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Renovación universitaria, coletazo del Mayo francés 

En tiempos de Caldera uno aparece la Renovación universitaria. Fue un coletazo del Mayo francés y fue lógico y necesario que brotara en la Universidad Central de Venezuela, que era entonces caja de resonancia de la inquietud de la izquierda que buscaba un cami­no. Varios de los signos de lo que será el MAS se anuncian en el proceso de Renovación. Al describirlos, esta narración se colorea­rá ocasionalmente de inmediatez en la vivencia de los episodios, manteniéndose histórica en lo esencial.

El rostro con ojos de Cristo del Che Guevara, rodeado por la barba sin poda ni afeite, perfectamente negra, tocado con la boi­na, condensó para la conciencia universal la seducción romántica de la revolución, más barbuda que creyente en la lucha de clases, habitante de los campus universitarios, incluso los estadouniden­ses, donde incendia banderas de las barras y las estrellas en crítica a la guerra de Vietnam, sacrificadero de jóvenes norteamericanos por el ansia de cúpulas sin otra religión que el dinero y el poder.

El afiche es el arma favorita de este movimiento, afiche del Che, afiche de Marx, también barbudo, afiche de Fidel. También co­noce ese honor litográfico Herbert Marcuse, filósofo universita­rio que ha adobado el marxismo con la idea psicoanalítica de El malestar en la cultura. Marcuse, un viejito con aspecto de ésos que uno se encuentra en la venta de quesos de la banlieu parisina, es el héroe de los jóvenes que paralizan la universidad de la Sorbona y convierten los tallados adoquines de las calles de París en proyec­tiles rompecráneo. Los cráneos que buscan son los de los policías franceses, ásperos por definición y que dan la batalla defendiendo al régimen de Charles De Gaulle cuando se forma la «bagarre». La recomendación marcusiana es un anarquismo con nuevo nombre, opuesto a toda autoridad, a la que llaman establishment oradores que incorporan groserías, localismos y el capricho. Más radical y más joven y más propagandísticamente judío es otro filósofo, Daniel Cohn Bendit, «Dany el rojo», y también milita ahí Regis Debray, a cuyo nombre nimba su participación al lado del Che Guevara en Bolivia. Todavía no se asocia a Debray con la localización del héroe por las tropas bolivianas ni con el muy trilateral presiden­te Françoise Mitterrand, como sucederá después, tampoco Cohn Bendit ha mostrado sus pulsiones hacia la Nestlé company.

Los marcusianos están a millón, han descubierto que sólo los mar­ginales, el lumpen proletariat que Marx repudió, pueden hacer la revolución, pues los obreros están alienados por la seguridad social keynesiana del capitalismo. Esto es una nueva y cabal diferencia con el comu­nismo —establishment soviético—, que tiene a la clase obrera por incorruptible, inconmovible y santa protagonista de la revolución. En todo esto hay mucho de trotskismo, como lo había en Gue­vara, en cuyo maletín de prisionero se encontró un libro de don León, y como lo había en la ultrarrevolucionaria idea del foquismo. Se jerarquiza la imaginación en esta segunda Revolución Francesa: «La imaginación al poder», dicen las pancartas por miles. Otras gritan: «Tomemos el cielo por asalto».

Entre los jóvenes que corrían por las calles de Saint Michel va un venezolano, andino por más señas, llamado Bartolomé Sánchez. La francesita que lleva del brazo aparecerá en la década siguiente como preciosa protagonista de películas. Después, la «cinquecen­to» de Sánchez y su novia se empata detrás del conjunto The Beatles, que ofrece un concierto en París, y los sigue por Europa asistiendo a sus presentaciones, hasta Londres. Con los lentes estudiadamen­te baratos de John Lennon —son los que da gratuitamente la segu­ridad social británica—, su música evolucionada y calibradamente desgarbada, los Beatles son otro icono de la rebeldía radical que mueve al mundo en aquella época. Sánchez viajará a Venezuela justo a tiempo para inscribirse en la Escuela de Estudios Interna­cionales, adonde lo veremos introducir el rebeldísimo bacilo mar­cusiano, con poéticos resultados.

La UCV agarró a dos manos la idea de «La imaginación al poder», y acaso donde se la asumió con más pasión fue en la Dirección de Cultura. Imposible olvidar las asambleas revolucionarias donde las arengas del pintor Jacobo Borges —sentado sobre el escritorio del director, las piernitas colgando— hilaban mucho Marcuse y mucho Einsenstein y siempre terminaban con la toma del Palacio de Miraflores, en escena notablemente parecida a la ídem del Pa­lacio de invierno. Allí aparecieron Ludovico Silva, Heinz Sontag, Oswaldo Rodríguez, sociólogo; Gustavo Rodríguez, entonces ac­tor del Teatro Universitario, muy parecido al Che Guevara; José Ra­món Márquez, Ruth Santander, Augusto Dugarte y Haydée Machín, guerrillera recién bajada de la montaña, cosa que sabríamos veinte años después. Nicolás Curiel, director del Teatro Universitario, al escuchar a Machín en una intervención, le premonizó un mal futuro: «Es el tipo de ser puro al que los políticos profesionales sacrifican». Curiel era muy sabido, demasiado. A la vez, y curiosamente, no se dejaba dominar por esa sabiduría. Nada de cazurro había en la conducta exterior de aquel director escénico que había traído a Ve­nezuela, confundidas en las ideologías teatrales de Bertolt Brecht, las de Constantin Stanislavsky y Jerzy Grotowsky. La veneración por lo nuevo, la idolatría del talento, el desprecio por los «cuadra­dos», que hacían de la revolución broquel de sus propias represio­nes y miedo a la novedad, lo hacían el padre ideológico del MAS, que aún no había aparecido, aunque inútilmente se lo buscará en la historias de ese partido, del que ni siquiera fue militante.

