Del #MeToo al #YoTeCreoVzla una historia de puro valor

“He decidido finalmente hablar de mi experiencia de abuso con el escritor venezolano Willy McKey”. Así se inicia la historia que desde hace pocas semanas es tema ineludible en la agenda de conversación pública en Venezuela. Nacida como un “trendy topic” en las redes sociales, la situación salpica, estremece e interpela al mundo del entretenimiento, a los movimientos de mujeres, a las autoridades y en general a una gran parte de la opinión pública nacional que comienza a sensibilizarse al encarar desde el dolor que muchas veces lo “normal” no es lo justo ni lo correcto.

En este caso específico la indignación catalizadora se conecta con la violencia sexual, tanto explícita como enmascarada y sobre todo cuando involucra a menores de edad. Ante lo que pasa, el primer referente que viene a la mente es el #MeToo hollywoodense, y ciertamente todo forma parte de una misma fotografía: la normalización de la violencia de género en espacios de poder donde la desigualdad es indiscutible, un flagelo que trasciende fronteras geográficas, culturales y generacionales y que nos es común a la mayoría de las mujeres a nivel global a lo largo de la historia.

La frase citada al inicio de este reportaje abre un hilo con 25 tuits redactados y publicados por una joven veinteañera encubierta bajo el seudónimo de “Pía”. A finales del pasado mes de abril, esta venezolana, cuya identidad no ha sido develada, creó la cuenta @mckeyabusador para exponer la conducta lasciva que el articulista e influencer Willy McKey perpetró contra ella cuando era una adolescente de 16 años, disfrazándola de mentoría intelectual.

Acompañado de capturas de pantalla, transcripciones de diálogos y narraciones de encuentros, su relato expone sin atisbo de duda a un perpetrador de 36 años, manipulador y temerario. La contundencia de las denuncias era inobjetable y la condena social al victimario fue tan feroz que McKey, pocas horas después de que el escándalo saliera a la luz, tomó la decisión de suicidarse.
Pero Pía ha sido tan solo el caso más sonado. La lista de denuncias es muy larga y cada día se suman más. Hagamos un recorrido por lo que sucede y tratemos de comprender qué significa y por qué es importante.

Pía no fue la primera

Las últimas semanas han sido especialmente noticiosas en el mundo y especialmente en Venezuela. El contexto internacional ofrece como menú a Colombia con sus calles en llamas, la renuncia a la política de Pablo Iglesias y el divorcio de Bill y Melinda Gates; en paralelo, la actualidad nacional ha tenido en agenda noticias de esas que marcan hitos: la beatificación de José Gregorio Hernández, la muerte de Aristóbulo Isturiz y la elección de un nuevo CNE en consenso con la oposición. Todo eso en el marco general de la pandemia omnipresente que ya es paisaje cotidiano.

Pero ninguna de esas noticias causó tanto revuelo como lo que ahora conocemos como el “Yo sí te creo”. La bola de nieve de denuncias en redes sociales no para y ha generado comentarios de solidaridad, señalamientos, burlas, más acoso, empatía, entre otros.

El común denominador de las protagonistas de esta historia, las denunciantes, es que son mujeres muy jóvenes que usan las redes sociales como espacio natural de interacción y ahora como plataforma para denunciar. Entre todas se entreteje una red de solidaridad que las legitima y las libera de miedo y de culpa. También que muchas de ellas no sabían que habían sido víctimas de violencia hasta lograr cierto nivel de madurez porque, a fin de cuentas, que un tipo busque cómo acostarse contigo “siempre pasa y es normal”.

“La operación colchón es una vaina que existe desde que yo me acuerdo”, cuenta Daniella Inojosa, fundadora de la colectiva feminista Tinta Violeta.

“En la medida en que el movimiento feminista ha ido cambiando el inconsciente colectivo y ha ido poniendo sobre la palestra pública que esto no puede suceder, que es violencia, en esa misma medida las chamas tienen la posibilidad de decir ‘cónchale, yo fui víctima de violencia”, asegura.

El paralelismo es exacto con el #MeToo, evento que en 2017 movió a un grupo de actrices a denunciar a Harvey Weinstein, todopoderoso hombre de Hollywood, que exigía favores sexuales a cambio de roles en películas en el mejor de los casos, o de no arruinar carreras en el peor. El efecto dominó hizo que se destaparan ollas en muchos espacios aparentemente impolutos que llegaron incluso a la fundación encargada de otorgar el Premio Nobel.

Jeffrey Epstein, proxeneta del mundo de los negocios, se suicidó en prisión en el medio del mismo fenómeno. Un poco antes el ex presidente del Fondo Monetario Internacional y precandidato a la presidencia de Francia, Dominique Strauss-Khan, había sido apresado por violar a una camarera en un hotel de lujo de Nueva York, destapando luego una seguidilla de depravaciones perpetradas a mujeres de toda clase y procedencia por décadas. En fin, que la ola no ha parado.

En Venezuela, por ahora, grupos de teatro, actores, músicos, locutores, animadores e influencers, entre otros personajes de cierto ambiente con pretensiones de intelectualidad, han sido señalados de haber cometido actos de violencia sexual y acoso. Algunas de las víctimas y mujeres solidarias del mundo de la farándula que se han solidarizado se agruparon en la cuenta de Instagram #YoteCreoVzla y desde allí ya comienzan a socializar más contenido y a juntarse para buscar justicia, así sea justicia social.

