InicioJabón de olorLas dos Doctrinas Monroe, de 1823 a Donald Trump (2)

Las dos Doctrinas Monroe, de 1823 a Donald Trump (2)

René de Chateaubriand había sido ministro del Interior del corto gobierno que Napoleón Bonaparte instalara tras huir de la prisión de Elba y en ejercicio de esa alta posición, narra, presenció la batalla de Water­loo, donde fue definitivamente derrotado su jefe. Ese día fraguó un plan de «salvación de Francia» que vendría a ser el origen de la Santa Alianza, o uno de ellos y a largo plazo de la Doctrina Monroe en su versión segunda, como se verá. Las potencias vencedoras se disponían a partir a Francia en cuatro partes para ponerle definitivo fin a su rol como potencia de nivel europeo pero, afirma Chateaubriaand en tono de revelación, Alejandro Primero, zar de Rusia, frustó esto con el respaldo del ejército ruso de cien mil hom­bres, enorme para aquel entonces. Francia mantuvo las fronteras que tenía antes de las guerras napoleónicas y el rey Borbón exilia­do, Luis XVIII, regresó, se sentó en el trono francés e inició su gobierno.

En 1821 Chateaubriand es nombrado embajador de Francia en Londres. Presenta sus credenciales diplomáticas ante el vizconde de Castlereagh, Primer ministro inglés. En principio embajador y ministro no debieron tener mucha coincidencia porque Cast­lereagh calificó a la Santa Alianza como una combina­ción política dominada por el «non sense».

Castlereagh había hecho diligencias monárquicas en la América española y no es exagerado pensar que Chateaubriand va a Londres a lograr el apoyo británico, más o menos disfrazado de neutralidad, para la operación sobre España que prepara y que, al igual a la que hiciera Napoleón en 1808, visa en definitiva a las colonias rebeladas.

Es su gran plan, la acción se decidirá en un Congreso llamado a reunirse en Verona.

Pero he aquí que estalla un escándalo en Londres: Castlereagh se suicida.

Un rumor parece brotar de las paredes de la City, crece, se habla de que lo encontraron en una habitación con un hombre. Los que lo defienden de las acusaciones de homosexualidad afirman que tenía gran afición por las prostitutas y una noche volviendo del Parlamento encontró una que le resultó especialmente atractiva. Una vez acostados resultó que era un hombre y los cómplices de éste irrumpieron y le exigieron dinero para guardar silencio. Cast­lereagh habría cumplido con sus exigencias, pero los chantajistas amenazaron con hacer públicas sus acusaciones. En una audiencia con el Rey días después, describe Emilio Ocampo en La última campaña del emperador, el ministro se mostró extremadamente agitado y expresó temor a ser arrestado bajo «los mismos cargos que el obispo de Clogher». El rey le aconsejó que tomara unos días de descanso pero de regreso a su casa se cortó la garganta con una navaja. Además de la vergüenza que la exhibición sexual significa en una sociedad puritana, se implicaba la suposición de que las decisiones atinentes al destino del reino inglés eran susceptibles de presión subrepticia. En todo esto hay que atender a Chateaubriand, casi tan señalado como homosexual como famoso en cuanto poeta. Corren rumores de que eran amantes.

Rápido y eficaz encubrimiento

 Los crímenes de estado reciben rápido y eficaz encubrimiento, el suicidio o asesinato del primer ministro se trabajó así. Se encarga como nuevo Primer ministro, George Canning, enemigo público de Castlereagh, con quien se había batido en duelo diez años antes. La Enciclopedia Británica afirma que lo que de ahí en adelante hizo Canning era lo mismo que se proponía Castlereagh y que ello pue­de constatarse en los documentos del primer ministro muerto. Es posible, pero resulta muy oportuno ese archivo contrastante con lo opuesto que fue la política de Canning respecto a la de Castlereagh.

