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Pesebres | Vladimir Acosta

La historia del pesebre comienza con el mito de la Natividad

De los Evangelios que aparecen en los primeros siglos cristianos la Iglesia elige cuatro a los que declara canónicos, inspirados por el Espíritu Santo, atribuyéndolos a apóstoles como Mateo, Marcos, Lucas y Juan, y declara apócrifos los otros. En griego apócrifo significa secreto, pero la Iglesia lo convierte en sinónimo de falso por considerar a esos otros Evangelios demasiado fantasiosos y llenos de herejías gnósticas o maniqueas. De los cuatro Evangelios canónicos, que fabrican con falsas profecías la vida de Jesús, solo dos, los atribuidos a Mateo y a Lucas, relatan su nacimiento. Y aunque inspirados por el Espíritu Santo, lo narran de formas diferentes y hasta contradictorias. Y solo uno de ellos habla de pesebre, mientras el otro lo ignora.

En Mateo no hay anunciación de María. Es José el que en un sueño se entera por un ángel que no se identifica, de que María su esposa, a la que aún no ha poseído, ya está preñada. Pero el ángel lo calma diciéndole que no es de un hombre sino del propio Dios y José se traga eso sin chistar. Jesús, el hijo que dará a luz María, y que nacerá pronto, será el Mesías, para lo que debe ser de la tribu de David y nacer en Belén, ciudad de este. Lo de Belén no es problema porque en Belén viven ellos y José es además de esa tribu. Solo que no es el padre del niño. Pero Mateo y el Espíritu Santo se saltan ese detalle. Y Mateo complica más lo que sigue. Habla de unos magos que vienen de Oriente buscando a un niño nacido en Belén que es el futuro rey de los judíos. Ese niño es Jesús. Y de esa fábula presentada como historia, se derivan la adoración de los magos, sus regalos, la furia de Herodes, la matanza de los inocentes, la huida de José a Egipto con María y el niño, el regreso ulterior de los tres y su instalación al norte de Palestina, en Galilea, en Nazaret. Pero no hay pesebre, ya que José, María y el niño vivían en Belén, y por supuesto, no en un pesebre sino en una casa.

Y es Lucas, que hace del nacimiento de Jesús otro relato fantasioso, el que habla de pesebre. Gabriel, un ángel, le anuncia a María, virgen, recién casada con José, de la tribu de David, pero aún no poseída por su marido, que el espíritu de Dios la poseerá a distancia y ella tendrá de Dios un hijo que va a ser el Mesías. Aquí también el pobre José acepta el par de celestiales cuernos.  Pero el niño debe nacer en Belén y él y María viven en Nazaret, en el otro extremo de Palestina. Es pleno invierno, el niño está cerca de nacer, y entonces Lucas inventa un disparatado censo impuesto por el emperador Augusto que obliga a todos los súbditos del Imperio a empadronarse cada uno en su ciudad. Así, José sale de inmediato, con María a punto de parir, a atravesar Palestina para censarse en Belén, que es su ciudad. Llegan, pero no hallan alojamiento; y siendo urgente el parto de María, se refugian en un pesebre en el que ella da a luz al niño, lo envuelve en pañales y lo acuesta. En esas afueras de Belén unos pastores cuidan sus rebaños. Un ángel los rodea, los envuelve en su luz, y les anuncia que ha nacido el Salvador, mientras se oye una música del cielo y los pastores acuden al pesebre a venerar al niño. Este relato, el del pesebre, poético y sugestivo, sin degollinas, ayudado luego por evangelios apócrifos que ubican el pesebre en una cueva añadiéndole la mula y el buey, se impone sobre el de Mateo. Pero, de todos modos, la pobreza, invasiones y crisis de los siglos alto medievales hacen que del tema apenas se hable y hasta que permanezca prácticamente olvidado.

