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Lydda reverdece en el corazón de San Jacinto

En la vereda 28 del sector 17 del barrio San Jacinto, en Maracaibo, el año comenzó anegado de colores y poesía. El pasado 3 de enero se inauguró la Sala de Lectura Lydda Franco Farías. La fecha no se eligió al azar; era el cumpleaños 79 de la entrañable poeta falconiana que hizo del Zulia su hogar y terruño. Este nuevo espacio para la cultura en el corazón de Maracaibo sirve la mesa y es excusa ineludible para revalorar el legado de la autora, baluarte de la literatura femenina venezolana, a las puertas de sus ocho décadas.

“Esta casa conoce mis manías / mi hábito de leer a medianoche / mis malas costumbres y peores mañas / esta casa me conoce al caletre / Esta casa es el oráculo”. Este poema recibió a quienes visitaron por primera vez la nueva casa-biblioteca-museo, que busca tener programación permanente y ser espacio para el encuentro de una comunidad en donde Lydda fue residente ilustre y dejó marca perenne.

El evento inaugural buscó repetir las veladas festivas que la escritora ofrecía en su hogar cada año a propósito de su natalicio, donde gente de cualquier origen entraba con o sin invitación a leer versos, cantar una canción, compartir un café o simplemente embriagarse de la bohemia que la autora había arrastrado consigo hasta el populoso sector.

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Lydda, una autora de culto en el panorama de la poesía venezolana contemporánea, ha pervivido gracias a su obra en una suerte de realidad dual que es común al tipo de personaje subversivo que encarna: por un lado, con una legión de seguidores fervorosos consagrados a esparcir su evangelio, pero en paralelo siendo prácticamente desconocida por el gran público debido a un coctel de características (mujer, de izquierda, de provincia, anti académica…) que la ubicaron en eso que podría llamarse “la periferia”, sobre todo en época previa al internet y la redes sociales.

Su obra, en línea con otras grandes autoras mujeres de su tiempo en América Latina, tuvo como tema central la crítica al papel impuesto a la condición femenina, especialmente dentro del hogar y desde la perspectiva del tercer mundo. Su lugar de enunciación era ese, el de la mujer que sin ambages decía “no” a un destino agobiante pero aparentemente imposible de esquivar. A pesar de eso, en vida renegó del feminismo y rechazó identificarse como tal. ¿Contradictorio o consecuente con una personalidad desafiante? Hagamos un vuelo rasante por su universo.

Así era (es) Lydda

Nació en 1943 en la Sierra de Falcón y falleció en 2004 en la capital zuliana. Escribió once poemarios, fue una activa gestora cultural e hizo de la Universidad del Zulia su segunda casa.

Comenzó a publicar en diarios de Coro y Maracaibo siendo apenas una adolescente, a los 14 años de edad (cuando también se involucraba en las luchas clandestinas), su primer libro, Poemas circunstanciales, no fue publicado sino hasta 1965, cuando tenía 23 años.

Con ese poemario ganó el Premio de Poesía del Ateneo de Coro, aunque le valió muchos enemigos por la ácida crítica plasmada en sus versos. En su defensa salió Ludovico Silva, quien escribió sobre el libro en El Nacional: “Mi observación es estrictamente literaria, y solo desde el punto de vista de la literatura, puede afirmarse que hay en bastantes versos de este libro motivaciones políticas. Pero igual las hay filosóficas, o simplemente humanas. Lida Franco se enfrenta a la vida como una poeta, en lo cual procede al revés en sus críticos, quienes se enfrentan a su poesía como políticos. ¿Resultado? una crítica desnaturalizada, por no decir malintencionada. Y, por supuesto, confusión en el público. Porque es lógico que todos aquellos que rechacen determinada tendencia ideológica, se dejen cebar por los críticos que también la rechazan y que se valen de un atroz ventajismo político para destrozar los libros de los poetas, cuyas ideas sean otras. Desgraciadamente para esos críticos, más del 90 por ciento de nuestros poetas tienen ideas otras”.