No hay paz en Europa, repiten los ministros y soberanos asisten­tes al Congreso de Verona. En el libro Congrès de Vérone, Chateaubriand destaca el interés que desde el origen de este evento —en meses que coinciden, seguramente no por casualidad, con la conferencia de San Martín y Bolívar— hubo más allá de problemas ideo­lógicos, interés en colocar «nouvelles monarchies constitutionnelles et bourboniennes en Amérique». Acota que «el comercio del Nuevo Mundo no debe ser dejado a Inglaterra y Estados Unidos». Pero añade «No podemos pasar sobre España». Inglaterra fue adver­sa, por instrucciones de Canning, a la invasión a España que se preparaba, ofreciendo sólo apoyo moral. Austria se colocó al lado de Inglaterra, Rusia apoyó a fondo el proyecto chateaubrianesco. Es un nuevo jugador sentado en la mesa.

«Inglaterra habla de no intervención pero interviene a favor de Grecia en la guerra de los Balcanes y contra España en la América española», escribe el canciller poeta, y añade que el gobierno de Rafael del Riego en España es una dictadura militar liberal impuesta contra la voluntad nacional, que es muy adicta a Fernando VII. Vuelve sobre la ne­cesidad de garantizar a Francia y a Europa en general el comercio de la América española. Los preparativos para la invasión al «foyer de jacobinismo español» son urgentes, en carta fechada en noviembre de 1822, mientras concluye el Congreso de Verona, señala: «Si se dan seis meses de plazo a Inglaterra se coge Amé­rica».

Los enemigos de Chateaubriand están movilizados en París, ru­moran que la guerra del vizconde y poeta «es venida del otro lado del Rhin», que en ella Francia será un simple objeto, hablan de una facción mística, facción que no tiene nada de francesa. ¿De qué hablan? De momento, Chateaubriand responde a sus críticos calificándolos de peones británicos. Y para apoyar la intervención que planea, declara «¿No interviene Inglaterra al amenazar como lo hace cada día, con reconocer la independencia de las colonias españolas?». Pero no sólo periodistas o diputados combaten a Chateaubriand, el mismísimo rey parece adversar sus proyectos. Chateaubriand lo acota aparentemente sin comprender que está lanzando sospechas sobre sí mismo porque un ministro adver­sado por el rey sólo puede mantenerse en el cargo por el apoyo de una fuerza superior a la del rey o por lo menos equivalente. ¿Cuál puede ser? Su prosa se desvía inconscientemente hacia la verdad que en otras páginas afirmará no poder decir. Al menos una parte revela al narrar en la página 106 su conocimiento con el zar Alejandro I Romanoff, que será su socio en el proyecto sobre América, socio muy potente. Apenas al conocerse, hecho que debió suceder poco después de que Alejandro salvara la existen­cia de Francia, intercambiaron opiniones sobre la reunión de las dos iglesias, la ortodoxa rusa y la católica romana. Era enorme el sujeto tratado, mucho más de lo que aparece ante los ojos poco religiosos de hoy. Enorme y peligroso porque significaba unión de Rusia y Europa, cosa que conllevaría alteración de los equili­brios del mundo, empezando por un factible marchitamiento de Roma como capital religiosa de Europa. Y combinada con la unión religiosa vendría la unión política o, para decirlo en el lenguaje de los iniciados, «la Tercera Roma». (La idea, como ve­remos, tiene futuro, reaparecerá como tendencia a la reunión ruso francesa contra Alemania en las guerras mundiales y en tiempos de De Gaulle y en los actuales días de 2023 angustia como racionalización de los enemigos de Rusia en la guerra de Ucrania. Pusieron  en Ucrania dieciséis laboratorios de fabricación de toxinas para envenenar a Rusia pero hablan de extensión eslava sobre Europa, proyecto que si existió algunas veces hoy no parece estar planteado. ¿O lo está?

Endeudamiento hispanoamericano en libras esterlinas

Tan cerca de la proclamación de la Doctrina como lo está el 5 de octubre de 1823 del 2 de diciembre de ese mismo año, Chateaubriand instruye al príncipe de Polignac, embajador francés en Londres, sobre la manera de res­ponder a Canning una propuesta sobre América Latina que éste ha hecho:

«En el presente nosotros sólo podemos declinar su proposición. Ella es en sí misma un poco odiosa, por demandarnos entrar en un pacto con Inglaterra para despojar a España de sus colonias, en tanto que noso­tros combatimos por la libertad de su rey. Es un juego doble, que la Francia es demasiado noble para jugar.

