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Pacheco, el que trae el frío, era checo

Ana Teodora Fernández Alfonzo de Gutiérrez solía decir que el frío de Caracas no estaba relacionado con alguien de apellido Pacheco, sino que se debía a unos checoslovacos que colocaban los rieles de la estación Caño Amarillo y no les afectaban las bajas temperaturas. Entonces, cuando en la Caracas de fines del siglo XIX y principios del XX el clima obligaba al uso de abrigo y cobijas, en los meses de diciembre, enero y febrero, la gente comentaba, “ese frío es pa’ checo”, “ese frío es pa’checos”, “hace un frío pacheco”. Aunque la evolución del término sigue siendo una incógnita, lo cierto es que para comienzos del siglo XX, ya  se asociaba el intenso frío caraqueño con la palabra pacheco. Con el paso del tiempo se originó una leyenda y Pacheco pasó a ser un floricultor de Galipán, de barba y sombrero, que entraba a la ciudad capital por la Puerta de Caracas, con unos burros cargados de flores. Con Pacheco y el frío también llega la navidad.

Ana Teodora Fernández Alfonzo de Gutiérrez es la bisabuela de Elio Araujo Henríquez, profesor titular, ya jubilado, del departamento de matemáticas de la Facultad de Ingeniería de la Universidad de Carabobo.

Doña Ana Teodora Fernández

Araujo, siendo un niño, escuchaba en el círculo familiar la relación que solía hacer doña Ana en torno al frío caraqueño.

“Ese cuento de mi bisabuela tengo años oyéndolo. Se lo mandé al cronista de Caracas hace como cinco años. También se lo mandé en estos días a Horacio Biord Castillo, presidente de la Academia de la Historia del estado Miranda, y presidente de la RAE en Venezuela”, señala Elio Araujo.

Araujo, refiriéndose al enigma de Pacheco, explica que “con la llegada de la época del frío a Caracas, en los meses de noviembre, diciembre y enero, a finales del siglo XIX y comienzos del XX en la ciudad de Caracas se comenzaron a colocar los rieles del tranvía con personal extranjero, con ingeniero y técnicos de nacionalidad checa, ciudadanos del Imperio Astrohúngaro. El común de las personas decía que ese frío que hace en Caracas es para checos. La expresión dio paso a Pacheco, y nada tiene que ver con un agricultor de idéntico apellido que supuestamente venía a Caracas en el mes de diciembre”.

Estación del tranvía en Caño Amarillo.

En relación a su bisabuela señala que era hija de Brígida Alfonzo Canosa de Fernández, quien tuvo cinco hijos, cuatro hembras y un varón. Las hembras: Ana Teodora, Carmela, Josefina (Pepita) y Rosa Amelia y el varón, Agustín, quien falleció el año de 1917 a causa de la gripe española y el vómito negro, pandemia que duró de 1916 a 1918; misia Brígida murió de tristeza seis meses después de su hijo.

 “Mi bisabuela Ana Teodora Fernández Alfonso de Gutiérrez, de origen canario, era prima hermana de la mamá de Eloy Pérez Alfonso (Míster Chips) y de Juan Pablo Pérez Alfonso, uno de los fundadores de la Opep. Misia Carmen Modesta Gutiérrez Fernández, mamá de mi padre,  hija de Ana Teodora, había nacido en un pueblito español, Avilés, el pueblo de los grandes hornos, en el reino de Asturias, España, entre los años 1899 y 1900. Llegaron al puerto de La Guaira a finales del año 1900”, confiesa Elio Araujo.

Elio Araujo

“Frío excesivo”

El profesor Araujo detalla que en el libro “Glosario del bajo español en Venezuela”, de Lisandro Alvarado, aparece registrado el término Pacheco como “frío excesivo. Usase en Caracas”. Esta obra fue publicada en 1929, año en que también falleció el autor. El prólogo del libro, del mismo Lisandro Alvarado, data de 1926.

Araujo comenta que en la obra de Enrique Bernardo Núñez, cronista de Caracas durante 25 años, no se dice nada respecto a Pacheco.

