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Observador español cuenta «lo que no cuentan de Venezuela»

Rubén Cela Díaz, miembro de la Ejecutiva Nacional del Bloque Nacionalista Gallego y Presidente de la Fundación Galiza Sempre, estuvo en Venezuela como observador innternacional en las elecciones del pasado domingo 21 de noviembre y hoy publicó en la revista Sermos, del diario gallego Nos, el siguiente artículo, titulado «Lo que no cuentan de Venezuela», en el que narra su experiencia.

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No soy periodista ni analista internacional. Sin embargo, tras participar como Observador Internacional en las Elecciones Regionales y Municipales celebradas el pasado 21 de noviembre en Venezuela, me siento en la obligación ética y política de compartir algunas impresiones sobre este proceso electoral y la situación política que vive el país. Lo hago porque la mayoría de la información que llega a Galicia sobre Venezuela es una manipulación de la realidad.

UN SISTEMA ELECTORAL MUY GARANTISTA

En Venezuela, desde la aprobación de la Constitución de 1999, el Poder Electoral, es uno de los cinco poderes autónomos (con el mismo rango e independencia que el Ejecutivo, Legislativo o Judicial). Eso no pasa en el estado español ni en ningún estado europeo. Se trata de un elemento que, en términos democráticos, no es menor. Le confiere, a quien tiene que organizar unas elecciones, una independencia y unos recursos que imposibilitan la injerencia o instrumentalización de otros poderes.

Este Poder Electoral tiene en el Consejo Nacional Electoral (CNE) su máxima instancia. Es el órgano encargado de velar por unas elecciones con todas las garantías democráticas y, para eso, cuenta con un importante aporte tecnológico. Para poder votar en Venezuela es imprescindible una autentificación biométrica a través de huella digital. Esto permite la correcta identificación de la electora o elector y garantiza el principio democrático de “una persona un voto”. Tras eso, la presidencia activa la máquina de votación electrónica y el elector o electora puede votar a través de una máquina electrónica que emite un comprobante de voto que le permite comprobar que lo marcado en la pantalla táctil se corresponde con lo realmente votado. Posteriormente, el elector o electora, deposita ese comprobante doblado en una urna precintada, lo que posibilita poder comprobar, posteriormente, que el resultado de la máquina coincide con las papeletas  depositadas  en  las  urnas  mediante  un  proceso  público  de

“Verificación Ciudadana” aplicado en un mínimo del 54,5% del total de las urnas. Finalmente, el elector certifica con su firma y la huella de un dedo con tinta en el “Cuaderno de Votación” que ya ejerció su derecho a voto.

Así mismo, el CNE controla, con hasta 16 tipos de auditorías diferentes, todas las fases del proceso electoral y más de 400 personas extranjeras tuvimos la posibilidad de participar en el proceso como observadoras/es, veedoras/es y acompañantes internacionales. Desde la ONU a la Misión Electoral de la Unión Europea, pasando por múltiples entidades y instituciones especializadas como el Centro Carter de los Estados Unidos entre otros. Además, todos los partidos políticos pudieron contar con acompañantes internacionales para hacer seguimiento al proceso electoral.

Por todos estos motivos, es muy difícil rebatir, con datos y hechos objetivos, que, el venezolano, no sea un sistema electoral confiable, seguro y de gran capacidad técnica. Tuve la oportunidad de comprobarlo in situ, visitando, en calidad de veedor internacional, ocho colegios electorales de diferentes municipios del hermosísimo estado de Falcón. En todas las mesas que visité (más de treinta), había “testigos” (interventores/as) de la oposición. Le pregunté a todos como fuera transcurriendo la jornada. La respuesta fue unánime: con total normalidad y muy tranquila.

Por el contrario, existe un relato ya precocinado desde los principales think tanks y servicios de inteligencia y propaganda norteamericanos, posteriormente difundido por los grupos de comunicación más importantes del planeta, a respecto de que Venezuela es una dictadura. Sin embargo, parece difícil poder calificar de dictadura un país que celebró 29 elecciones en los últimos 22 años, en el que en este último proceso participaron 34 partidos de ámbito nacional con 70.244 [email protected] para cubrir 3.082 puestos y lo hicieron con todas las garantías democráticas antes mencionadas.

