Los límites del humor: chistes, responsabilidad y el peso de la ley

“Realmente, solo deberías disculparte por un mal chiste”. Esta frase le pertenece al mundialmente famoso actor británico Rowan Atkinson, quien le dio vida al popular personaje de humor “Mr. Bean”. Forma parte de una carta que en 2018 envió al periódico londinense The Times fijando posición sobre un escándalo que envolvía a Boris Johnson porque este había escrito un artículo en el que dijo que las personas que usaban burka parecían “buzones de correo”. Al comediante le pareció bueno el chiste y opinó que no hacía falta una disculpa. Vale decir que Johnson, político conservador y actual primer Ministro del Reino Unido, en ese artículo rechazaba la propuesta de prohibición de los velos musulmanes, aunque aclaraba su desacuerdo con esa tradición a través del mencionado comentario.

No era la primera vez que Atkinson intervenía en un debate de este estilo. En 2012, encabezó una campaña de artistas para la reforma de la Ley de Orden Público, que prohibía el uso de “palabras, comportamientos y signos amenazantes, abusivos o insultantes”. En ese momento, el creador de “Mr. Bean” declaraba que “el problema de proscribir los insultos es que cualquier cosa se puede interpretar de ese modo: la crítica, la caricatura, el sarcasmo; incluso mantener una opinión distinta a la ortodoxa se puede considerar un insulto”. Era un asunto de libertad de expresión. Esa parte de la ley había servido de justificación para meter preso a un joven que por insultar a unos perros en la calle o a una pareja por discutir sobre religión con otra persona.

Sin embargo, la libertad, así como es un derecho, tiene sus límites. Y entre los límites más claros está el límite legal. Hay una frontera entre la libertad creativa y de expresión y la responsabilidad social. En el caso de la comunicación, el humor y el arte, esa libertad puede llevarte a cometer delito, creyendo que eres portador de una especie de “licencia literaria o artística”. ¿Tiene razón Atkinson y, cuando el chiste, como figura retórica o literaria, está bien logrado, se salva de la responsabilidad y las consecuencias jurídicas?

Este relato nos sirve de introducción para analizar con perspectiva crítica los episodios recientes de escándalos que involucran a humoristas venezolanos que se han “pasado de la raya” y, con sus “chistes malos”, han generado olas de repudio, sobre todo en redes sociales, e incluso acciones legales en su contra.

Tremendo pelón

El primer caso es el de los locutores Jean Mary Curro y Álex Goncalves, quienes en un episodio de su podcast “Nos Reiremos De Esto”, emitido el 2 de marzo, afirmaron que era “una estafa” la campaña para recoger dinero para el tratamiento del animador de televisión Dave Capella y sus padres, quienes estaban hospitalizados con covid-19.

En solo un minuto, y entre un tema y otro, ambos denostaron de la integridad de Capella y lo sentenciaron como estafador. “Todo en mí dice que es una estafa… ¡todo en mí!”, expresó Jean Mary. Por su parte, Goncalves dijo que esperaba que no fuera una estafa, “pero… es que conocemos demasiados cuentos del personaje y no puedo creer que llegue hasta este nivel”.

Fue Jean Mary quien le puso más intensidad en tono de voz y gestualidad a sus comentarios. Además, la ironía jugó contra su evidente exceso, pues, para adornar su “gracia” espetó: “No es mi profesión decir el futuro. ¡No la es! Me puedo pelar sin problemas. Jodido es cuando es tu profesión e igual te pelas”.

Y se peló. Dave Capella murió el 28 de marzo. Su padre había muerto seis días atrás. El periodista Luis Olavarrieta informó por Twitter el deceso ese domingo y destacó el hecho de que no se había podido completar la colecta del dinero para el tratamiento: “Hoy Dave Capella murió a causa de complicaciones por COVID-19. Hace unas semanas, se solicitó ayuda para costear sus gastos médicos. Cuentas anónimas lo tildaron de estafador, tanto ruido hizo ese rumor que su GoFundMe se detuvo. Mucho daño y todavía no queremos aprender”.

Las redes estallaron y todas las miradas se dirigieron a la pareja de comunicadores, señalándolos de haber incidido en el hecho de que las donaciones se frenaran antes de llegar a la cuarta parte de la meta. Esa misma noche, el fiscal general, Tarek W. Saab, informó también por Twitter la apertura de una investigación y, dos días después, fue librada una orden de aprehensión contra cada uno, por usar “delictivamente las redes sociales para incitar al odio en contra de David Capella”.

