Mirandeando: Alexander Torres invita a repensar a Miranda

Miranda por Georges Rouget

El presidente del Centro Nacional de Historia, Alexander Torres Iriarte, ha conmemorado hoy el natalicio de Francisco de Miranda (1750) con un texto que invita a reflexionar sobre el papel que la historiografía venezolana le ha dado al prócer de la Independencia.

Citando a Hugo Chávez y con decenas de preguntas, Torres reta al lector a repensar en un Miranda más allá de la imagen del venezolano en La Carraca o cualquier otra de las visiones reduccionistas.

A continuación el artículo titulado Mirandeando:

“Miranda es la estrella que más brilla en el firmamento venezolano y una de las estrellas más brillantes del firmamento del continente americano y del mundo, busquemos ahí en él, en su vida, en su ejemplo, en su grandeza el abono para nosotros mismos, el abono para continuar fortaleciendo la patria de hoy que resucita de sus cenizas, todo oficial, todo jefe militar debe estudiar a fondo la vida de Miranda, el pensamiento de Miranda, todo venezolano, toda venezolana para conseguir allí las nutrientes de un hombre noble, estudioso, una de las mentes más brillantes del mundo que vivió desde Washington hasta Londres, desde Caracas hasta Madrid, desde Paris hasta Moscú brillo aquella estrella. Estamos resueltos a ser libres y nada, ni nadie podrá evitarlo, hombres, mujeres, soldados y todos unidos, la unión nacional decía Bolívar. Invoquemos a Bolívar aquí el padre de la patria junto a Miranda y los grandes libertadores de Venezuela y de Suramérica, los que dieron su vida como Miranda por la independencia, por la revolución, por la igualdad, por la justicia social”. Hugo Chávez, 2005.

¿Francisco de Miranda es más que la plaza o la universidad que lleva, para bien, su nombre? ¿De eso se trata, de epónimos y gélidos homenajes? ¿Se ha insistido suficiente sobre la vida y obra de Miranda? ¿Faltan estudios pormenores de su accionar? ¿Qué pasa en nuestras escuelas y liceos sobre la divulgación de su trajinar? ¿La literatura, más que la historiografía, lo ha tratado abundantemente? ¿Únicamente recordamos a Miranda cuando se acerca una efeméride afín a su existencia? ¿Por qué Miranda es tan incómodo para algunos, inclusive bolivarianos? ¿Tendrá que ver con una discursiva centrada excesivamente El Hombre de las dificultades? ¿Qué tanto hay del ideario mirandino en el legado del Libertador? Si la provincia caraqueña de finales del siglo XVIII excluyó a la familia Miranda ¿Este hecho de clara estigma social pudo influir en el accionar del joven Francisco? ¿En qué residía la originalidad del proyecto que traía Francisco de Miranda a Venezuela en 1810 con respecto a las tendencias generales de los criollos republicanos? ¿Fue Miranda fue quien le dio talante auténticamente emancipador al movimiento ambiguo de 1810? ¿Miranda de un racionalista utópico que se movió de las ideas monárquicas moderadas al republicanismo radical? ¿Los mantuanos caraqueños con Simón Bolívar traicionaron a Francisco de Miranda? ¿En Francisco de Miranda sus ideas independentistas son inseparables de sus concepciones identitarias y su empeño unionista? ¿Miranda, el Americano universal, Precursor, Protolíder, Ilustre colombiano, hombre-síntesis…? ¿Lo qué fue la revolución en el ideario de Miranda, su proyecto emancipador de Miranda e integracionista, pese al tiempo transcurrido, tiene que decirnos sobre lo que vive nuestra región en el siglo XXI? ¿La Independencia en Miranda era concebida como un formato exclusivamente nacional? ¿Cuáles son las características del proyecto emancipador de Miranda? ¿La Gran Colombia fue la de Miranda o la de Bolívar? ¿Puede haber un propósito político fundamentado en la vida y obra de Francisco de Miranda?