Otras fuentes consultadas, en relación a las investigaciones de Lisandro Alvarado sobre nuestra lengua, incluyendo las indígenas, refieren que para inicios del siglo XX ya había escrito sobre el lenguaje popular venezolano.

En un escrito de Omar Garmendia rastreado en la web se indica que “Diversos autores estimables y respetables, dentro de la lexicografía venezolana, ya habían producido y publicado estudios, algunos de ellos fragmentarios y otros de carácter didáctico o polémico sobre la lengua criolla, pero que no llenaban las aspiraciones que Lisandro Alvarado se proponía como objetivo, como lo era el estudio exhaustivo del léxico popular en forma de diccionario, tal como lo había emprendido la mayor parte de las repúblicas latinoamericanas.

El estudio fechado el año de 1903 en Guanare, pero publicado en Caracas el 15 de enero de 1904 en la revista “El Cojo Ilustrado”, denominado Ideas sobre la evolución del español en Venezuela, involucra algunos principios que encaminan al autor para la elaboración de los futuros glosarios: el de las voces indígenas, publicado en 1921, y los contenidos en la obra de 1929, que comprenden las Acepciones especiales y el Glosario del bajo español en Venezuela.

En el Diccionario de Historia de Venezuela, publicado por la Fundación Polar, se asienta que “La preocupación que mueve a Alvarado a emprender la monumental y prodigiosa obra lexicográfica a la que dedicó veinte años de su vida, lo llevó a recorrer casi todo el país, recolectando palabras y estudiando en el terreno la realidad nacional: sus paisajes, la fauna, la flora, las costumbres y tradiciones populares, la manera de hablar de los pobladores, el léxico del llano, la montaña, el litoral, y el de los pueblos indígenas que conoció y cuya lengua estudió de primera mano y aun en la literatura nacional, para dejar como legado una obra fundamental y hermosa en nuestro país”.

De manera que si para inicios del siglo XX ya los caraqueños de forma extendida asociaban el término pacheco con el excesivo frío, como lo recogió don Lisandro Alvarado en su obra, entonces cobra fuerza el testimonio de doña Teodora sobre los checos y la colocación de los rieles de la estación Caño Amarillo, que era el terminal en Caracas del viejo tren que empalmaba a La Guaira con la capital. A la estación de Caño Amarillo también llegaban los tranvías, de modo que allí se conectaban los dos sistemas de transporte.

El tren Caracas-La Guaira fue inaugurado por el entonces presidente Antonio Guzmán Blanco el 25 de julio de 1883, como parte de los festejos con motivo del centenario del nacimiento de Simón Bolívar.

Los tranvías comenzaron a funcionar en Caracas en 1882, prestando servicio de transporte de pasajeros entre la plaza Bolívar y Palo Grande. En 1885 el tranvía extiende  sus operaciones entre la plaza Bolívar y el ferrocarril Caracas-La Guaira.

Tranvías de Caracas a princpios del siglo XX.

Es en esa Caracas finisecular donde el ingenio popular fue tejiendo lo que después, a lo largo del siglo XX, en crónicas publicadas en la prensa nacional, se armó un relato en torno a un personaje llamado Pacheco.

La versión, mayormente repetida y distorsionada en cuanto escrito aborda el frío decembrino, indica que “El origen del nombre Pacheco viene dado por el floricultor galipanero Antonio Pacheco, que vivía en el Ávila en la época de la Caracas de los techos rojos. A partir del mes de noviembre, el señor Pacheco bajaba del Ávila huyendo del fuerte frío y su destino era la ciudad de Caracas.

Pacheco llegaba a Caracas por el Camino de los Españoles y entraba a la ciudad por la Puerta de Caracas, en La Pastora, ahí vendía sus flores frente a la Iglesia de la zona y aprovechaba para descansar del viaje. Después del descanso, seguía su camino hacia el Mercado de las Flores de San José, en donde junto a otros galipaneros, terminaba de vender sus flores. Este recorrido lo realizaba tres veces a la semana, subía y bajaba con sus burros y sus flores, entre el mes de noviembre hasta finales de enero y regresaba nuevamente, en noviembre. Por eso, los caraqueños asociaban el frío cuando Pacheco llegaba a la ciudad y exclamaban; Allí viene Pacheco, Bajó Pacheco o Llegó Pacheco”.

