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Llega la Parusía 

Cristóbal Colón, detenido con sus barcos ante una de las bocas del río Orinoco, escribe a sus reyes católicos, Fernando de Aragón e Isabel de Castilla, ponderando la vegetación preciosa de la costa de Paria y la suavísima temperancia de la tierra, y agrega acerca de las personas:

«Certifico a sus altezas que no existe mejor tierra ni mejor gente: aman a su prójimo como a ellos mismos y hablan la lengua más suave del mundo».

Concluyendo, afirma que «grandes signos son estos del Paraíso terrenal». Colón no hace la metáfora de un sitio bonito, como podría pensar nuestro tiempo descreído. No, el almirante notifica su llegada a un objetivo de conquista, a un punto concreto y real de su viaje, punto geográfico, pues para él el Paraíso Terrenal es perfectamente terrenal. Y es punto evidentemente interesante para el Rey y la Reina que le han encargado explorar las regiones del mar Océano, descubrir y tomar posesión, en nombre de ellos, de los territorios que encuentre. El informe de Colón es militar aunque no refiera las características ideales de cabeza de playa que tiene la zona para una conquista territorial grande. Tampoco nombra sus virtualidades como sitio donde algún día se abrirá un gran puerto. Ello es obvio, tratándose de la boca de un gran río. Otro tipo de razones tiene Colón para el entusiasmo. Este hallazgo del Paraíso corona la más grande conspiración de la historia —de la que ya participara el Dante Alighieri—, conspiración centrada en la Parusía, vale decir, en la segunda visitación de Cristo a la tierra. Cristo fue el Mesías, a la espera de su regreso se llama expectación mesiánica. 

En este Paraíso habitaban, según podía colegir un hombre de esa época leyendo a santos y abundantes doctores de la escolástica y a autorizadísimos geógrafos de la Antigüedad, las diez tribus perdidas de Israel, tribus cuyo destino y escondimiento estaban imbricados al nudo central de la historia y descritos en el Antiguo Testamento.

  El mundo se anudó así: Nabucodonosor II, rey asirio1, en una campaña de conquistas asoló a Israel, destruyó el Templo, apresó a las tribus judías y las llevó encadenadas a Babilonia, «la ciudad portento, la más bella concebida por el hombre y por la fantasía del hombre», podría decir la cosmovisión de Colón. Pero no siendo perfecta ninguna felicidad, brotó un sueño en Nabucodonosor, un sueño repetido, del que despertaba sin saber la anécdota y menos aún el significado, recordando únicamente que había sido angustiosísimo.

Llamados los sabios babilónicos y derrotados por las preguntas del rey acerca de su sueño, sólo Daniel, uno de los prisioneros judíos, pudo describir sus figuras: aparecía caminando un gigante por un campo en tempestad. Cuatro partes hacían al gigante y a cada una formaba un metal: la cabeza de oro, el pecho de plata, las piernas de bronce y los pies de hierro y barro. También desbrozó Daniel lo que el sueño escondía: el campo era la historia universal, las cuatro partes humanas mostraban los cuatro imperios que habría en la historia. Durante esa larga época, comenzada justamente por Nabucodonosor con la destrucción de Israel y del Templo y con aquel cautiverio babilónico, sufriría castigo el pueblo de Israel. Era castigo justo, por haber caído una de las tribus en pecado de antropofagia y haber desoído la enseñanza. 

Acaso parte del castigo fuera la desaparición de diez de las doce tribus que habitaban Israel cuando llegó Nabucodonosor. Así fue, sólo dos regresaron del exilio babilónico, las otras diez desaparecen inexplicablemente de la historia. La fantasía las encontraba en Turquía, con el nombre de reino jázaro, de donde nacieron los ashkenazim de Europa oriental y central. Otros las hallaban en China, con el nombre de Dinastía Yuán. Otros las veían más lejos, en un reino antípoda del europeo, al cual nadie había visitado. 

Tras el imperio asirio vino el persa, que fue el segundo, luego el imperio romano, tercero, luego un cuarto, acerca del cual discutían los sabios sin ponerse de acuerdo en cual había sido pero que varias cosas indicaban haber sido el Sacro Imperio romano germánico. Un día advendría el Quinto imperio. Para ello reaparecerían las tribus desaparecidas, concluiría con ello el caminar del hombre soñado, llegaría el fin del período de castigo de los judíos y la segunda visita del Mesías. Se llama Parusía a esa segunda visita. La esperaban todos los judíos y no pocos cristianos, incluidos papas, y sería iniciación del Quinto imperio, un reino judío sobre el mundo, un período de felicidad de mil años, tras los cuales llegaría el fin de los tiempos. 

Colón cree que los aborígenes que ve en la playa de Paria son los miembros de las diez tribus desaparecidas, cree estar iniciando la Parusía.

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