El venezolano es un sistema electoral altamente garantista. Como mínimo, a la altura de las consideradas Democracias más avanzadas del planeta. Sin embargo, la Democracia venezolana non se reduce a eso. Existe una concepción de la Democracia que va más allá de votar cada cuatro años. Se trata de una concepción mucho más ajustada al significado etimológico de la

palabra, al concepto genuino de poder popular. Se concibe ese ejercicio de poder coma un poder realmente emancipador, que se le devuelve al pueblo, no en un plano abstracto o retórico, sino de un modo concreto y palpable: desde las Comunas hasta las células de organización popular, donde se expresa la democracia participativa y protagónica. Una redistribución del poder que entronca con la esencia misma de la Democracia, no con las democracias neoliberales, pero si con la Democracia.

LA IMPORTANCIA DE ESTAS ELECCIONES

Este fue un macro proceso electoral en el que se escogieron 23 gobernadoras/es, 253 legisladoras/es a los Consejos Legislativos, 335 alcaldesas y alcaldes y 2.471 concejales/as. Votaron más de ocho millones de venezolanas/os lo que supone una participación del 42,26% (ese mismo día, la participación en las elecciones de Chile fue del 46,7%). El PSUV alcanzó 20 de las 23 gobernaciones y la oposición tan solo tres: Cojedes, Nueva Esparta y Zulia. Sin embargo, esa foto fija de una victoria tan aplastante puede conducir a error, ya que hubo varios estados como Apure, Barinas, Lara o Táchira en los que la victoria del PSUV fue, realmente, muy ajustada. Igual acontece a nivel municipal donde el Gran Polo Patriótico liderado por el PSUV alcanza 205 de las 335 alcaldías en juego, pero pierde un importante número de alcaldías.

Sin embargo, el gran ganador de estas elecciones no fue el PSUV (que también). Fue Venezuela. Es así porque la importancia real de estas elecciones no radica principalmente en el resultado electoral final, sino en el proceso en si mesmo. Estos comicios se celebraron en el marco de un diálogo político, celebrado en Ciudad de México, entre el gobierno y la oposición máis extremista agrupada en la Plataforma Unitaria. Aún que ese diálogo está formalmente interrumpido como señal de protesta del gobierno venezolano por la ilegal detención del diplomático venezolano Alex Saab en Cabo Verde y posterior extradición a los Estados Unidos (vulnerando los más elementales principios del derecho internacional), lo cierto es que esas negociaciones consiguieron importantes avances.

La principal consecuencia práctica de esta mesa de diálogo fue que a estos comicios acudiera, por vez primera desde el 2017, el grueso de la oposición, incluido el sector que lidera Juan Guaidó que llamara a la abstención en las presidenciales de 2018 y en las parlamentarias de 2020. Esto no es algo menor. Se pasó de una oposición abstencionista, que llamaba al boicot de los procesos electorales y que, incluso llegó a quemar vivos a chavistas, a una oposición que, aunque sigue en una línea de enfrentamiento radical con el gobierno venezolano, estuvo dispuesta a participar de las elecciones.

La erosión del “proyecto Guaidó” es evidente a nivel internacional y evidentísima en Venezuela. Parte de la oposición (sobre todo la que vive y quiere seguir viviendo en Venezuela) se dio cuenta de que, aunque que desde los barrios de lujo de Miami o Madrid puedan pensar que la estrategia de “cuanto peor, mejor” diseñada desde los EEUU es una buena estrategia, lo cierto es que, cuanto peor es peor para el conjunto del país incluida la propia oposición que vive en él.

Sin embargo, la oposición no está -de momento- en condiciones de disputarle la hegemonía social al chavismo. En primer lugar, porque está tremendamente dividida y enfrentada. En segundo lugar, porque non se presenta con más alternativa que la de derrotar al gobierno para restaurar los privilegios perdidos por la oligarquía nacional y reverter muchos de los logros sociales conquistados en las últimas dos décadas. En tercero lugar, porque la mayoría de la población (incluida la crítica con el gobierno) es consciente de que parte de las penurias económicas y necesidades existentes en el país son consecuencia de un bloqueo y sanciones internacionales de las que esa oposición fue corresponsable (cuando no, directamente, instigadora).

El pueblo venezolano es un pueblo digno y mayor de edad que no acepta tutelas ni injerencias externas. La mayoría del país sabe y quiere que las diferencias entre los venezolanos se solucionen en Venezuela. Estas elecciones fueron un claro ejemplo de esto.