Con la era digital, las redes sociales y la proliferación de páginas web, en las que muchas mentiras circulan libremente sin proceso de verificación, la leyenda de Pacheco se ha ido llenando de disparates. En algunas crónicas, aliñadas por la imaginación, se les colocan nombres a los burros del floricultor, se describe la vestimenta de Pacheco y algunos rasgos de su modo de ser.

 “Guácimo, Chola y Cachirulo se llamaban las bestias de carga que, como en una extraña puesta en escena, hacían su entrada, bien temprano, a la nebulosa y fría ciudad de Caracas de 120.000 habitantes (…) Vestido con una ruana tipo andina. De andar pausado y de mirar confiado, el vendedor de flores de apellido Pacheco y nombre desconocido, difícilmente pasaba inadvertido junto a su comitiva en aquella apacible y aburrida Caracas, donde nunca ocurría nada (…) Guácimo, Chola y Cachirulo casi no podían distinguirse en medio de su inmenso cargamento de ramos de flores. Pacheco, desde lejos, parecía un hombre que halaba tres inmensas paletas de pintor atiborradas todas, con colores exóticos y fragancias exuberantes, las cuales esparcía a su paso sin mezquindad”, apunta uno de estos escritos.

Flores y floreros

Testimonios recogidos en La Pastora, en el Camino de los Españoles y el mercado de Las Flores, en San José, permiten poner en entredicho la leyenda de Pacheco y la existencia del personaje, por lo cual resultan más creíbles los comentarios de doña Ana Teodora Fernández Alfonzo de Gutiérrez en torno a los checoslovacos y el frío caraqueño.

El tradicional cuento sobre Pacheco contiene inexactitudes. El armazón no cuadra en sus partes. El relato se fue armando y asentado sin agarres en el escenario donde ocurre.

En primer lugar, el apellido Pacheco es totalmente desconocido tanto en Galipán como en el Camino de los Españoles. No hay descendientes del agricultor y nadie en el pasado, de acuerdo a la tradición oral, lo conoció de “trato y vista” u oyó mencionarlo. La versión que se reporta es la misma levantada en Caracas.

José Jesús Esteves , descendiente de floricultores canarios, y técnico jubilado de Cantv, institución en la que dictaba talleres de telefonía, y Félix Pérez, ponen en duda de que Pacheco bajara a Caracas con claveles, rosas o gladiolas montadas en burros, ya que las mismas se traían en el llamado “palo de flores”, que consistía en una vara, en cuyas puntas o extremos se guindaba un recipiente , uno en cada lado, en el cual se colocaba las flores.

Jesús Esteves y Félix Pérez

El palo se llevaba en los hombros. En los burros se cargaban frutas y otros rubros.

Esteves y Pérez, nacidos y criados en el Camino de los Españoles, explican que la ruta tradicional de los galipaneros para bajar a Caracas era, y todavía se mantiene, por los lados de Cotiza, desde donde se llegaba al mercado de Las Flores, en San José. Caminar de Galipán a Caracas por el Camino de los Españoles ameritaba un recorrido largo sin mucho sentido.

Félix Pérez comenta a su vez que la venta de flores en Caracas no se limitaba a diciembre.

“La venta de flores se hacía todo el año. La gente bajaba con su palo de flores. Los cargaban desde El Palmar. Del viejito Carlos Álvarez se dice que agarraba un palo de flores que pesaba como 60 kilos y llegaba hasta Puente Hierro. Yo cultivaba flores cuando se conseguía semillas. Había botón de oro, margaritas, pero las clásicas eran el nardo, la azucena, el statis. Todavía hay quienes venden flores. Eso era folclórico en la Puerta de Caracas, los viernes y sábados. Luís López todavía anda con sus flores por ahí. Es el último florero que queda”, dice.