La incitación al odio está estipulada en el artículo 20 de la Ley Constitucional contra el Odio, por la Convivencia Pacífica y la Tolerancia, aprobada en 2017. El texto dice lo siguiente:

“Artículo 20. Quien públicamente o mediante cualquier medio apto para su difusión pública fomente, promueva o incite al odio, la discriminación o la violencia contra una persona o conjunto de personas, en razón de su pertenencia real o presunta a determinado grupo social, étnico, religioso, político, de orientación sexual, de identidad de género, de expresión de género o cualquier otro motivo discriminatorio será sancionado con prisión de diez a veinte años, sin perjuicio de la responsabilidad civil y disciplinaria por los daños causados”.

Desde el punto de vista del texto legal, no está claro si el delito de instigación al odio se aplica en este caso, ya que se entiende que el concepto se refiere a casos de discriminación “en razón de su pertenencia real o presunta a determinado grupo social, étnico, religioso, político, de orientación sexual, de identidad de género, de expresión de género o cualquier otro motivo discriminatorio”. Aquí se señalaba a Capella de “estafador”, mas no había discriminación por su pertenencia a algún grupo.

Sin embargo, lo que sí se podría aplicar en este caso son los delitos de difamación e injuria, establecidos en el Código Penal venezolano en sus artículos 442 y 444, según la reforma parcial sancionada en el año 2005 (Disponible en: http://www.oas.org/juridico/spanish/mesicic3_ven_anexo7.pdf). Revisemos los textos correspondientes:

“Artículo 442.- Quien, comunicándose con varias personas, reunidas o separadas, hubiere imputado a algún individuo un hecho determinado capaz de exponerlo al desprecio o al odio público, u ofensivo a su honor o reputación, será castigado con prisión de un año a tres años y multa de cien unidades tributarias (100 U.T.) a un mil unidades tributarias (1.000 U.T.).

Si el delito se cometiere en documento público o con escritos, dibujos divulgados o expuestos al público, o con otros medios de publicidad, la pena será de dos años a cuatro años de prisión y multa de doscientas unidades tributarias (200 U.T.) a dos mil unidades tributarias (2.000 U.T.).

 (…)

Artículo 446.- Todo individuo que, en comunicación con varias personas, juntas o separadas, hubiere ofendido de alguna manera el honor, la reputación o el decoro de alguna persona, será castigado con prisión de seis meses a un año y multa de cincuenta unidades tributarias (50 U.T.) a cien unidades tributarias (100 U.T.). Si el hecho se ha cometido en presencia del ofendido, aunque esté sólo, o por medio de algún escrito que se le hubiere dirigido o en lugar público, la pena podrá elevarse en una tercera parte de la pena a imponer, incluyendo en ese aumento lo referente a la multa que deba aplicarse, y si con la presencia del ofendido concurre la publicidad, la pena podrá elevarse hasta la mitad.

Si el hecho se ha cometido haciendo uso de los medios indicados en el primer aparte del Artículo 442, la pena de prisión será por tiempo de un año a dos años de prisión y multa de doscientas unidades tributarias (200 U.T.) a quinientas unidades tributarias (500 U.T.)”.

Está claro que contra Dave Capella se cometió difamación e injuria.  Pero el mismo Código Penal establece en el artículo 451 que la acción judicial deberá responder solo a la acusación de la parte agraviada:

“Artículo 451.- Los delitos previstos en el presente Capítulo no podrán ser enjuiciados sino por acusación de la parte agraviada o de sus representantes legales.

Si esta muere antes de hacer uso de su acción, o si los delitos se han cometido contra la memoria de una persona muerta, la acusación o querella puede promoverse por el cónyuge, los ascendientes, los descendientes, los hermanos o hermanas, sobrinos, los afines en línea recta y por los herederos inmediatos”. (Disponible en: https://www.oas.org/juridico/spanish/mesicic3_ven_anexo6.pdf)

Ambos comunicadores pidieron disculpas por Instagram y días después grabaron un programa especial donde explicaban que estaban arrepentidos de “sus comentarios pendejos” y que ese espacio “nació de la honestidad”, que no hay ningún tipo de guion, sino que “nos juntamos acá, con una libertad que hemos aprovechado muchísimo, y a veces esa libertad nos pone a correr y, en medio de la corrida, tropezamos a una gente sin voltear atrás”.