Otros poemarios que le siguieron fueron Las armas blancas (1969), Summarius (1985), Recordar a los dormidos (1994), Una (1998), Bolero a media luz (1994) y Aracné (2000). Fue esquiva a las grandes editoriales, así que la mayor parte de su obra vio la luz gracias a editoriales públicas y universitarias. Entre otros reconocimientos, en 1994 obtuvo el Premio Regional de la literatura “Dr. Jesús Enrique Losada” mención poesía.

Se radicó Maracaibo al tener que salir de Falcón por presiones políticas. Allí, San Jacinto fe su hogar y reducto. En una casa en la avenida principal del sector 17, crio a dos hijos y una hija junto a un esposo que comprendió desde el primer momento que no se había emparejado con una mujer de su tiempo. Él se entregó al espacio doméstico y a la crianza, y mientras ella se consagraba al oficio (¿martirio?) de la escritura descarnada y lacerante.

Era un hogar donde los libros no dejaban espacio para nada más —su hijo Milton Zavala recuerda que tuvieron que sacrificar parte de la cocina para convertirla en más bibliotecas porque ya no había de dónde sacar espacio— y los torneos de Scrable eran la rutina nocturna.

En su cotidianidad íntima, rememoran sus amistades, solo se acercaba a la cocina para preparar café, que siempre estaba hirviendo para ofrecer las visitas inesperadas que en esa casa eran rutina. También que su placer más terrenal era comer —mucho y muy rico— y para eso su esposo estaba siempre al pie del cañón, o mejor dicho, al pie de los fogones.

Lydda Franco Farías junto a parte de su familia.

Pero su vida no fue solo bohemia. Su momento más aciago sucedió en 2000, luego de la Bienal Elías David Curiel, en Coro. Un accidente de tránsito en su retorno a Maracaibo cegó la vida de su hija Mirna Zavala y de todos sus demás acompañantes, que eran sus amigos y colegias. Fue la única superviviente del trágico evento, del cual salió muy afectada y debió soportar una época muy dura de dolorosas terapias traumatológicas que superó gracias al oficio catártico de la escritura.

En 2002, Monte Ávila Editores publicó una antología de su obra. Cósimo Mandrillo escribe en el prólogo de este libro: “Lydda aguantaba la peor parte de la guerra: la difícil clandestinidad urbana, la inevitable marginación que ella produce y la más digna de las pobrezas. Esta guerra, la de Lydda, no terminó con la llamada pacificación, solo cambió de tono y de escenario, se mudó a su poesía. Dudo que exista una poesía tan aguerrida, tan peleona como la suya. Su obra fue política hasta el último verso, escrito, seguramente, horas o minutos antes de su muerte”.

Y justamente, falleció dos años después, en 2002, a causa de un paro cardíaco. En 2005, en un acto solemne en el Teatro Baralt de Maracaibo, se le confirió póstumamente el título de Doctora honoris causa de la Universidad del Zulia.

Morelys Gonzalo, periodista, escritora y amiga de Lydda, quien fungió como maestra de ceremonia en el acto de inauguración de su casa, contó: “Conocí a Lydda en los 70, éramos militantes del MAS, y nos hicimos amigas en la dimensión política, más que en la literaria. Después ella lo fue dejando por la literatura”.

Habló sobre crítica que Lydda hizo al feminismo de su tiempo por considerarlo más que reivindicativo, un asunto “anti hombres”, a pesar de que hoy a la escritora se le considere una musa del movimiento en el país. También valoró la riqueza lexical y capacidad metafórica de su obra.

“A ella la han comparado con Alfonsina Storny, con Teresa de la Parra y con María Calcaño, pero es otra cosa, porque Lydda logra hacer de la cotidianidad poesía. Ese es el primer gran regalo que no da. Y además hace del centro de su obra poética a la mujer, pero no en una visión en una visión antifemenina sino desde su condición de mujer con problemas económicos, de madre que tuvo que pasar las de Caín…”, subrayó.

Así es la nueva casa de Lydda

La infraestructura que ahora honra a Lydda Franco Farías fue intervenida centímetro a centímetro por el artista cubano-venezolano William Estany, quien desarrolló un concepto a imagen y semejanza de Lydda, para él una suerte de madre adoptiva. Así, en la casa predominan sus colores favoritos, las estanterías están hechas con bloques de construcción, tal como las que ella tenía en vida, y entre cada biblioteca se asoman retratos de Alí Primera, José Martí y Simón Bolívar. En el jardín hay un gran protagonista: un frondoso árbol de mango que ofrece sombra generosa y se bate sin pena ante la brisa de la tarde invitando a la gente a pasar.

