InicioJabón de olor11 de abril: lo poco o nada nombrado

11 de abril: lo poco o nada nombrado

Carmona había asistido en Madrid tres días antes a una reunión en el bufete Alister & Cass. El bufete suspendió por ese día la actividad de compra de petróleo para venderlo a la OTAN, que es su labor normal. Tanto esta sucursal de Madrid como las otras ocho que tenía el bufete en el resto del mundo, laboraban en algo de mucha mayor urgencia, pues en cuestión de horas, de días cuando más, iban a estar lloviendo misiles sobre Irak.

Venezuela y Hugo Chávez eran el tema central en la larga mesa directiva. Vene­zuela debería aumentar substancialmente su producción petrolera para contrarrestar la baja árabe.

Era día de jugada grande. Los aviones que conviertieron en conjunto de vigas negras las torres gemelas dejaron en blanco y negro las relaciones del mundo con Washington. O eras amigo o eras enemigo. Y Chávez cri­ticó públicamente —en cadena de radio y televisión— los bombardeos estadounidenses sobre Afganistán, afirmó que “no se puede combatir el terror con más terror”, y mostró fotografías de prensa con niños afga­nos muertos en esas acciones armadas.

El pasado marzo, hacía un mes, Bush, para dialo­gar con mandatarios andinos sobre sus objetivos de lucha contra el narcotráfico y el terrorismo, y mejoras en el comercio para apoyar esas luchas, aceptó reunir­se en Lima el día 23 con sus homólogos de Bolivia, Colombia, Ecuador y Perú, excluyendo expresamente al venezolano.

Pero el oro negro proporcionó al comandante un muy buen año 2000, los precios se dispararon, la OPEP efectuó en Caracas, con Chávez como jubiloso anfitrión, su segunda cumbre de sobe­ranos y mandatarios al cabo de un cuarto de siglo. La Organización pudo implantar una banda de precios para las cotizaciones del crudo, que todavía se mantenía como referencia para abrir o cerrar los grifos. Qué referencia ni diablos, mandaba.

Para garantizar la asistencia de la OPEP, Chávez visitó personalmente las otras diez capitales de la organización, se le vio retratado con Hussein, Jatami y Gaddafi. A la reacción de Washington, Chávez replicó con el consejo de que empleasen algún ungüento para suavizar la irritación.

Sentado ante los socios del bufete estaba el ungüento, era aquel señor un poco viejo, afable, un hombre ungüento. Y hombre urgencia, pronto estarían lloviendo los misiles sobre Irak.

Del Alister y Cass salió Carmona Estanga presidente. Delante tenía las calles de Madrid, un auto, seguramente lujoso, lo trasladó a una sastrería militar donde le entregaron una banda presidencial porque un presidente tiene que convencer de que lo es y no se sabía dónde estaba la que usara el presidente Chávez para su toma del poder, cinta que, por cierto, el autor de este texto le comentó al comandante en la casona al saludarlo el día que la estrenaba. La recibida por Carmona era de tamaño adaptable, podía servir para el pecho enjuto del flamante presidente como para el del gordo general Rosendo. De la sastrería se desplazó hacia un magnifico restaurant donde comió como un presidente.

No todo fue comida, en la página A-5 de El Nacional del día siguiente figura un artículo de Luis Britto García, titulado «Batalla por PDVSA». Dice: «Los tres negocios más lucrativos en el mundo con­temporáneo son: el narcotráfico, los armamentos y los hidrocarburos. De ellos, sólo el último es en parte con­trolado por países del Tercer Mundo. De él depende en su totalidad el destino del llamado Primer Mundo. Una guerra que no se atreve a decir su nombre se pelea hoy en día para arrebatar al Tercer Mundo su precario do­minio sobre las reservas energéticas y confiscarlas para las transnacionales de los países más desarrollados (…). En Venezuela se libra una escaramuza de esa guerra mundial, que ganarán quienes se apropien de las reser­vas de hidrocarburos y de las industrias que las explo­tan, y perderán quienes se queden sin ellas (…). Quien da lo que tiene, a pedir se queda. Se nos propone con frecuencia que imaginemos a Venezuela sin oro negro. Nadie nos desafía a prever un mundo sin hidrocarbu­ros. En un planeta que en pocas décadas agotará sus reservas de energía fósil, elijamos entre ser príncipes o mendigos».

Iris Varela y Darío Vivas reve­larían los nombres de los francotiradores del 11 de abril: Luis Arturo Me­neses, cédula de identidad 14.783.743; Nelson Enrique Rosales, cédula: 14.160.140; Jorge M. Quintero, cédula 17.126.818; Robert F. Mckigth (con cédula venezolana número 10.480.186 pero es estadounidense) y Franklin Manuel Rodríguez C.I. 15.197.564. Hay otra persona de nombre Roger de Jesús Lugo Miquilena que, según los registros de la DIEX, tenía un número falso de cédula, 10.612.977. El colombiano tiene como nombre Jon Car­los Muñoz Garzón, número de pasaporte A-6324882.