Todas estas preguntas sugerentes y desordenadas buscan remover la admiración y el respeto sobre la figura de Miranda. Lo importante es que la noción que tengamos del Gran Hombre supere la imagen del derrotado en La Carraca que nos legó Arturo Michelena. O para ir más allá, aquel “que nos trajo la bandera”. O el mujeriego insaciable que nos vendió cierto relato malintencionado. Cada día, somos optimistas, la estampa del caraqueño gana mayor reconocimiento. Pero todavía falta. Ese Miranda, más que Generalísimo, fue el pionero en más de un sentido. Como aquel que ideó pertinazmente el imperativo de la Independencia de Nuestra América de toda sujeción externa. Como aquel que apostó toda su fuerza física y espiritual por la materialización de un proyecto liberador que traspasara nuestras fronteras locales. Supo Miranda que el yugo español era el mismo y por ello, al unísono, debía ser derrotado.

De tal modo que, ese hijo de canarios nacido el 28 de marzo de 1750 y muerto el 14 de julio de 1816, comprendió que el rompimiento de la dominación monárquica no podía ser un problema aislado de cada una de las colonias hispanas, sino un esfuerzo firme y sostenido, con una visión geopolítica más sólida: todos unidos luchando en el derecho irrestricto de ser libres. Así, la materialización integracionista de los últimos años como el ALBA, CELAC, UNASUR, por nombrar tres instituciones archiconocidas, son hijas de la visión unionista del prócer ahora conmemorado. Pero como si fuera poco con Miranda nace también la idea de la identidad americana.

A Francisco de Miranda démosle el justo valor que se ganó a pulso en nuestros anales históricos. Tomémosle la palabra a Carmen Bohórquez, estudiosa de aquel que fue más que el Precursor: “Hay que volver a los textos de Miranda, hay que estudiar a Miranda, su concepto de la identidad americana. Hay que ver el papel que le asignaba a la educación del pueblo y estudiar sus proyectos para entender lo que tenemos que hacer hoy. Miranda sigue vigente como hace 200 años”.

II
La lucha ha sido una constante en el mundo. Quién tiene o detenta el poder político o económico pocas veces abre el paso al afán igualador de los subalternos. Desde la desaparición física del “otro” hasta el uso de mecanismos sutiles de invisibilización ideológica campean en el acontecer de los pueblos de todos los tiempos y lugares, como expresión de que la historia no es un “juego de carritos”. Creer que la armonía y el entendimiento en algún momento de la humanidad ha sido la guía prolongada de la realidad social es pecar de ilusos. Confrontaciones directas o subterráneas estuvieron y están presentes en nuestro devenir como un vector multidireccional que todavía no sabemos hacia dónde va, hecho que quita el sueño a más de un preocupado por el mañana. Pero tampoco la historia tiene que ser un sangrero como los apocalípticos quieren hacer ver. El hombre y la mujer, pese a sus fuerzas autodestructivas patentes y latentes, son “vidas conscientes” y en eso queremos insistir. Esta afirmación contradictoria, nos invita a evaluar la segunda mitad de la Caracas dieciochesca, donde vio la luz el venezolano más universal que conozcamos. Caracas era una pequeña comarca con poco más de cuarenta mil almas, pero un gran escenario en la que la pugnacidad de grupos, etnias y clases sociales estaban dominando la atmósfera. El abolengo, el honor, eran los valores defendidos por una elite, que de manera segregacionista mantenía a raya los anhelos de libertad, igualdad e inclusión de las consideradas “malas razas”. En ese territorio levantisco, capital de la ulterior Capitanía General de Venezuela, se alumbraba todo un portento. Era la llegada de un joven de quien se diría mucho por su carácter cosmopolita. Nació un 28 de marzo de 1750 y su nombre de pila era Sebastián Francisco de Miranda Rodríguez. Es nuestro Francisco de Miranda.