Luego de esto, continuaron realizando su programa de humor, sin ningún inconveniente. Ni siquiera nombraron la orden de captura en su contra, despreocupados quizás porque ambos viven en la ciudad de Miami.

Homenaje a la estupidez

El segundo es el caso de José Rafael Briceño, “el Profesor Briceño”, locutor, comediante y exprofesor universitario. A Briceño también el Ministerio Público le abrió una investigación basada en los delitos de “ofensa pública por razones de género” e “instigación pública”, por los comentarios emitidos en su podcast “Que se vayan todos”, que realizaba junto al también comediante Rey Vecchionacce y Willy McKey, escritor y articulista del portal Prodavinci. En un episodio de este programa, que ellos describen como “un homenaje nocturno a la estupidez humana”, decidieron hablar sobre: “Infidelidad y venganza creativa”.

Los participantes fueron comentando sobre historias que encontraban en internet relativas a casos en que personas se vengaban de manera extravagante de sus parejas infieles. En un momento, Briceño señaló: “fíjate que no hemos visto ninguno con drogar”. Y comenzó a explicar una idea en la que alguien descubre que su esposa le ha estado montando cachos por 23 años, como era el caso de una de las historias comentadas, y la venganza propuesta sería drogar a la mujer y levarla al motel donde suele encontrarse con su amante y luego llamarla por teléfono peguntando “Gorda, ¿dónde estás tú?, estamos aquí esperándote, las niñas van a empezar el ballet…”. Se supone que el efecto, y el chiste, por lo tanto, estaría en que la mujer no sabría qué sucede y llegaría “con aquella cara y aquella pena”. “Y eso se lo hago durante 20 años”, remató.

A Rey Vecchionacce se le ocurrió complementar la idea con una alternativa en la que se droga a mujer con éxtasis y se le dice “vamos a echar el polvo de despedida”. “Que esa mujer tire drogada con éxtasis, va a sentir que es el mejor polvo que se ha echado en su vida, pero ya no nos vemos más”.

Nadie notó, ni se había quejado de ese contenido, hasta que surgió la polémica por la campaña de denuncias de abuso sexual contra varias figuras del mundo artístico y cultural, donde se vio señalado el colaborador del portal Prodavinci, Willy McKey, quien en medio de la ola de indignación viral en la opinión pública confesó y aceptó los delitos por los que se le acusaban. Había violado a una menor de edad años atrás, haciendo uso de técnicas de manipulación psicológica. Al día siguiente se suicidó lanzándose de un noveno piso en la ciudad de Buenos Aires.

Comenzaron a rodar videos de este personaje y resaltó el episodio en cuestión, así como otros en los que los tres “podcasters” se quejan de las mujeres “calientagüebo”.

Las reacciones no se hicieron esperar. El movimiento feminista Muderes calificó tales expresiones como “misoginia en pasta sin cortapisas”. Así mismo, explicaron que “la violencia que respiramos en la sociedad patriarcal también tiene su expresión en las redes; por ejemplo, del video de tres hombres haciendo apología de la violación como forma de disciplinamiento hacia las mujeres”.

La doctora Nancy Bello, psiquiatra, psicoanalista y militante feminista, señaló que se trataba de “apología de la violación”, y explicó, además que se trata de un ejemplo de cómo se comporta la “masculinidad hegemónica”. Veamos el tuit:

El foco se posó en el más famoso de los tres, el “Profesor Briceño”, provocando la cancelación de varios shows que tenía ese fin de semana y una citación a tribunales donde debía acudir para, al parecer, “explicar sus chistes”.

La Ley Orgánica sobre el Derecho de las Mujeres a una Vida Libre de Violencia (Disponible en: https://www.derechos.org.ve/pw/wp-content/uploads/11.-Ley-Org%C3%A1nica-sobre-el-Derecho-de-las-Mujeres-a-una-Vida-Libre-de-Violencia.pdf), en su artículo 53, establece el delito de ofensa pública por razones de género. Veamos el texto:

“Artículo 53. El o la profesional de la comunicación o que, sin serlo, ejerza cualquier oficio relacionado con esa disciplina, y en el ejercicio de ese oficio u ocupación, ofenda, injurie, denigre de una mujer por razones de género a través de un medio de comunicación, deberá indemnizar a la mujer víctima de violencia con el pago de una suma no menor a doscientas (200 U.T.) ni mayor de quinientas unidades tributarias (500 U.T.) y hacer públicas sus disculpas por el mismo medio utilizado para hacer la ofensa y con la misma extensión de tiempo y espacio”.