Diosdado Cabello, dijo que los mencionados fueron liberados el sábado 12 de abril, en horas de la mañana, sin explicación alguna, por órdenes de quienes ocuparon el poder el 11 de ese mes.

Lo otro son las cabezas rotas, los cuerpos rotos, el pánico, la noche terrible, Y la alegría de los mercados, los bonos de la deuda se disparan en más de 6 por ciento», “el FMI ofrece respaldo a Carmona Estanga», «Wall Street respira aliviada: para el jefe eco­nomista del Departamento de Mercados Emergentes de la firma Deutsche Bank, José Luis Daza, Venezuela era bajo Chávez como «un Ferrari que tenía un mal chofer». Ahora existe la posibilidad de hallar «un buen conductor». Daza subrayó que:

«La caída de Chávez, que era el principal garante del res­peto de las cuotas de Venezuela en el seno de la OPEP, llevará seguramente a un aumento de la producción de crudo venezolano, lo que provocará una baja de los precios del crudo en los mercados mundiales».

Otro artículo propondrá que el país deje de ser miembro activo de la Organización de Países Exportadores de Petróleo para convertirse en un observador coopera­tivo.

El golpe hizo mejorar la porción venezolana del índice plus de bonos de merca­dos emergentes del banco J. P. Morgan, el riesgo país caerá en 150 puntos base a 711 puntos sobre el rendimiento que pagan los bonos del Tesoro de Estados Unidos.

En las primeras horas de la mañana del día doce algo grande y proficuo está sucediendo en uno de los comedores del Hotel Tamanaco. En las cómodas sillas están instalados Aquiles Rodríguez Iturbe y otros de la línea Opus Dei, entre ellos Pedro Carmona Estanga. Al es­tacionamiento del hotel van llegando autos de lujo, de los que descienden Gustavo Cisneros, Enrique Tejera París, el banquero Salvatierra y otros, que tras breve saludo, se encaminan hacia el sitio de la reunión. Por último, aparecen Carlos Ortega y Rafael Poleo, que se han venido en el mismo automóvil como socios in­separables que son en esta parada, donde —está sabido— Acción Democrática debe cobrar una tajada grande. Toca apurarse, es la reunión del reparto. Manuel Cova se había dejado venir como suerte de espaldero de Ortega.

Pero no cobraron. Grande fue su humillación. Debieron aguardar en la puerta mientras se informaba su llegada adentro y se preguntaba si podían pasar. Al regresar el emisario les informó que no podían ingresar al salón. Se le mandaba a decir a Ortega que no se preocupara, que su negocio de movilización de petróleo con un pequeño barco sería mantenido. En aquella estan­cia se había levantado una voz para calificar a Ortega y Poleo de «Adecos de mierda, sindicalistas». Los tres adecos partieron en el auto, insultando a las madres de los so­cialcristianos «entalcados». Les quedaba esperanza, claro, porque también les habían mandado a decir que Acción Democrática sería representada en la reunión por Gustavo Cisneros y Alberto Qui­roz Corradi. Esos eran pesos completos, estaba bien, pero desde luego era una falta de respeto haberle tirado la puerta en la cara a Poleo y al “hombre del sindicalismo venezolano”.

En todo golpe de Estado hay varios golpes, calculando cada uno utilizar a los otros grupos como escalera para alzarse a última hora con el poder. Los grandes discutían adentro sin saber que otro ausente, dueño de poder gran­de, Luis Miquilena, estaba afinando una estrategia alterna, coordi­nada con otros no participantes en la reunión para dejarlos con los ojos claros y sin vista. Otro que cocinó algo raro fue uno que se presentó a media noche en el Tribunal Supremo de Justicia, se hizo abrir los archivos y retiró el expediente de las minas de oro. ¿Adivinan el nombre? Otros conspiraban para lo que llamaron “la república del Casanare”, que suena a República del Zulia, que sonó en los interrogatorios que hubo en la Asamblea Nacional, suerte de juicio público y que imagino asomando su oferta dinerosa durante la noche que se ha ilustrado después con tomas de oficiales sentados en sofás conversando, negociando.

Otro que despreciará a los adecos será Ibsen Martínez, que al compararlos con la “gente del petróleo”, a la que calificaba de glamorosos gerentes, los llama fastidiosa sanguijuela. Estos juicios harían pensar que Martínez es algún millonario, copeyano entalcado pero no es el caso, es un simple guionista de Radio Caracas Televisión. De rico, nada.

Recordando así, estuvo el regañón que le dio José Vicente Rangel a Pedro Carmona, ya en su habitación que le servía de calabozo:

—¡Estúpido!, ¡loco! ¡¿Cómo se te ocurre dar un golpe de estado?!

Quien había capturado a Carmona era el general Alcalá Cordones, que hace dos o tres años aparecería como agente, metido al narcotráfico. De Carmona no se supo más.