No es la casa original donde Lydda vio crecer su familia, pero está a pocos metros y reproduce casi al calco la arquitectura de ese hogar ya que se trata de una vivienda que reproduce el modelo original de la emblemática ciudadela llena de jardines internos, inaugurada en 1973 por Rafael Caldera para proveer de residencias populares a la población de clase trabajadora del norte de Maracaibo.

Se trata de una iniciativa cien por ciento independiente impulsada principalmente por la familia de la poeta, con el apoyo de la comunidad circundante y de las amistades que le sobreviven. A dieciocho años de su desaparición, la devoción hacia Lydda reverdece y con este espacio para rendir tributo a su memoria se busca llevar el legado de su palabra insumisa a nuevas generaciones.

Así lo contó su hijo Milton: “Quisimos plasmar esa relación que tenía ella (con San Jacinto) porque en sí lo que se hacía en mi casa era esto. La casa no era un espacio público, pero prácticamente sí lo era porque allí hacían tertulias, amanecían leyendo, siempre había un motivo para lectura y eso es lo que queremos alcanzar con esta casa, que se pueda llevar el sueño de la lectura, y primordialmente a los jóvenes”.

Tres poemas de Lydda

Una

UNA amanece

con el cuerpo de cera

con la víspera haciendo piruetas

con ojeras que delatan los retorcimientos del amor

UNA sabe que tiene prejuicios

y los va perfeccionando

UNA es a-política

UNA no se mete en camisa de once varas

UNA estampa el beso curricular

él se va con sus ínfulas

con su ontológica suficiencia

UNA comparece ante el tribunal de los hijos

y cede ante la tiranía de los hijos

UNA tiene el deber de ser bella

porque entre otras cosas para eso está UNA

y para comprar lo que nos vendan

y para sufrir por la muchacha de la telenovela

que es tan desgraciada (la muchacha y la telenovela)

y para llorar de felicidad porque a la final

el sapo se convierte en magnate y casa con

ELLA

UNA es tan sentimental

UNA es tan fiel tan perrunamente fiel

qué asquerosamente fiel es UNA

UNA se asoma al espejo y comprueba lo que no es

sabe qué cara va a poner

qué silencio va a arriar

qué píldora de domesticidad va a tener que

tragarse

que anticonceptiva es UNA

UNA queda tendida

knoch out

para reaparecer al día siguiente

pidiendo la revancha

(Sin título)

¿Estás oyendo cama el edicto de mi pereza?

voy a desayunarme la claraboya de la mañana

voy a atragantarme periódico con tus crónicas

violentas

voy a tener noticias del mundo hasta la ingesta

de par en par ventanas

muéstrenme lo que sin mí despierta

sacúdete ropa inmunda los dobleces

espanta con lejías la penumbra

soliviántate plancha

aplasta en un desliz las pérfidas arrugas

a volar escoba sin bruja, que respire el polvo

dancen muebles al ritmo que los aviente

púlete piso en redención de no empañado espejo

arde sin paz cocina del infierno

tápate olla impúdica

cuece a la sazón luego evapórate

suenen cubiertos en estampida muda

a fregarse platos les llegó su hora

la carta por favor

quiero probar el albedrío

niños culpables

aúllenle a la luna

no estoy de humor para lidiar con monstruos

que no amor, que no la señora hoy decidió estar indispuesta

La señora hoy decidió estar dispuesta

Muy dispuesta

(2002)

(Sin título)

Mientras dormía me crecieron alas

al principio ni yo misma lo creí

hice cálculos sobre las ventajas y desventajas

de este suceso inesperado

decidí ensayar un vuelo corto

tropecé contra los vidrios de la ventana

no me dí por vencida

llegué a libélula

fui uno que otro pájaro

ave de rapiña

mi ambición no tuvo fronteras

fui escalando jerarquías hasta agotarlas todas

ahora soy un ángel

y me aburro