El texto del artículo habla de indemnización y de hacer públicas las disculpas a la víctima, lo que da a entender que el delito se produce necesariamente sobre una persona particular. Esto puede generar dudas sobre su aplicación en este caso, ya que, si bien es indiscutible que en el discurso en cuestión hay “ofensa” y “denigración”, no se entiende que esto sea dirigido a alguien en particular sino de forma general.

No es el mismo caso el del segundo delito señalado, “instigación pública”, que está claramente establecido y penado en el artículo 285 del Código Civil. Veamos el texto:

“Artículo 285. Quien instigare a la desobediencia de las leyes o al odio entre sus habitantes o hiciere apología de hechos que la ley prevé como delitos, de modo que ponga en peligro la tranquilidad pública, será castigado con prisión de tres años a seis años”.

Tanto Briceño como Vecchionacce, hicieron apología del delito de violación, establecida como una de las formas de violencia de género en el artículo 15 de la Ley Orgánica sobre el Derecho de las Mujeres a una vida Libre de Violencia. Además, el artículo 44 del mismo instrumento jurídico señala como situación agravante “cuando se tratare de una víctima con discapacidad física o mental o haya sido privada de la capacidad de discernir por el suministro de fármacos o sustancias psicotrópicas”.

Justificar, alabar o promover públicamente que se droguen y violen mujeres no es un “chiste” y sí es un delito claramente definido y penado por las leyes. Briceño solo ha publicado un tuit sobre todo este asunto. Allí dice que estaba “en familia, evaluando y aprendiendo”.

Vale decir que llama la atención que solo se le haya abierto la investigación a José Rafael Briceño y no también a Rey Vecchionacce, que en el programa en cuestión claramente comete el mismo delito.

Luces rojas

Es interesante advertir el hecho de que, en ambos casos, los propios protagonistas percibieron, en el mismo momento en que hacían lo que hicieron, que algo estaba mal. Álex Goncalves, al sacar el tema de Dave Capella a colación, dijo: “¿Quieres hablar de una posible estafa de un animador que hay en Venezuela, que lo están acusando de algo, o todavía no quieres llegar hasta allá hasta que no se diga realmente?… Porque uno nunca sabe, y entonces van a decir que fuimos nosotros…”. Casi premonitorio, como también fue el caso de Rey Vecchionacce, quien luego de exponer su idea del “polvo con éxtasis” interrumpió a su compañero para decir: “Creo que acabo de hacer una apología de la violación”. Pero Briceño lo tranquilizó recordando que “obviamente, estamos hablando en plena hipótesis”.

Y, como decía un gran comediante, Cantinflas, “ahí está el detalle” de todo este asunto. La creación artística puede generar emociones mediante la interpelación de los límites morales y éticos; pero esto solo es posible, precisamente, porque los límites están allí y el juego creativo no se trata de hacerlos desaparecer sino de resaltarlos, evidenciarlos en su dimensión y sus efectos.

El oficio creativo no equivale a una “licencia” para decir o hacer cualquier cosa. La luz roja estaba allí encendida, pero ellos decidieron comérsela.

¿Hasta dónde llega la risa?

Como queda dicho, estos episodios abren la puerta al debate acerca de los límites del humor, e incluso acerca del contenido mismo sobre el que se hace comedia. Si el humor es una forma de literatura o de arte, ¿cuándo se trata del necesario juego de los límites y cuándo ya estamos en presencia de “otra cosa”? ¿Son ilimitadas las licencias literarias? Para apreciar los casos actuales hay que entender que estamos en la época de la “viralidad”.

Todo “creador de contenido” pretende que su creación se difunda lo más posible en internet, que lo vean incluso millones de personas, porque mientras más “vistas” logre, mejor será su retribución monetaria. Es parte de lo que llaman la “economía de la atención”. En internet, las plataformas funcionan por la publicidad incorporada en los contenidos, que se paga por la cantidad de veces que se les ha mostrado a las personas. Ahora también está la modalidad de “patrón”, donde el usuario “recompensa” al creador por su contenido. Pero la mecánica es la misma. Tanto para compartir algo en redes como para pagar por ver un material, es necesario que éste genere emociones en el espectador.

