InicioJabon de olorEl diputado Cipriano Castro tiene un secreto

El diputado Cipriano Castro tiene un secreto

La Caracas de Andueza Palacios es bailadora. Al tiempo que las familias se prestan el hueso sopero, vale decir un hueso de res ya hervido para ver qué se le saca, tal es su pobreza, en la Casa Amarilla hay bailes una noche sí y otra también. Pero hay un diputado que se preocupa con seriedad del Laudo arbitral firmado por Antonio Guzmán Blanco con Colombia, es el diputado anduecista Cipriano Castro, hombre pequeño, cursi, de habla marcadamente andina.

Toman poco en serio a Cipriano Castro los señorones de Caracas, le dan conversa­ción o más bien le escuchan en la plaza Bolívar, cuando se acerca a decir sus frases grandilocuentes sobre la Patria, pero ni piensan en invitarlo a las tenidas del Club Venezuela como él quisiera, ni a sus casas, mucho menos. En este punto atienden a la norma social que pauta a los caballeros distinguir entre los amigos a los que se atiende en el recibo de la casa, con la esposa presente y se le presentan las hijas, y aquellos conocidos, no amigos, a los que se despide al llegar a la puerta de la casa, estrechándoles la mano y diciéndoles «mucho gusto», pero hasta ahí. De esos es el diputado Cipriano Castro. Qué fastidio cuando se da a hablar de sus glorias en el estado Táchira, de la carga de machete que hizo en Tononó y otras hazañas acerca de las cuales nadie le está preguntando.

Pero Castro posee un secreto. Y ese secreto tiene que ver con las cargas de machete que dio en Tononó y sus otras glorias andinas. Tras su frente abombada, crecida por la calvicie, se mueve un pa­sado de política y aventuras relacionado con el fondo del Laudo de Límites con Colombia porque el centro de sus andanzas ha sido siempre la autonomía de la región andina, una autonomía que, según ha escuchado decir desde niño, la haría vivir mucho mejor, pues ha­bría más riqueza, mucha más riqueza para todos los habitantes de allá.

Las ideas de autonomía de Castro se habían perfilado en el seminario de Pamplona, a donde su padre lo mandó a estudiar en 1871. O más bien en Cúcuta, pues se volaba del seminario, desatendiendo las clases para ir a escuchar a los oradores liberales.

En aquella Cúcuta se vivía el recuerdo sentimental de la república del Zulia del doctor y general Vicente Herrera. Se repetía su nom­bre y se añoraba su «Bella locura». También llegaba el eco de las valentías de Ve­nancio Pulgar, líder secesionista de Maracaibo, cuyo proyecto comprendía los Andes. Al partido militante por la separación del occidente respecto a Venezuela se llamaba Langostas y a él pertenecía Cipriano Castro. Los langostas corrían por las montañas del Táchira, matando soldados, a veces penetrando a los tranquilos poblados, incluida la capital San Cristóbal.

Castro metía a su celda del seminario pamplonés libros del poeta José María Vargas Vila que contenían denuncias del imperialismo norteameri­cano tanto como delicuescentes, sensuales y sentimentales cantos al amor que desafía las hipócritas leyes sociales y a la hipócrita re­ligión.

Ecos vargasvilianos se sentirán en sus discursos de orador. Ello sucederá contra Antonio Guzmán Blanco, denunciando las provocaciones que éste hace a Inglaterra en el diferendo sobre el Esequibo, con el cálculo —que escribirá— de que ésta invada a Venezuela por las bocas del Orinoco haciendo que los Estados Unidos “comprometan cinco mil hombres en la región”. Después de eso sería imposible sacar a los yankees de ahí, estarían hoy en el Orinoco, seguramente en el resto de Venezuela, en ejecución de la Doctrina Monroe original, que será objeto de otro artículo de esta serie, que reserva América para los americanos con exclusión de los ingleses.

Es bueno conocer esa versión de la Doctrina, tan vigente que intentó ejecutarla Donald Trump cuando colocó el barco de la Exxon en la región esequiba hace un par de años, conato que intentan adelantar hoy con bajo perfil Biden y la Exxon y surgirá permanentemente, acicateada por la escasez de petróleo derivada de la crisis de Ucrania.

Lo intentado por Guzmán era más peligroso que el robo de petróleo, aspiraba a la anexión de América del sur a los Estados Unidos, lo que alude sibilinamente en su folleto Limites de Venezuela con la expresión “hasta el remoto plata”.

Lo de los 5.000 soldados norteamericanos en el Orinoco no lo logró Guzmán pero dio a una empresa norteamericana la concesión del lago asfaltero de Guanoco a la empresa Nuew York and Bermúdez Company, a la que veremos armar una revolución contra Castro

Nadie me quita lo bailado

El 20 de febrero de 1892 quedó terminado legalmente el período de Andueza. Este lo estira 4 meses más y refrenda la medida dan­do rumbosas fiestas. El estirón molesta al general y expresidente Joaquín Crespo, que acusa a Andueza de continuismo. Eso le parece causa suficiente para derrocarlo. O tal vez todo ello es una máscara y el asunto limítrofe con Colombia ha motivado a Andueza al continuismo y a Joaquín Crespo a impedir éste.

En Colombia los tratos del presidente Miguel Antonio Caro con Guzmán habían sido rechazados en el Congreso bajo acusaciones de pretender la negociación del «sagrado suelo de la patria». El muy católico presidente no sabe leer significados en la palabra «sagrado» distintas a la denotación que el catecismo le coloca. Responde que el suelo de la patria no es sagrado como la hostia después de la consagración con la que él mejora su alma en la misa de los domingos y deberían mejorarla sus detractores, sino trozo de tierra con el cual el propietario puede intentar arreglos juiciosos.

