarla a futuras generaciones, con esa misma inspiración de poema épico griego. No sería Troya, pero sería Carabobo.

Blanco no se conformó con la narración de Páez y tampoco con esta única batalla. Poco después se retiró de los cuarteles y dedicó sus siguientes años a investigar documentos y más fuentes vivas de todo lo sucedido en el país durante la guerra de independencia y el resultado fue la publicación de Venezuela Heroica en 1881.

La primera edición, de la cual se imprimieron dos mil ejemplares, estuvo integrada por cinco “cuadros” que narran las batallas de La Victoria, San Mateo, Las Queseras del Medio, Boyacá y Carabobo. Una segunda edición publicada en 1883 añade seis nuevas gestas: Sitio de Valencia de Venezuela, Maturín, La invasión de los Seiscientos, La Casa Fuerte, San Félix, La batalla en Punta Brava, La invasión de Estrella de Mar y Matasiete.

Luego de Venezuela Heroica, Blanco publicó libros de ficción, se convirtió en un respetado personaje del escenario cultural caraqueño y también probó suerte con la política asumiendo el ministerio de Instrucción Pública. Arturo Michelena lo usó como modelo para su lienzo Miranda el La Carraca en 1896; en 1905 fue orador de orden en el acto por el centenario de Páez; y en julio de 1911, hace exactamente cien años, vivió su momento de apoteosis al recibir un homenaje nacional en el Teatro Municipal de Caracas a propósito del primer centenario de la independencia. Murió seis meses después.

Un viaje al Olimpo

El mismo año en que se publicó Venezuela Heroica el apóstol cubano José Martí piso tierra venezolana. Una reseña que hizo del libro de Blanco y que hoy suele usarse como prólogo al texto, da cuenta del impacto que le causó la narración de las batallas de la independencia. A la obra en su conjunto la calificó como “un viaje al Olimpo”.

“Todo palpita en Venezuela heroica, todo inflama, se desborda, se rompe en chispas, humea, relampaguea. Es como una tempestad de gloria: luego de ella, queda la tierra cubierta de polvo de oro. Es un ir y venir de caballos, un tremolar de banderas, un resplandor de arneses, un lucir de colores, un golpear de batallas, un morir sonriendo, que ni vileza ni quejumbre caben, luego de leer el libro fulgurante”, escribe Martí.

En cuanto a su estructura, el capítulo Carabobo de Venezuela Heroica, dividido en 35 capítulos, no inicia el 24 de junio sino que se remonta muchos meses atrás y por momentos incluso años.

La narración habla de antecedentes como la dimisión de Pablo Morillo como jefe de las tropas realistas y el nombramiento de Miguel de la Torre, la organización de cada columna en cada parte del país, la ruta de Bolívar y la experiencia adquirida por este en su campaña contra Boves, y las conversaciones entre patriotas y realistas para buscar un armisticio.

Blanco relata la cotidianidad de los seis mil soldados en marcha a Carabobo, terreno que Blanco no se explica por qué fue seleccionado por los españoles, cuando en 1814 fue su “necrópolis”. “Carabobo, propicio siempre a nuestra causa, parecía tener un pacto secreto con el Libertador”, dice el autor.

El libro se adentra en la batalla desde el día anterior, cuenta cómo fue el último pase de revista por parte de Bolívar y qué les leyó el Libertador para darles ánimo ante lo que se venía: para muchos de ellos la muerte. Narró la noche previa, la madrugada antes de la marcha final, los uniformes que por primera vez usaban los soldados patriotas, cómo Bolívar estudió la situación al divisar desde las alturas el campamento enemigo y cómo Páez asaltó a los españoles con su ejército de vanguardia.

Desde allí hasta el final, la narración del conflicto bélico propiamente dicho es trepidante. El momento de la muerte de Camejo es desolador, el momento del grito de victoria es de emoción ensordecedora.

“Carabobo duró lo que el relámpago; puede decirse que para todos fue un deslumbramiento. Sobre la frente erguida del vencedor en Las Queseras, brillaba un laurel más, y de alto precio. El Libertador desciende a la llanura en el momento en que se decide la batalla. Su pronóstico estaba cumplido; el ejército patriota saluda entusiasmado a su inmortal caudillo”, dice Blanco en el momento cumbre.

¿Epopeya heroica, panfleto o libro de historia?

Como fuente historiográfica, el libro de Eduardo Blanco ha encontrado una legión de acérrimos enemigos desde el día de su publicación. Los más controversiales calificaron al libro como panfleto, y los menos afirman que no es más que una epopeya histórica llena de recursos literarios, pero con poca fiabilidad científica. El debate hace que sus páginas sean el perfecto ejemplo de aquella vieja discusión sobre entrecruzamiento de historia y ficción que planteó el filósofo francés Paul Ricoeur.

Blanco, ciertamente, no vivió la batalla en carne propia, pero se basó para contarla en testimonios y documentos fidedignos. En cuanto a su narración, heroica y florida, es fiel a un estilo que hoy a muchos lectores causa urticaria pero que va en total consonancia con su época.

