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La culoscopia de Rómulo Betancourt

Hay una anécdota de tiempos de presidencia a Eleazar López Contreras que vale la pena referir porque describe pintorescamente encuentro de generaciones y de estilos de aquella Venezuela de 1936 a 1940. Los protagonistas son Rafael Simón Urbina, caudillo falconiano famoso por sus alzamientos coloridos, fracasados y sangrientos, y Rómulo Betancourt, entonces un estu­diante muy marxista. Era 1929 y se preparaba un asalto al cuartel de la isla de Curazao y la invasión a Coro. Vivía Betancourt con otros estudiantes comunistas en una pensión de la isla, propiedad de unas hermanas Max, donde también habitaba Urbina. Siendo las diez de la mañana de un buen día estaban en el baño Betancourt, Miguel Otero Silva, Pedro Juliac y otros. Otero Silva se dio a bromear a Betan­court, parándosele atrás y moviéndose como si Rómulo fuera un homosexual pasivo y él el activo. Betancourt le respondía, acepta­dor. Eran sólo bromas, palabras, pero Urbina, que entró en ese mo­mento y ya le tenía a Betancourt gran antipatía, tomó lo visto y lo oído por artículo de fe y declaró a Otero Silva y Betancourt maricos, Otero el marido, Betancourt la hembra. Vinieron luego el asalto al cuartel curazoleño, el pase del grupo a Venezuela en son de invasión armada en la sierra de Falcón y el fracaso, que Otero Silva narraría en su novela Fiebre.

Muerto Gómez y vueltos todos a Venezuela y viviéndose la presi­dencia del general López Contreras, publicó Urbina un libro, Victo­ria, dolor y tragedia5, contando las aventuras vividas y presentándose como héroe. No fue que Urbina escribiera el libro, él no tenía ciencia para eso, sino que le fue diciendo a un doctor Cedillo, que sí la tenía y era su amigo, «pasó esto y pasó esto otro. Póngalo ahí». El doctor escribía, leía en voz alta lo escrito, corregían y después le «espolvoreaban» a las páginas unos puntos y comas. Así salió el libro. Los enemigos del doctor dijeron que el libro tenía una prosa dispéptica, pero circuló Victoria, dolor y tragedia por Caracas y en toda Venezuela.

Se acostumbraba en un libro de esta especie, acusar a los enemi­gos y mostrarlos bajo luz mala, de modo que Urbina presentó a Miguel Otero Silva como cobarde, en la parte de Falcón, cuando desembarcaron, y, tras pintarlo huyendo, añadió como colofón del párrafo: «Iba quizá tras los amores de Rómulo Betancourt que en horas de relajación vivió en Curazao y tuve ocasión de presenciar».

Betancourt introdujo en un tribunal de Caracas una acusación contra Urbina. Al llegarle la citación a éste, interrumpió el desayu­no que estaba tomando y que debe suponerse de suero coriano y arepas cocinadas en ceniza, se metió el papel doblado de cualquier manera en el bolsillo del paltó y se fue a la oficina de Cedillo, que era abogado, amén de escribidor de libros, y le espetó:

—¡Doctor! ¡Rómulo Betancourt me va a quitar hasta los zapatos por culpa suya! ¿Cómo arreglamos esto?

Un «por culpa suya» de Urbina no era para ser tomado a risa. Ya le había retirado las tripas a miles en la sierra de Coro. El legista calmó el susto en el corazón y respondió:

—No se preocupe, general. Eso lo vamos a arreglar.

El día de la audiencia las cosas se desarrollaron de acuerdo con la cadencia normal. El abogado de Betancourt introdujo un legajo, que leyó en voz alta, donde anunciaba la anexión de una copia de un libro titulado Victoria, dolor y tragedia, edición de fecha tal, en cuya página número tal, párrafo tal, aparecía una afirmación inju­riosa para el señor Betancourt que se abstenía de transcribir por respeto a la decencia del tribunal. Le tocó la palabra al apoderado del señor Urbina, el cual contestó:

—La inserción de esa nota en el libro en cuestión es cierta. Y hay más, mantenemos las afirmaciones allí formuladas.

Esto no se lo esperaba el juez, tampoco Betancourt, ni su abogado, ni nadie. El doctor Cedillo aprovechó el silencio para añadir:

—Y dado que para todos es indispensable una definición inape­lable de los hechos, solicitamos que se proceda a una verificación in situ.

