Joe Biden y el conde de Romanones | Vladimir Acosta

La política actual, sobre todo la llamada gran política, la de los grandes o que se creen grandes, esto es, la del decadente Imperio estadounidense y de la aún más decadente Europa que le sirve, emite a distancia un asfixiante olor a cloaca, a corrupción, a acuerdos malolientes que se exhiben sin vergüenza como si fueran logros éticos.

Es que esos grandes o supuestos grandes, que son Estados delincuentes bien armados, no pueden ya disfrazar de política, ni les interesa hacerlo, lo que son solo imposiciones brutales para sacar del camino a países o gobiernos que les estorban, para robarles sus riquezas, para matar de hambre a sus pueblos mediante guerras, bloqueos o sanciones criminales. Lo hacen los poderosos mientras los cómplices miran hacia otro lado para lograr que al menos les toque algo, así sean solo unos dólares, una caricia, o los huesos sobrantes del banquete. Y peor aún, como hace también en casos extremos el propio Imperio, cuando frente a crímenes inocultables de aliados esenciales, de cuya complicidad depende para mantener su debilitada hegemonía, no puede, con todo y ser Imperio, hacer más que disfrazarlos, callarlos o taparlos.

Son muchos los vergonzosos ejemplos de la criminalidad abierta del Imperio, de su terrorismo brutal que se exhibe sin límites ni disfraces, del servilismo indigno de sus cómplices europeos o latinoamericanos, que lo aceptan, celebran, o callan sin la menor vergüenza, y el descarado cinismo de la gran prensa internacional, de esos medios mentirosos que encubren sus feos crímenes y embellecen sus purulentos actos. La verdad es que, por medio de esa prensa, de esos grandes medios difusores diarios de la mentira y la desinformación, esos actos nos explotan en la cara. Pero por eso mismo, porque son muchos y nos caen encima día tras día, también se los olvida pronto, porque apenas acabamos de enteramos de uno o de varios de ellos, otros, similares o peores, vienen al día siguiente a reemplazarlos. Y como la humanidad actual es corta de memoria, ya que vive entrampada en medios y redes superficiales y volátiles, que todo lo mezclan para que de todo quede poco, resulta prudente centrarse en un escándalo reciente, en uno bien grande y maloliente, antes de que los mismos medios del sistema lo arrojen al olvido.

Me refiero al informe de la CIA sobre el asesinato de Jamal Khashoggi, que Biden tiene en sus manos sin saber cómo ocultarlo y hacerlo desaparecer. Porque el problema no es Khashoggi sino su asesino, el príncipe saudita Ben Salmán que como heredero del trono gobierna el país en nombre del viejo rey su padre. Los detalles del monstruoso asesinato de Khashoggi los conocemos bien todos y sabemos que Ben Salmán ordenó el crimen, ejecutado por la banda de asesinos que lo protege y solo recibe órdenes suyas. Ben Salmán es un psicópata, un asesino serial responsable del genocidio que su país lleva a cabo desde hace años en Yemen, que ha masacrado a príncipes rivales que podían disputarle el acceso al trono, y que utiliza esa banda criminal que lo protege para asesinar sauditas críticos o disidentes como Khashoggi.

Eso lo evidenció hace dos años un informe de la CIA. Trump, que era entonces presidente, lo despreció para defender a Ben Salmán. Pero Biden defendió el informe y aseguró que de ser presidente tomaría medidas sobre el asesinato. Ahora que es presidente, la CIA le ha entregado un informe renovado, que no dice nada nuevo, pero ratifica la responsabilidad de Ben Salmán. Y Biden tiene un problema. No puede hacer como Trump, pero tampoco condenar a Ben Salmán, poniendo en peligro la alianza o pacto secreto de su país con Arabia Saudí. Imposible. Esa alianza ha sido una de las bases del poder mundial de Estados Unidos y clave, junto al apoyo a Israel, para controlar el Medio Oriente y enfrentar a Irán. Biden intenta hacerse el loco mientras todo se olvida, porque no puede condenar a amigo tan importante. No, a los amigos todo se les perdona. Y eso es lo que me ha hecho recordar otra vez al viejo conde de Romanones que, de estar vivo, sin duda le habría recomendado a Biden hacer eso.

No voy a relatar la biografía del conde de Romanones (1863-1950). Pese al importante papel que tuvo en la política española por más de medio siglo y no obstante la cantidad de volteretas políticas que dio en esos tiempos, que van desde el reinado de Alfonso XIII hasta casi dos décadas de dictadura franquista, es hoy personaje poco recordado. De interesarles, pueden leerla fácilmente en internet. Allí encontrarán los detalles de su vida y de su larga actividad como político de alto nivel: diputado, alcalde, jefe de partido, presidente del Congreso, ministro de las más diversas carteras e incluso jefe de gobierno. Romanones fue un notable político, de experiencia intensa, diversa y prolongada, y conoció todas las maniobras, complicidades y trampas de la política, ejecutadas por él con naturalidad desde las posiciones más democráticas hasta las más autoritarias.

Romanones fue protagonista o personaje importante de todas ellas, pasando de liberal progresista a conservador activo y oportunista que, ya viejo y después de dudarlo un tiempo, terminó sirviendo a Franco. Eso sí, lo que no encontrarán en esa biografía es la frase suya que voy a citarles y que es la razón de que me haya decidido a escribir este artículo. Resumiendo su larga experiencia, Romanones, en un momento de sinceridad, dejó una inmejorable definición de la política. En política, nos dice:

“a los amigos, el culo; a los enemigos, por el culo; y a los que no son amigos ni enemigos, la estricta aplicación de las leyes y reglamentos vigentes”.

La definición es tan cínica como válida, porque trata de la política real y no de la que definen los Tratados de Ciencia Política, que más parecen tratados de moral sobre el deber ser kantiano que de lo que es realmente la política, la que se practica a diario, sobre todo al imponerse el pragmatismo y perderse toda dimensión ética. Pero pese a su cinismo, la definición de Romanones tiene un límite moral: entre ambos extremos, entre amigos y enemigos hay un término medio, el de los que no son ni una cosa ni otra. Y por eso para ellos no hay amistad ni enemistad sino justicia.

Eso es producto de que, en tiempos de Romanones, como en pasadas décadas, en la política, incluso en la política real, había componentes morales. Justamente lo que se ha perdido en estos nuevos tiempos que han convertido en franca delincuencia la política que pauta el Imperio yankee y que con él practican los países de que hablo al inicio de este artículo. En eso habría que corregir a Romanones, pues el término medio ha desaparecido y solo quedan los dos extremos. Ya Bush II dijo en 2001 que los que no estaban con Estados Unidos estaban en su contra, siendo terroristas que había que tratar como tales. De modo que, como pasa en la gran política actual, mas no solo en ella, lo único que cuenta es que se trata de una la lucha cerrada por el poder en la que solo hay amigos y enemigos.

Así, para Estados Unidos y sus cómplices no hay ningún grupo de países y gobiernos a los que se les deba justicia pues solo hay amigos y enemigos y en esos casos, sin saberlo, como muestran a cada paso, ellos siguen al conde de Romanones. Biden es un claro ejemplo. No hay forma de engañarse ni de hacerse ilusiones. Con el Imperio y su combo de cómplices europeos ricos, que incluye al estado sionista de Israel, sólo hay amigos y enemigos, definidos por ellos. Así, cada grupo sabe lo que le toca, el culo, o por el culo, y no tienen otra posibilidad que no sea la de prepararse para ello y actuar en consecuencia.

 

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