El problema está en cómo logras esos objetivos. ¿Cómo combinas la libertad de expresión y de creación con la voluntad de no agredir a otras personas? Este, ciertamente, no es un límite completamente claro. Todo queda en el difícil campo de las interpretaciones. Para ayudarnos a comprender esto, pedimos los comentarios de un especialista del mundo del arte y la cultura. Consultamos con el sociólogo Enrique Rey, miembro el equipo editorial de la revista cultural Mentekupa.

“Yo creo que el juego de los límites en el humor, y en todo el arte en general, son necesarios porque justamente en ese contrapunteo constante con los límites es donde se pone en juego la creación de nuevas estéticas, de nuevos modos de narrar”, explica. Pero aclara de inmediato que, en el caso de la comedia, la idea de traspasar los límites es un “terreno bastante resbaladizo”, depende mucho de las sensibilidades del contexto. “Todos los límites se colocan y se miden según el contexto; y la forma de traspasarlos o no, de estirarlos un poco más allá, también va a depender de ese contexto”, señaló.

El especialista indicó que dentro del contexto actual hay que resaltar los efectos que la pandemia tiene en lo psicológico y lo social. “Además, estamos en medio del auge de las reivindicaciones identitarias, de género, etc., y todo esto ha venido configurando un nuevo tipo de sensibilidad en el mundo que los comediantes pueden aprender o no a jugar con ella”.

Puede ser que el problema, y la “calidad” del producto creativo, esté en no confundir la transgresión o el juego de los límites con la violación o el traspaso brutal del límite. El filósofo Michel Foucault describía en el ensayo Prefacio a la Transgresión que esta es:

“Tal vez algo así como el relámpago por la noche, que, desde el fondo del tiempo, confiere un ser denso y negro a lo que niega, la ilumina desde el interior y de arriba abajo, le debe sin embargo su viva claridad, su singularidad desgarradora y realzada, se pierde en ese espacio que firma con su soberanía y se calla al fin habiéndole dado un nombre a lo oscuro”.

La delgada línea del límite es lo que marca la transgresión, pero también es su origen y su trayectoria total. Por eso hace falta talento para hacer arte, y uno muy especial para hacer humor. Es realmente difícil lograr de forma feliz el efecto transgresor cuando se trata de estos nuevos formatos de podcast en el que los participantes hablan improvisadamente de cualquier cosa, muchas veces tomándose unos tragos, a modo de “conversación informal”.

En este sentido, el profesor Enrique Rey enfatiza en el hecho de que la transgresión “siempre va a estar allí en el arte, porque es la única forma de que se produzca algún tipo de innovación”. Pero también destaca que el hecho de trabajar en el campo cultural, en el campo artístico no exime a los comediantes, narradores o poetas de asumir las consecuencias sociales de sus obras y sus actos.

“Creo que es lo que está sucediendo ahorita, sobre todo en este tipo de programas que parecieran ser programas ‘en situación’, son podcasts o videos que montan en YouTube, que pareciera que no están muy ‘guionados’, que no tienen alguna especie de estructura, y bueno, el comediante mete la pata y cree que ya por el solo hecho de ser comediante está eximido de las consecuencias”, aseveró.

Todo esto ha puesto en evidencia la necesidad de que se abra y se profundice en la discusión acerca de la libertad de expresión, la creación y la comunicación en nuestro contexto particular. Para Enrique Rey, el asunto es complejo porque, tal como sucedió en el caso del Reino Unido que comentábamos al principio de este texto, el marco jurídico también juega un rol crucial en el debate. “Por un lado, tenemos un conjunto de comediantes que no saben o no tienen la disposición de confrontar y medirse responsablemente con esa nueva sensibilidad que te he comentado, pero también tenemos un estado con unas leyes bastante particulares como la “Ley contra el Odio”, que podría servir para que, por ejemplo, un chiste que moleste a algún político, o a cualquiera con poder, pueda ser criminalizado y penalizado”.

Pero lo importante aquí es que la libertad no debe apartar al individuo de la responsabilidad con el colectivo en el que está inserto. Y en el caso de los comediantes, que son creadores, pero también comunicadores, se trata, como señaló el profesor Rey, “fundamentalmente de la responsabilidad de la relación con su público”, y con toda la colectividad.

 

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