Las tejedoras de San Jaime

Es un pueblo como tantos otros del país donde las mujeres ocupan un lugar predominante y ellas son factor determinante en esa ayuda económica que se requiere.

Pudieran serlo más si tuvieran un lugar donde vender sus creaciones, porque las tejedoras de San Jaime son mujeres creativas que con sus manos transforman el moriche y hacen sombreros, carteras, joyeros, tapices para los muebles y chinchorros.

Las tejedoras de San Jaime han reunido los saberes populares tradicionales y juegan un papel fundamental en la configuración de la identidad de las monaguenses.

Funcionan como un elemento de cohesión social capaz de promover la cooperación dentro y entre las comunidades, así como en las estructuras familiares donde las féminas ejercen una tarea creativa que se complementa con la labor masculina.

Las mujeres de San Jaime, con sus rostros redondos revelan al verlas sus ancestros, ellas provienen de la etnia Kariñas.

Una de las cuatro de Monagas, Yerisa Desiree Urbaneja; su madre, Carmen, y su abuela Carmen también, dan vida a tres generaciones de mujeres dedicadas a tejer el moriche, labor a la cual se une, su padre, Manolo Urbaneja, responsable de bajar la palma y quien se adentra en los terrenos pantanosos de los morichales para cortar la fibra de la cual se saca la materia prima, la hoja, para elaborar el producto.

Dos décadas. Uno de los grupos que hacen vida en San Jaime es el de “Manos Creadoras”, que tiene 20 años integrando a otras mujeres de la misma comunidad. Al igual que las Urbaneja, trabajan juntas lsa Guatarasma, madres e hijas.

Haydee y Dorys Guatarasma, para ellas lo importante es tener un lugar donde pueden comercializar sus productos.Algunas veces los muestran en las tiendas del Instituto de la Cultura o son invitadas a las ferias, que organiza la Corporación de Turismo del estado, y que sirven para mostrar la habilidad en cada una de las piezas, cargadas de originalidad y belleza, pero no son definitivos a la hora de reunir el sustento para la casa.

La fibra. Lo más complicado es bajar la pieza completa del moriche, que ahora venden en Bs 5.000. La fibra se pone a secar varios días y se inicia el trenzado. La elaboración de un sombrero o un cofre para la peinadora puede durar tres días, y un chinchorro. mucho más complejo, hasta una semana.

Las piezas son de un color marfil inconfundible. Son eternas y realmente son únicas.

Además de…

En las casas de estas mujeres hay movimiento todo el día. Además de este arte milenario, hacen otras actividades artesanales. Una de ellas se esmera en la elaboración de muñecas de trapo, como es el caso de Gisela Díaz. Otra, Ingrid Díaz, trabaja la arcilla, aunque requiere de un horno para trabajar sus piezas, manifiesta que lo ha pedido a diversos organismos.

 

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