Poniendo en contraste dos lecturas contemporáneas de este texto, la escritora Raquel Rivas-Rojas, en su artículo Un campo de batalla sin sangre: la heroicidad vicaria de Eduardo Blanco, califica al libro como un “folletín” y dice que toma la forma de una “fábula identitaria”.

“El proyecto estético de Blanco condensa los valores residuales de una intelectualidad conservadora que sobrevivió el cataclismo de la Guerra Federal —la guerra civil más sangrienta de la historia patria— y, ante los hechos cumplidos del cambio social inevitable, se parapetó en una noción principista de la sociedad: ordenar —a través de la palabra— el caos posterior a la Independencia y la Guerra Federal se convirtió en la misión ineludible del intelectual conservador”, señala Rivas-Rojas en el artículo incluido dentro del libro Fijar la patria. Eduardo Blanco y el imaginario venezolano.

Por otro lado, el periodista y memorialista Aldemaro Barrios, coordinador de la Unidad de Documentación e Información Centro Nacional de Historia (CNH), donde también es investigador, le otorga al texto un valor significativo dentro de la historiografía nacional pero siempre teniendo en cuenta que en sentido estricto y científico no es un libro de historia sino una pieza de historia novelada.

“Es esa categoría en la que el escritor agrega elementos decorativos, le da su interpretación de la épica que vivió el momento histórico que describe; sin embargo, no por ello no tiene un valor significativo. Hemo estudiado Venezuela Heroica desde la escuela, es uno de esos libros importantes para rescatar la memoria de ese tiempo”, aseguró en conversación con Últimas Noticias.

Barrios pone en perspectiva a Venezuela Heroica con otros textos que hablan de Carabobo en primera persona —no de forma vicaria, como lo hace Blanco— y recuerda a la autobiografía de Páez, el testimonio del General O’Leary titulado La historia de la Gran Colombia; o el relato del soldado Braulio Fernández, Alto esa patria hasta segunda orden. Invita a revisar estos textos como fuente directa de los hechos.

“No hay duda de que Venezuela Heroica tiene un valor en la historiografía como elemento novelado, pero cuando nos remitimos a los estrictamente científico hay que considerar uno de los elementos que quedaron y relatos testimoniales de actores del proceso”, subrayó.

Finalmente, Barrios resiente que el libro de Blanco habla de Carabobo desde la mirada de los grandes héroes, pero poco se refiere al vivir del soldado o del subalterno. Por eso, reivindica el valor de la historia insurgente como una corriente de estudio para rescatar los relatos ignorados, como por ejemplo en este caso, el de las mujeres o los soldados llanos que participaron en la gesta.

De cualquier modo, volver a Carabobo desde Venezuela Heroica, ya sea con curiosidad histórica o en búsqueda de un relato vitalizador, es revisitar una epopeya memorable que habla de la construcción de la patria desde una ética y una estética militante que es hoy más que nunca oportuna. El crédito es para el Homero de esta Ilíada.

“Vengo a decirle adiós”

Así narra Eduardo Blanco la muerte del Negro Primero:

De pronto, en medio a la inquietante expectativa que sufren los dos bandos, la llama voladora se detiene; y Páez, lleno de asombro, ve salir de la nube de polvo que guarda los efectos de aquel violento choque, un jinete bañado en sangre, en quien al punto reconoce al negro más pujante de los llaneros de su guardia: aquel a quien todo el ejército distingue con el honroso apodo de “el primero”.

Camejo yace moribundo en este fragmento de la Batalla de Carabobo de Martín Tovar y Tovar

El caballo que monta aquel intrépido soldado, galopa sin concierto hacia el lugar donde se encuentra Páez: pierde en breve la carrera, toma el trote, y después paso a paso, las riendas flotantes sobre el vencido cuello, la cabeza abatida y la abierta nariz rozando el suelo que se enrojece á su contacto, avanza sacudiendo su pesado jinete, quien parece automática mente sostenerse en la silla. Sin ocultar el asombro que le causa aquella inexplicable cobardía, Páez le sale al encuentro, y apostrofando con dureza a aquel su antiguo émulo en bravura en cien reñidas lides, le grita amenazándole con un gesto:

—¿Tienes miedo?…. ¿no quedan ya enemigos?… ¡vuelve y hazte matar!….

Al oír aquella voz que resuena irritada, caballo y jinete se detienen: el primero, que ya no puede dar un paso más, dobla las piernas como para abatirse: el segundo, abre los ojos que resplandecen como ascuas y se yergue en la silla; luego arroja por tierra la ponderosa lanza, rompe con ambas manos el sangriento dorman, y poniendo al descubierto su desnudo pecho, donde sangran copiosamente dos profundas heridas, exclama balbuciente:

—Mi general…. vengo á decirle adiós…. por que estoy muerto.

Y caballo y jinete ruedan sin vida sobre el revuelto polvo, al tiempo que la nube se rasga y deja ver nuestros llaneros vencedores, lanceando por la espalda a los escuadrones españoles que huyen despavoridos. Páez dirige una mirada llena de amargura al fiel amigo, inseparable compañero en todos sus pasados peligros; y a la cabeza de algunos cuerpos de jinetes, que vencido el atajo han llegado hasta él, corre a vengar la muerte de aquel bravo soldado, cargando con indecible furia al enemigo.

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