Mientras tanto ya el levantamiento de Crespo ha colocado a la vista las precarias bases del edificio de aquel gobierno y ha puesto a correr agua entre ellas. Los anduecistas abandonan Caracas por la puerta de Antímano y por la de Petare, a caballo, con dinero y bastimento y a veces con la familia, para protegerla de venganzas. Andueza había huido después de declarar «Nadie me quita lo bailado». Tras intentar una resistencia en Táchira, Cipriano cruza la frontera, vivirá en Cúcuta los próximos ocho años.

Cuando regrese serán tiempos de presidencia de Ignacio Andrade. Es la famosa invasión de los sesenta, número de los integrantes de la tropa que en mayo de 1899 cruzan la raya fronteriza hacia Venezuela. En el Táchira se les suma gente, las tropas que envía el gobierno a combatirlos no muestran eficacia. Castro avanza como un cuchillo caliente cortando mantequilla sobre el mapa venezolano hasta Tocuyito, en las afueras de Valencia, donde habrá resistencia violenta, trágica, que creará la expresión” Valencia sí peleó”. Tras unos días de curación de una herida en una pierna, donde recibe a delegados de Andrade dudosos en la fidelidad de su mandante, parte hacia Caracas. La ocupa.

Fotografías hoy amarillentas muestran las mulas de la tropa castrista con las riendas amarradas a las rejas de la plaza Bolívar. Apenas se sienta en la mesa presidencial de la Casa Amarilla, Castro envía un telegrama anulando las credenciales de los representantes de Venezuela en las discusiones limítrofes que se realizaban en París. Participaban en ellas los delegados de Inglaterra, los de Venezuela, y el juez ruso Martens como tercero y neutral o supuestamente neutral.

La urgencia con la que Castro anula las sesiones parisinas dice que las conocía y las combatía, también debieron conocerlo a él en su nacionalismo los deliberantes de París porque apenas llegadas las noticias de la invasión, se aceleraron (y seguramente se aceraron) las discusiones y se llegó a la decisión que desde entonces es vista como escandalosamente antivenezolana.

Pero, atención, en vez de un venezolano representaba a Venezuela un norteamericano, hecho insultante para Venezuela pero expresivo de la realidad del enfrentamiento de Inglaterra y los Estados Unidos que llenaba los días. Venía de 1797, cuando Inglaterra tomó la isla de Trinidad, estuvo en la paz entre ambas potencias en 1815, en la formulación de la Doctrina Monroe, apareció como sugerido fruto continuador del robo norteamericano de la mitad de México, habitó los mapas dibujados por Schomburgk y la discusión donde Estados Unidos amenazó a Inglaterra con obuses de 8 pulgadas y ponía incendio en la correspondencia del embajador inglés en Caracas, Aagard, recogidos en el libro Diplomacia con cañones, de Miriam Blanco Fombona de Hood, donde el inglés denunciaba un plan de Andrade y el embajador norteamericano Francis B. Loomis, para endeudar a Venezuela con muchos millones de dólares colocándola en soberanía disminuida, gobernándola, y traicionando con ello la buena fe que se suponía normaba las relaciones de las dos potencias anglosajonas.

Un asistente de la delegación norteamericana, Severo Mallet Prevost, escribirá un memorándum narrando las discusiones de París para concluir con que se asignaron allí a Inglaterra territorios “sobre los cuales no tenía sombra de derechos”.

Alemania se siente potencia

Castro chocará con la Bermúdez Company, titular de concesión de Guzmán Blanco situada, da la casualidad, en la zona anexa a las bocas del Orinoco. La Bermúdez financiará la revolución Libertadora. Theodoro Roosevelt apareció tras la Bermúdez Company tendiendo a cumplir el proyecto de colocación de 5.000 hombres y una idea igual alentará en su enfrentamiento con Alemania durante el bloqueo. Ha permisado a Alemania una acción en Venezuela para sorprenderla con las manos en la masa y humillarla. Habilísimo manipulador de los enclavijamientos y rivalidades de las grandes potencias, Castro solicitó a Hertbert Bowen, el embajador norteamericano, la mediación norteamericana ante Alemania. Era la solicitud que Roosevelt necesitaba. ¿Era Castro sirviente de los norteamericanos? Tal pareció hasta que pocos días después de emitido el dictamen tribunalicio donde las acreencias europeas se bajaron en un 70 por ciento, multó a la Bermúdez Company en grado de expropiación para inmenso disgusto del hombre del gran garrote.

Vendrán las insultadas: “Pequeño mono villano”, dirá Roosevelt, “Usted es un gangster bien armado”, responderá don Cipriano al tiempo que acepta la adulación de los señorones del Club Venezuela y baila desaforadamente con las hijas de ellos, hablando mal de las potencias y desplegando una potencia sobrecogedora.

En 1908 la tensión con los Estados Unidos llega a punto de invasión, que Castro y Gómez evitaron montando la comedia de la traición gomecista. Gómez llamó a la flota norteamericana a La Guaira para garantizar el no regreso del jefe y firmó los tratados con el almirante Buchanan, colmo de indignidad. Esperarían la victoria de Alemania en la guerra que se ve venir a pasos de furia y que será la primera mundial. Los anigomecistas solicitarán a Wilson el derrocamiento de “la vergüenza de América”, como lo habían hecho los anticastristas ante Roosevelt. Radicalmente diferente, Cipriano despreciará la oferta que le trajo un almirante norteamericano de apoyarlo para invadir a Venezuela y tomar el poder con apoyo de la flota yanqui.

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