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La revolución del 4 de febrero, frustración de la secesión del Zulia (4)

Volvamos al lago de Maracaibo y al proyecto de construir allí un Puerto de aguas profundas. No todo eran documentos técnicos para especialistas; tiempo antes ha nacido en Maracaibo una agrupación llamada «Nueva Autonomía Regional», cuyo lema es «Llegó la hora del regionalismo en un proyecto de poder». Sus líderes toman como modelo el Quebec canadiense y Cataluña. El de estas regiones es el estatus que dicen desear para la región zuliana. «Sin embargo —según declaran sus líderes a El Nacional— el movimiento no es separatista». Al contrario, se puede mantener la actual estructura político-económica, replanteando «la gobernabilidad administrativa del Zulia sobre sus propios asuntos». 

Es, supuestamente, el ideal del prócer de la Guerra Federal, Ezequiel Zamora, traducido a este final de este siglo. Y en verdad, en su levantamiento de 1846 Zamora exponía la federación como la caja de donde saldrían para Venezuela todos los bienes. A la hora de la guerra su federación será fundamentalmente social, pero queda aquella muestra de intención. El separatismo —afirman los líderes del movimiento— es una medida extrema que sólo debería ser tomada si el poder central se pone necio. Hay amenaza. Y como quiera que la rebeldía contra el poder que se pone necio requiere armas, y no precisamente trabucos naranjeros, hay que mirar quién puede proveerlas.

Desde hacía años se escuchaba en el Zulia una gaita: 

«Se quedaron con la plata 

y se echaron a reír

pero les puede salir

el tiro por la culata».

Cualquiera pensaría que hablaba de los políticos de Acción Democrática y Copei, pero tal vez los que se quedaron con la plata sean los venezolanos no zulianos, a juzgar por la reflexión implícita en la copla siguiente: 

«Maracaibo ha dado tanto que debiera de tener…

carreteras a granel, con morocotas de canto» 

debiera tener Maracaibo, según la canción. Esto recuerda las ofertas de los secesionistas de Panamá en 1903: calles con piso de oro. Y en verdad, para eso y mucho más daría la riqueza dimanada del canal a construir pero cuando 86 años después, justamente en aquel 1989, los Estados Unidos invadieron el micro-país para evitar la reversión del canal a propiedad panameña, corrieron por el mundo fotografías de soldados norteamericanos avanzando por los barrios miserables de la capital. Las grandes botas pisaban tablas atravesadas sobre agua nauseabunda. Ni un gramo de oro en ese pavimento. Otra cosa fue, desde luego, para la oligarquía panameña, ésa sí pisó oro y lo tocó. 

Es lógico que las oligarquías regionales se hayan metido en maniobras separatistas con frecuencia. Por ejemplo, el general colombiano Virgilio Barco, abuelo del presidente de Colombia y bisabuelo de una canciller colombiana de los años 2000 iniciales, participó en la «República del Zulia» de los años 1900-1902 y después en la de 1926-1929 desde una hacienda de su posesión, limítrofe con Venezuela a la altura del Táchira y en la cual reside la famosa Concesión Barco de petróleo. La negoció con la Standard Oil, que es la propietaria hoy. Pero algo debe quedarle a la familia, porque cuando Virgilio Barco nieto fue electo Presidente de Colombia en los años ochenta iniciales, unos abogados demandaron ante la Corte Suprema la nulidad de la elección por tener el hombre doble nacionalidad, colombiana y norteamericana. Virgilio Barco era presidente de Colombia cuando Carlos Andrés Pérez ejercía su primer gobierno y dilapidó un presupuesto enorme, creándole a los Estados Unidos poder para imponer el neoliberalismo en ese su segundo gobierno y ejecutar la República del Zulia

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