UN REPOSICIONAMIENTO INTERNACIONAL DE VENEZUELA

Estas macroelecciones fueron de carácter local y regional. Sin embargo, tienen una gran importancia internacional. El gobierno venezolano consiguió en los últimos tiempos mejorar substancialmente su presencia en foros y instancias multilaterales, debilitando la estrategia de aislamiento internacional diseñada desde Estados Unidos y seguida por la Unión Europea o estados como Colombia.

Aunque el proyecto revolucionario venezolano cuenta con el furibundo ataque del imperialismo y la incomprensión de cierta izquierda occidental (especialmente en Europa), Venezuela no está sola. Cuba, Nicaragua, Bolivia o Perú son importantes aliados en la región al igual que los gobiernos progresistas de Argentina o México. A estos, se les pueden sumar en breve, nuevos países latinoamericanos inmersos en procesos electorales que se pueden decantar del lado de la izquierda: Honduras (noviembre), Chile (diciembre), Colombia (mayo) o Brasil (octubre). Además, vivimos en un mundo cada vez menos unipolar y más multicéntrico. El excelente relacionamento de Venezuela con potencias como China, Rusia, Turquía o Irán, deja al país en una buena posición en ese nuevo mundo que comienza a mostrar la cabeza.

EL FUTURO DE VENEZUELA

La Revolución Bolivariana cuenta con dos décadas a sus espaldas en las que sufrió todo tipo de ataques: un bloqueo económico y sanciones internacionales de toda caste; intentos de golpe de estado, incursiones militares y -seguramente- un magnicidio; sabotajes y acciones de desestabilización; fake news y guerra mediática y también, como el resto del mundo, la pandemia del covid-19 (por cierto, especialmente bien gestionada en Venezuela a pesar de que las sanciones le bloqueasen compras de medicamentos y material sanitario).

A pesar de todo lo anterior, la Revolución Bolivariana goza de una “mala salud de hierro” y estas elecciones marcan el inicio de una nueva etapa caracterizada por una paulatina recuperación económica y normalización política.

En lo económico, lo peor, ya pasó. Nadie puede negar que, a pesar de las evidentes dificultades, la situación económica en Venezuela mejoró notablemente en los últimos tiempos y comienza a abrir una nova etapa -con lógicas limitaciones- de mejora de las condiciones materiales de vida del pueblo venezolano.

En lo político, hay pueblo y Partido para sostener la Revolución. El Partido Socialista Unido de Venezuela (PSUV) cuenta con una amplísima implantación territorial y sectorial, goza de una grandísima introducción social y un fuerte músculo electoral (como volvió a demostrar en estas elecciones). Además, el gobierno que lidera, cuenta con el apoyo de otras fuerzas políticas agrupadas en el Gran Polo Patriótico Simón Bolivar y fue capaz de impulsar una importante herramienta contra las injerencias extranjeras y de defensa de la soberanía venezolana: la unidad cívico-militar. La Revolución Bolivariana fue y es una revolución democrática y pacífica, pero no desarmada.

Como todo proyecto humano, la Revolución Bolivariana es susceptible de múltiples mejoras y no está exenta de contradicciones y limitaciones. Sin embargo, nada de eso puede ocultar que es un ejercicio de autoafirmación, dignidad colectiva y resistencia, un proyecto de emancipación y empoderamiento colectivo muy importante.

Venezuela es hoy la máxima expresión de que, lejos de existir contradicción entre el auténtico patriotismo y la izquierda, inexorablemente, son dos caras de la misma moneda. No hay proyecto de izquierda posible sin el ejercicio real do derecho de autodeterminación de los pueblos. No hay futuro para Venezuela -ni para ninguna nación del planeta- si ese futuro no es soberano. Chávez entendió la Revolución como un prerrequisito para tener Patria. Era consciente de que la soberanía real no la da el hecho de tener un estado. La da contar con un pueblo dispuesto a defender su inalienable derecho a decidir libremente su futuro.

Este 2021, el pueblo venezolano conmemoró el 200 aniversario de la Batalla de Carabobo. Aquella victoria, de la mano del Libertador Simón Bolivar, le daría al pueblo venezolano, la independencia del Imperio español. Dos siglos

después, le toca conquistar y defender su soberanía real y, como hace dos siglos, Venezuela volverá a vencer al Imperio. Y yo brindaré por ello.