Pero —añade, olvidando su demasiada nobleza— al re­chazar la proposición es necesario hacerlo con una gran mesura y una gran cortesía, es necesario incluso no ce­rrar rigurosamente toda vía a una negociación futura, porque es necesario prever el caso de la posible locura de Fernando y que el entendimiento español no quiera ningún arreglo sabio sobre esas colonias, caso en el cual la Inglaterra, tomando su partido, forzara a Francia a tomar el suyo. Pero todo esto manteniéndose usted en su punto, haciendo sobre todo entender que la cues­tión de las colonias es una de las mayores, que debe ser tratada en común con todos los aliados, y donde nadie debe hacer beneficios particulares. Esta manera franca embarazará mucho a Inglaterra que temerá enredarse (en guerras) en el continente».

Por «el continente» Chateaubriand decía «Europa», por «guerra» la guerra de Francia con  que amenazaba. Todo esto es reparto de la América hispana, como si Bolívar y Sucre no existieran.

El 7 de octubre de 1823 escribe a monsieur Talarú, embajador en Madrid, que «es necesario tranquilizar a Rusia, porque Austria e Inglaterra hacen todo lo que pueden por separarla de nosotros». Y más adelante:

«Las Cortes han reconocido, en nombre de Fernando, la independencia de la republica de Buenos Aires. Note que Canning, que nos pide entrar en negociaciones con las colonias españolas, tenía eso y se preparaba a re­conocer la independencia de esa colonias diciéndonos que habían sido ya reconocidas por el rey legítimo».

            En las páginas 356-358, Chateaubriand narra un hecho que muestra el gran conflicto que actuaba dentro de su política: el zar Alejandro le envía con las felicitaciones por su triunfo en España, que ha ocupado con un ejército llamado “Los cien mil hijos de San Luis”, el Cordón de San Andrés, máxima condecoración que concede Rusia y esto genera los celos de Luis XVIII. Preocupado, Chateau­briand pide al zar que otorgue un cordón igual a Villele, el Primer Ministro, para calmar las cosas. El Romanoff lo complace pero, anota el poeta, eso será inútil. «Francia puede pelear con Inglate­rra», insiste contra la opinión de Villele.

Y se ocupa de dinero. La página 361 está llena con las cifras de América, que toma del escrito de un Jerónimo Ustáriz. Más ade­lante afirma:

«Se ha dicho que la invasión francesa a España perdió las colonias y las lanzó en manos de Gran Bretaña, pero si yo hubiera seguido en el poder las colonias no se hubieran perdido».

Es una petulancia que si fuese verdad mostraría un mundo de fuerzas que le apoyaba, pero sólo a él, no a Francia incondicional­mente. Pág. 363:

«Ya en mi viaje a América señale que la manera ideal para las colonias era transformarlas en reinos represen­tativos bajo príncipes de la casa borbónica. Estimamos la forma monárquica más conveniente a esas colonias que la forma republicana…/…La monarquía represen­tativa tiene medios apropiados al genio español, al esta­do de las personas y las cosas».

Vuelto al tema de si él hubiera restado en el poder, afirma:

“…tenemos todos los elementos para creer que esas colonias se hubieran alineado en nuestros planes”.

Esta frase es la más cercana a la afirmación definitiva —que nunca hace— de que contaba con seguridades de Bolívar y San Martín de aceptar las coronas o la colocación de príncipes de la casa francesa en tronos.

Las fricciones entre Francia e Inglaterra por el manjar hispanoamericano conducirán a la alianza británico-norteamericana, forma segunda de la Doctrina Monroe, que en la primera, original y más salvaje gritaba “América para los americanos”.

En el próximo artículo se explica la nuez de la oferta francesa.

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