San Francisco lo resucita y el pesebre se difunde

Es san Francisco de Asís quien resucita el pesebre en 1223; y en la nueva Edad media de esos siglos, el pesebre se difunde y enriquece con nuevos personajes. Destaco dos cosas. El pesebre se expande sobre todo por Europa del sur: Italia, Francia, España y Portugal, la que permanece papista cuando en el siglo XVI el cristianismo se divide entre católicos y protestantes. El pesebre genera inventiva popular y artesanía creativa, como en Nápoles y Cataluña. Y pronto se le añaden los Reyes Magos, que nada tenían que ver con él. Y con ellos también la estrella de Belén, otra coleada. Bello ejemplo de esa mezcla es el fresco de Giotto, (1305, Padua, capilla de los Scrovegni) en que se ve a los magos en la choza del recién nacido Jesús y sobre la cabaña a la estrella de Belén, que en este caso es el cometa luego llamado de Halley.

Ese pesebre, símbolo de la Natividad, llega a nuestra América con la colonia. Y luego de ella se convierte en una arraigada y popular tradición cristiana. En Navidad en cada casa había un pesebre artesanal, con la sola diferencia que los de los ricos tenían figuras más caras que los de los pobres. Así en el siglo XIX y gran parte del XX. Pero Estados Unidos (EU), que ya nos dominaba, no podía dejar de involucrarse para imponerle a nuestros países también en esto su dominio cultural.

EU: Santa Claus, falsa nieve, pino y bolas de vidrio

A los países germánicos del norte de Europa no les llegó el pesebre. Su clima es muy frío, sobre todo en diciembre y enero. En ellos la imposición del cristianismo fue más lenta. El culto a Yggdrasil, árbol de la vida, cristianizado, se mantuvo con el pino. Les llegó la veneración de san Nicolás y pronto la deformaron; y en Alemania, Holanda y Gran Bretaña se le dieron diversos aspectos físicos y nombres. En esta se caricaturizó en el siglo XVI como Father Christmas, Papá Noel. En otros países nórdicos quedó como un marino gordo. También aparecen el trineo, la nieve y los renos, y los niños empiezan a colgar medias de las chimeneas para esperar en Navidad los regalos que les dejaba Santa Claus y que en el mundo católico les traían en enero los Reyes Magos. La caricatura completa se logra en EU desde el siglo XIX, y en el siglo XX Father Christmas se convierte en ese gordo vestido de Coca-Cola que se llama Santa Claus.

En cosa de décadas, desde fines del siglo XX, EU, dominador de América Latina, lleva a los católicos de esta a descartar el pesebre (que luego de Navidad se guardaba para el año siguiente) , remplazándolo por un costoso pino, importado de EU o Canadá y que hay que cambiar por otro cada año porque se seca; unas bolas de colores también importadas, que se le cuelgan y se rompen y hay que comprar otras; a comprar falsas chimeneas para colgar las medias; a llenar las casas con una nieve postiza que es algodón desechable; y, como se ve en el Cono Sur, cuyo diciembre no es invierno helado sino verano pleno, a disfrazar a un pobre hombre de Santa Claus y hacerle sudar la gota gorda mientras finge estar aterido de frío. En fin, otra grotesca caricatura que nos impone el dominio colonial yankee.

Los pesebres no desaparecen. Ricos y clase media aceptan los pinos, las bolas y al gordo cocacolero, y tradicionales y pobres siguen con sus pesebres. Aunque varios Estados en sus organismos públicos combinan ambas cosas. Porque no era lucha de clases, solo asunto de gustos. Y, por lo que se ve, parece haber hoy un despertar de los pesebres. Viene pasando con la Iglesia católica. Y el Vaticano en estos últimos años organiza en Navidad grandes concursos de pesebres. Creo que resultan patéticos. Se ven enormes puentes y edificios de metal, astronautas gigantescos que parecen marcianos invasores del cine de los años 50, autos eléctricos y figuras monstruosas. Si la Iglesia busca así crearse una cara nueva de apoyo a la modernidad y a las actuales tecnologías, se equivoca. El camino es otro. Dejar de ser tan reaccionaria y autoritaria, abrirse, abandonar dogmas e imposiciones, escuchar a sus fieles, que la abandonan por indiferente a sus problemas y por su apoyo al dinero y a la pederastia sacerdotal. Pero eso sería mucho pedir.