El proceso urbanístico caraqueño | Luis Britto García

Quizá lo más genuino en Caracas haya sido la arquitectura improvisada de los cerros./Petare -Caracas/ UNICEF

La ciudad comunicante. La ciudad es algo irremediable. Sólo pueden pensar en destruirla quienes no la edificaron. Hogar ajeno, la mayoría de cuyas puertas nos están unánimemente cerradas, adivinar lo que tras ellas sucede o sucedió nos alivia o conforta. Somos la comunidad que se desconoce, no porque valoremos la privacidad, sino porque la multitud es indescifrable. La ciudad es el sitio paradójico donde el exceso de compañía se traduce en soledad. Necesitamos vivir aglomerados porque la precariedad de nuestros medios de comunicación así lo requiere. En un hipotético futuro en el cual la mayoría de los trabajos consistan en procesamiento de información y se ejecuten a distancia, surgirán quizá nuevas ciudades virtuales, dispersas en el espacio y concentradas en la información. Mientras tanto, las ciudades concretas crecen, multiplicando distancias a fuerza de proximidad. Es la rica narrativa que nos ofrece el libro El proceso urbanístico caraqueño 1300-2020 dc, de Iraida Vargas Arenas y Mario Sanoja Obediente, habitantes y testigos de su objeto de estudio.

La ciudad pirámide

A tal sociedad, tal ciudad. Nuestra mente habita las estructuras del idioma y nuestro cuerpo la gramática de la villa. A cada clase social corresponde un sitio, un medio de transporte, una edificación. El hábitat codifica al habitante. Con su estratificación urbanística y su relativa perdurabilidad, la ciudad nos predica un orden que se quiere perpetuo y que sin embargo va cambiando nuestra vida y con nuestra vida. A la comunidad originaria igualitaria corresponde la gran construcción que alberga a todos o el puñado de bohíos que no reflejan diferencias de rango. A la sociedad dividida en castas y clases sociales corresponde la villa escindida. El centro, con su plaza mayor y su catedral, para mantuanos y privilegiados. La periferia, con parroquias progresivamente desposeídas, para blancos de orilla, esclavos, pardos: posteriormente para marginalidades que se apiñarán sin seguridad ni servicios públicos, sin todo lo que hace deseable la ciudad. A la larga, esta topografía del privilegio se invierte. Los privilegiados migrarán hacia la periferia de las urbanizaciones, El Paraíso, El Country Club, Prados del Este, El Cafetal, La Lagunita, cotos de quintas rodeadas de jardines, con vías arboladas. El centro quedará para oficinas, comercios y pensiones; finalmente, para la piqueta demoledora que arrasará la memoria arquitectónica y abrirá paso a los rascacielos del comercio y la burocracia. Para las marginalidades, las nuevas orillas: faldas de montaña, colinas, quebradas, zonas industriales, barrios in articulo mortis. A cada topografía, una estratificación y una cultura.

La ciudad simulacro

Desde la invasión europea, nuestras ciudades juegan al simulacro, a la fallida mímesis de los centros hegemónicos. Vivir en una copia es equipararse al dominador. Remedar al dominante es equiparársele. Dentro de la cuadrícula racional de manzanas y solares se instalaron los calcos de la mansión mediterránea, con sus cuartos agrupados alrededor de los patios internos, las réplicas fallidas de la catedral, del convento, de la fortaleza. Aplicando maquillajes que prestigiaba la moda hegemónica intentamos decorar la capital con un postizo barroco, un anémico neoclasicismo, un afectado romanticismo de bulevares y templos neogóticos, un cursi historicismo ibérico, una modernidad adulterada por el kitsch de Miami, finalmente, con prefabricados chinos o iraníes para la vivienda popular. Quizá lo más genuino haya sido la arquitectura improvisada de los cerros, hija putativa de la precariedad, así como el alarido de los grafitos, privilegiado manifiesto de lo efímero.

La ciudad mudable

Al igual que nuestra existencia, es la ciudad sucesión de apremios que sólo de manera intermitente intentamos someter a un plan. Nuestras localidades primigenias fueron reflejo directo de sus comunidades originarias: igualitarias, solidarias. La invasión europea intentó someterlas a la cuadrícula prescrita en las Leyes de Indias. Casi tres centurias pasaron antes de que intentaran organizarlas en algún esquema la decoración guzmancista, el utopismo fluvial de Ramiro Navas o el urbanismo de Maurice Rotival. Apenas a mediados del pasado siglo se intentó someterlas a un plan regulador que distingue según las funciones: zona comercial, industrial, residencial, de bajo, medio o alto nivel económico. Habló José Ignacio Cabrujas de un país campamento, de una sociedad donde nada estaba fundado de manera plena ni permanente. Tal situación, si la hubo, fue transitoria. La mayoría de las ciudades de los invasores españoles fue fundada sobre asentamientos indígenas inmemoriales. En un siglo a partir de la invasión ya estaban creadas formalmente casi todas las urbes que concentran nuestra demografía, y al cabo de medio milenio siguen siendo nuestros puntos de referencia, con algún excepcional pueblo abandonado por obra del paludismo o aldea erigida a toda prisa alrededor de una novedosa explotación minera.

La ciudad cosmopolita

En Caracas se distribuye el ingreso público: la ilusión de que la cercanía garantiza la participación en él actuó como poderoso imán desde que el petróleo rellenó las arcas. Caracas se convirtió en Meca de todos los peregrinajes. Primero del éxodo campesino, luego del de los europeos que huían de la Guerra o la Postguerra Mundial, posteriormente de los fugitivos de las dictaduras del Cono Sur; siempre, en el alivio de los desplazados de las hermanas repúblicas. De todo el Caribe y de los países cercanos llega la cosecha de visitantes. Cada grupo se va colocando en algún nicho favorito. Deambular por el centro de Caracas en los años cincuenta era escuchar una polifonía de acentos y de idiomas. Todavía las barriadas proclaman su procedencia con la música que retumba en sus altoparlantes. Los caraqueños viejos somos quienes más alejados nos sentimos de tantas transmutaciones. Caracas es la ciudad de los que han venido de otra parte. De la mano de Iraida Vargas Arenas y Mario Sanoja Obediente, propios y extraños la visitamos con la emoción de quien redescubre su propio ser, su lugar en el mundo.

 

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