InicioJabón de olorMiranda en el salón de Madame Tallien y banca

Miranda en el salón de Madame Tallien y banca

Interesantemente contradictorio aparece que Miranda fuera un habitué del salón de madame Tallien, sede del banquero Ouvrard, el máximo rico de la economía de España, que saldría golpeadísima si él triunfaba. Quizá de eso nació la impresión que de Miranda tuvo Napoleón Bonaparte, frecuentador también de aquel salón, como un doble agente, británico y español. Impresionó a Bonaparte que Miranda viviera como un nabab. A la vez lo caracteriza como un Quijote sin locura. Bonaparte figura entre la gente que en esos salones se revolvía. Era un general joven y pobre. 

Todo respiraba España en el salón Tallien, empezando por la Tallien misma, nacida en la península. Manuel Cabarrús, su padre, era el presidente del Banco de España, con Cabarrús negociaba Ouvrard de la manera siguiente: debido a que el bloqueo inglés le impedía a España recibir la plata mexicana y el oro peruano, la sal venezolana y otros cien productos de América, España se veía a punto de colapso, se salvaba de él con los préstamos de Ouvrard, que cuando por fin llegaba un cargamento, cobraba con muy grande ganancia. 

En las noches de eterna fiesta del salón Tallien se bebían vinos cuyo costo por botella era el de una casa, mientras afuera rugía la hambruna que asolaba a toda Francia. 

El anterior marido de la Tallien se había elevado desde un origen muy mediano mediante una criminalidad ejercida en tanto comunal del partido jacobino. Incondicional de Robespierre, como carcelero tuvo entre sus prisioneras a la Cabarrús pero cayó irrevocablemente enamorado de ella. Un día ella le entregó un sobre en el cual iban un puñal y una carta en la cual le decía: “Clava este puñal al tirano y tendrás mi corazón”. Tallien clavó el puñal a Robbespierre acelerando la revolución de Termidor y asistía con pleno derecho al salón de la que fuera su esposa. Se decía que había vendido la bella mujer a Ouvrard como se vende una vaca.  Se veía que continuaba enamorado de ella y tal vez no se frustraba porque Ouvrard estaba muy ocupado en sus altos negocios. Alexander Humboldt era un asistente muy respetado del salón Tallien, debió conocer a Miranda, debieron hablar pero nada se sabe al respecto, en el archivo de Miranda, impreso en dieciséis tomos, no figuras cartas intercambiadas entre los dos hombres, cosa llamativa.

Miranda triunfa en la batalla de Valmy contra el ejército tenido por el mejor del mundo. Pero la victoria tal vez ha sido más política que militar. Parece haber sido un cañoneo con poca riña, lo cual tiene sonido de arreglo masónico. El artículo Valmy de la micropedia de la Enciclopedia universalis afirma que los austríacos no tenían interés en ganar sino en devolverse pronto a su país, a vigilar de cerca a Polonia que, si ellos se demorasen en Francia —se «empantanaran», diríamos hoy— podría ser invadida por Rusia, cuya emperatriz Catalina, la grande, hace el papel de reina en este ajedrez y está muy alerta a las oportunidades que la revolución en Francia le abre. Otra cosa que combina en este cuadro es el status de oficial de la diplomacia rusa que Catalina la grande había conferido a Miranda. ¿Cómo jugó la rusidad depositada en el general indiano en aquella encrucijada con sabor a siglos? ¿Estaba tendido un hilo invisible y excepcionalmente extenso entre Miranda y San Petersburgo? ¿Lo había colocado el propio Miranda en los monarcas europeos que visitó durante el grand tour que desembocó justamente en San Petersburgo?

Wolfgang Goethe venía en la retaguardia austríaca y, además de descubrir en aquellos días el pan francés —«blanco, el mejor del mundo»—, escribió sobre estos episodios un libro: Campaña en Francia. Dirá a los soldados que participaron en la batalla: «Hoy se ha hecho historia y ustedes han estado presentes». Tal vez se refiere al continente democrático que tuvo la acción bélica, porque el ejército francés fue popular, improvisado, sólo movilizado por la emoción revolucionaria, mientras que el austríaco era el mejor armado y más disciplinado de Europa. ¿El autor de Fausto piensa al hablar así, en estos componentes sociales o en otros más lejanos?  

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