Las raíces de Francisco de Miranda no fueron la de un ilustre de acaudalada fortuna. Por línea paterna se vinculaba con las Islas Canarias, aspecto que va a marcar para siempre al futuro del prócer. Al ser considerado Sebastián Miranda Ravelo, su padre, un “mestizo”, un “blanco de orilla”, se le tenía negada la posibilidad de acceder a beneficios de esa localidad estremecida. ¿Cómo se le podía ocurrir a un vendedor de lienzos matrimoniado con la caraqueña Francisca Rodríguez de Espinosa, también de procedencia isleña, confundirse con los nobles de la provincia? Criollos y peninsulares, se encargarían de recordarle permanentemente los antecedentes de su apellido. Los Miranda sufrían así el maltrato del Cabildo de Caracas. Si bien pasado los días Sebastián Miranda pudo amasar cierto patrimonio, posesionándose de inmuebles nada despreciables, la añeja sociedad mantuana marcaba los límites de su ascenso social. Pero ya la Caracas cerrada y vetusta no podía contener la tempestad que se avecinaba en la cual Francisco de Miranda sería el artífice principal de esos soplos revolucionarios, de ese cambio de época.

III
Si bien Sebastián Miranda, padre del Francisco inmortal, tenía un linaje importante en su nativa La Orotava, los criollos lo despreciaban por su origen canario. ¿Acaso no era un desacato, un desatino pretender la igualación social? ¿No era una manera de trastocar el orden casi divino de las jerarquías de grupos, etnias y clases? ¿Cómo los narices espigadas de los mantuanos van a ver bien que a “un orillero” se le confiera el grado de capitán del Batallón de Milicias de Blancos de Caracas? ¿No podría esto ser mala señal para que otros desobedientes aspiraran emparejarse con los nobles de la capital? Así, como podemos suponer, Sebastián Miranda no la tuvo fácil. Desde la acera de enfrente reputadas familias -encabezadas por las figuras de Nicolás de Ponte y Martín Tovar Blanco- hicieron hasta lo imposible para poner en su lugar al isleño. Pero la querella no fue favorable para los vecinos de apellidos. El mismísimo rey Carlos III mandó a los caraqueños que se le admitiera a Sebastián Miranda lucir sus vistosas indumentarias. Un lujoso uniforme y un elegante bastón digno de un hidalgo, terminó de avivar el odio de los futuros republicanos, resentimiento que ahora se le endosaría al más llamativo de sus hijos. Pero la antipatía de “los grandes cacaos” no melló el carácter emprendedor de Sebastián Miranda que siempre apostó a la prosperidad material de sus negocios y a la formación universitaria de su prole. En cinco largos años se puede decir que se echó parte de la base intelectual del ulterior venezolano universal en la importante Universidad de Caracas. Entre 1762 y 1767, los estudios de latín, gramática y catecismo, así como historia, religión, aritmética y geografía; también la lógica, la física y metafísica comenzaron a forjar parte de su espíritu crítico del joven Francisco de Miranda.

Bien se sabe -ayer como hoy- que cuando en una contienda no se puede derrotar al adversario, entonces se va por lo más sagrado, sus frutos. En plena adolescencia Francisco de Miranda sintió el desprecio del mantuanaje. Había que cerrarle el paso a Francisco de Miranda y todas las partes involucradas tácitamente estaban al tanto. Un techo, sino obstáculos permanentes, se asomaban en la vera que se le abría al inquieto bachiller. No había de otra, se planteaba un dilema casi existencial: seguir en la comarca a riesgo de frustrarse o atreverse a probar otros derroteros. La última de las opciones fue la tomada: con algo más de 20 años se fue Francisco de Miranda a España. La fecha clave que anuncia un periplo extraordinario es el 25 de enero de 1771. En la Guaira, en la fragata Príncipe Federico, se despidió entre sollozos. Su objetivo era ponerse a las órdenes del Real Ejército español. Huir de los empinados “amos del valle” fue el factor detonante para emigrar, para servir al bando imperial. Situación esta que nos arranca una sonrisa: quien iba a subordinarse al absolutismo hispano terminaría siendo su más afamado contrincante.

 

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