Las palabras en latín dieron paso a la definición en castella­no de la proposición del jurista:

—Solicitamos que se realice una experticia anal al señor Betancourt.

¡Betancourt no podía permitir esto! Estaba rojo de la rabia. Agarró su sombrero y echó a caminar hacia la puerta del tribunal y desapa­reció con un mal tirón de puerta, dejándole al abogado el trabajo de pedirle al juez el retiro de la causa y aceptando el pago de las costas. La cosa se quedó así.

Es de suponer que Betancourt se dio a madurar la venganza. La conversaría con Raúl Mestre o Tortolero, que fueron sus hombres para esa clase de cosas toda la vida, pero exteriormente no se le veía nada, cruzaba la calle tranquilo. Pero aconteció que Ote­ro Silva se encontró a Betancourt en una calle del centro y le dijo, riéndose de lo del juicio, que había conocido por el periódico:

—Ajá, eres mi hembra.

Betancourt juró que iba a matar a Urbina, aunque Otero Silva le decía:

—Pendejo. Tú vas a ser presidente de la República y Urbina no es nadie. ¿Cómo se te ocurre ponerte de pico y pata con él?

¿Nadie? Bien que reivindicaban a Urbina los enemigos de Betan­court, que ya entonces los tenía. Se asociaban para contar el cuen­to, lo bautizaron como el de «la culoscopia». Y lo bordaban de detalles: que si el juez ordenó que se hicieran pruebas con uso de tiza; que si funcionó como un sello de cau­cho; que si ello fue imposible porque carecía de presión. La burla era interminable en aquella Caracas todavía pueblerina, en la que circulaba el general Soler en su jeep descapotado, respondiendo los saludos, calvo, gordo y reído, llevando en la mano izquierda un vaso lleno de whiskey al tiempo que en el brazo derecho, que iba desnudo, se hacía visible una aguja pinchada, que descendía de una bolsa de suero fisiológico y usaba todo el día por orden de su médico, para controlarle la diabetes.

Otro episodio diario era el del duque de Rocas Negras, ciudada­no que cruzaba la Plaza Bolívar a las cuatro de la tarde, vestido impecablemente, todas las piezas del mismo color, pero en una variante. Por ejemplo, si el flux era verde claro, la corbata era verde un punto más oscuro, los zapatos —de cuero de cocodrilo, brillan­tes— verdes más oscuros aún, los calcetines de un verde diferente y el sombrero de otro tono de verde. Al día siguiente desfilaba de marrón, y así. Vito Modesto Franklin, como se llamaba el duque en la vida civil, era alto y buenmozo y había obtenido la fortuna que le permitía ese vivir a base de las viudas ricas, a las cuales visitaba vistiendo la sotana del sacerdote. Les comentaba su preocupación por el degradamiento de las costumbres, manifiesto en la cantidad de parejas que vivían en concubinato, unidas por el deseo carnal, que siempre fenece, y sin los santos auxilios del matrimonio ecle­siástico. Causa de ello y otros alarmantes desarreglos de la sociedad era, según él, la falta de un templo digno, grande, que hiciera sentir al Señor que estaba en su casa. Les decía estar dispuesto a entregar su vida a una recolecta que apenas iniciaba con ellas para, aunque fuese ya viejo, ver la inauguración de esa magna obra sería su alegría final. De aquella iglesia no se conocieron ni los cimientos, en su lugar se había construido el teatro Montecarlo, bonito, con grandes pinturas de bailes en las paredes, inaugurado el año 32. Se realizaban allí actos nada santos. Célebre fue aquel donde el duque se exhibió sin camisa, acostado boca arriba, mientras Rafael Guinand y otros de la misma estofa, le vaciaban champaña sobre el ombligo, desde altura que facilitaba la vista al público. Cada tanto interrumpían el chorro para que la actriz Lydda Puti, de visita en Venezuela, bebiera allí, tras lo cual, excitada y hablando mitad en español, mitad en italiano, proclamó que Vito Modesto Franklin tenía el ombligo más bello del mundo.

Betancourt y Urbina maduraban sus respectivas vidas, que se encontrarían otra vez con la muerte de Carlos Delgado Chalbaud.