Delitos contra los derechos humanos

“En el sistema patriarcal las mujeres somos culpables hasta que se demuestre lo contrario”, valora Susany González, abogada, directora ejecutiva del Centro de Estudios de Derechos Sexuales y Reproductivos (Cedesex) y activista del colectivo feminista La Quinta Ola.

Detalla González que como suele pasar con las historias de este tipo, muchas de las denunciantes habían acudido antes a familiares o amistades para hablar sobre sus episodios de violencia y buscar orientación, pero no habían recibido credibilidad.
¿Qué hacías ahí?, ¿Por qué fuiste?, ¿Cómo estabas vestida?, ¿Por qué no saliste corriendo? Son presuntas que suelen hacerse a las mujeres que relatan una violación o un episodio de acceso indebido a su cuerpo, cuestionando la veracidad de su relato y echándoles la culpa.

González explica que en ese contexto las redes sociales vienen a instituirse como un espacio natural y propicio para hablar en colectivo y con seguridad. “En todo caso es un proceso de liberación”, afirma, sobre el sentimiento de cada una que finalmente decide dar el paso.

La entrevistada enfatiza que las redes sociales se convierten en tribunales sociales para el escarnio público ante la dificultad de la mayoría de ellas de ejercer acciones legales ya que los delitos de los cuales fueron víctimas que han prescrito.

Las leyes venezolanas hacen correr la fecha de vencimiento de los delitos sexuales una vez que la víctima cumple 18 años, pero aún así, muchas de ellas, de más de 20 años, ya han superado el tiempo que tenían disponible para denunciar en organismos competentes así que solo les queda apenar al reclamo público, buscando empatía.

“Recordemos que por más que filosóficamente —incluso así se incluye en instrumentos internacionales— la violencia hacia las mujeres es una violación de los Derechos Humanos, por lo tanto no prescribe, nuestro sistema jurídico no se ha adaptado a esa retórica, por ende, la violencia hacia las mujeres tiene prescripción como cualquier otro delito”, detalla.

Inojosa, por su parte, también justifica el divorcio de estas denuncias de los canales formales alegando que “el escarnio público muchas veces es más efectivo. La justicia tarda tanto le exige tanto a la víctima porque le exige demostrar —y eso no está mal porque la verdad hay que demostrarla—. Pero la verdad que es muy difícil demostrar años después actos lascivos”.
Y pone como elemento central de la psicología del fenómeno a la sororidad, factor clave para la pérdida del miedo por parte de las mujeres denunciantes porque implica una sensación de hermandad, de tribu. Solo hace falta remitirse al origen etimológico del término.

“Hay una cosa arrecha en todo esto y es que las chicas superaron el miedo, el miedo que tenemos todas. Por lo general estas agresiones son de tipos que saben cosas de ti porque fueron tu pareja o que tienen algún poder y por eso pudieron actuar impunemente, así que superar ese miedo es tenaz”, dice.

“Es decir, ‘quiero justicia para mí pero también quiero que las otras no pasen por lo que yo pasé’. Y eso me parece feministamente correcto”, apuntó Inojosa.

Punto de inflexión para el movimiento feminista

Las dos entrevistadas ven en el Yo sí te creo un punto de inflexión en el movimiento por las demandas de las mujeres en el país.
“A mí lo que me impresiona de esto es que esto no surge desde el movimiento feminista, y sí me parece que es un cambio social brutal. Esto pone en la palestra lo que siempre hemos dicho desde el movimiento feminista. Le da más importancia a otras demandas y eso me parece importante. También demuestra una vez más que podemos armar escándalo”; dice Inojosa.

“Tenemos que medirlo porque la polarización política y la crisis producto del bloqueo y demás circunstancias han hecho que los derechos de las mujeres no estén en la palestra pública. Esperamos que esto nos dé más capacidad de movilización”, subrayó.
González, por su parte, valora cómo la situación dialoga con el ecosistema de los movimientos sociales. “El movimiento de los feminismos en Venezuela, que es súper diverso como todos los feminismos en el mundo, tiene rato denunciando las violencias sexuales, lo que pasa es que no ha tenido visibilidad amarillistica de los medios de comunicación”, señala.

Para la activista, que el fenómeno haya aglutinado sin ninguna reticencia a todos movimientos de mujeres del país sin distingo de afiliación política, es de subrayar.

“Es interesante porque estamos demostrando que como sociedad, más allá de nuestras diferencias políticas o ideológicas, tenemos muchísimos puntos en común y podemos juntarnos para la garantía de los Derechos Humanos de las mujeres. Incluso dando el ejemplo a otros movimientos y organizaciones sectoriales con francas fracturas producto de la polarización venezolana”, sumó.

Como reflexión final, Inojosa llamó a evaluar la narrativa al respecto de los feminismos, que en coyunturas como esta comienzan a ser atacados pretendiendo situar al movimiento en un terreno de batalla contra los hombres, y no contra el machismo.

“Me parece importante destacar es cómo quedan las masculinidades Cuál es el mundo que soñamos, porque bueno, están tratando de instaurar una narrativa mediática de que lo que queremos es que los hombres se mueran, que desaparezcan, y no es eso.

Nosotros lo que no queremos es que crezcan como victimarios ni que sean víctimas tampoco, ninguna de las dos cosas, sino que la relación entre los géneros no tenga por qué responder a esa dinámica”.

 

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