Los profesores cuadrados miraban con alarma aquella revolución que no pedía línea al Comité Central y era acaudillada por varios de los «loquitos» expulsados del comité y del Partido. Aquellos jóve­nes barbudos citaban a Marx pero, caramba, un joven Marx anar­coide, que la Academia Soviética borró en un trabajo de años de expurgación, produciendo una bien empastada versión que ellos tenían en la biblioteca de su casa y leían como a la Biblia el pro­testante. Al menos en aquel momento esa era la verdad visible, el tiempo mostrará que la resistencia de los profesores ortodoxamen­te comunistas respondía a una línea de lejano origen soviético que inconfesadamente apoyaba a De Gaulle en su lucha contra una revolución anarquista movida por Estados Unidos con objetivos favorables a la OTAN. De Gaulle adversaba a la Organización del Tratado del Atlántico Norte y a la guerra de Vietnam, vehiculando el rencor por la traición norteamericana a Francia en el país vietna­mita una década antes. Pero eso no era visible para los estudiantes venezolanos; visibles eran, sí, los Comités de Toma, especie de guarimba marcusiana que impedía, con el recurso a los músculos, recurso de jóvenes, la entrada a las escuelas a los profesores que no saludaran la bandera anárquica. Era la consecuencia de la Autono­mía Universitaria, que esos mismos profesores habían esgrimido tanto contra Rómulo Betancourt. «La lengua es castigo del cuer­po», debieron decirse, y esto sucedía en toda la Universidad.

En Ingeniería se hizo famoso el asunto, y en Estudios Políticos, Bar­tolomé Sánchez había creado inclusive un periódico literario cuyo slogan era «contra la dictadura de la lírica». Editaron tres números en papel barato; disparaban contra Pablo Neruda, Premio Stalin en primera clase. Jóvenes de clase alta, que después serán políticos Co­peyanos, lo acompañan en estas acciones. Caminando por los pasi­llos con un loro en el hombro que le ensucia la camisa a cada rato, hablando trotskismos, refrescando las experiencias vividas en Pa­rís, Sánchez introduce en aquellos jóvenes gustos desconocidos…

Un trabajo como cualquier otro

La revolución la iban a hacer los marginales, según anuncio del profeta Marcuse y había que empezar ya, de modo que se eligió di­rector de Cultura a uno que llamaremos Lorenzo Brett, co-director, mejor dicho, porque compartía con Haydée Machín,que sería diputada chavista. Lorenzo Brett había hecho teatro alguna vez, pero su principal elemento de currículum era el ser atracador. También participó en algún secuestro. Estas actividades habían contribuido a su estabilización económica de la siguiente manera paradojal: el padre de Brett era un constructor importante, beneficiado de la prosperidad del momento de estabi­lización de la democracia. Buscaba la respetabilidad, que es adorno del dinero. Deseó aparecer en las páginas sociales, pero grandes disgustos le ocasionaban los escándalos de aquel hijo, cuyas de­lincuencias publicitaba Últimas Noticias en grandes titulares don­de, lógicamente, figuraba la palabra «Brett», el apellido «Brett». «Brett atraca otra vez en la fábrica de ropa interior», « Brett se bate a tiros con la policía en los Valles del Tuy». Y así.

El constructor Brett había reprimendado a aquel hijo y obtuvo la negativa que siempre da el hijo rebelde. Entonces optó por un remedio distinto: le ofreció un sueldo a Lorenzo. No tendría que asistir a una oficina ni a las obras que la empresa adelantaba; ni siquiera debía dejar de atracar. Su trabajo consistiría en no identificarse con el apellido Brett cuan­do lo registraran en la prisión. Así de simple. Brett cobraba por no decir que era hijo de su papá. «Es un trabajo como cualquier otro», afirmaba él y explicaba que, cuando lo capturaban, presentaba en la reja de la cárcel la cédula de identidad, donde figuraba con el apellido de la madre, y era ese el que salía en Ultimas Noticias. Era inteligentísimo Lorenzo, demagógico, y tenía caliente el fulgor de la rebeldía cuando se incorporó a la Renovación Universitaria.

Se tomaba en serio su rol de director de Cultura. Alguna vez lo en­contré con las gavetas de archivos de la Escuela de Teatro sacadas y puestas sobre una mesa. Me explicó las causas:

—Estamos procediendo a una revisión exhaustiva de la planta profesoral y de la de alumnos, a ver cuáles actividades van a conti­nuar y cuáles no en los nuevos programas.

Debería suponerse que Lorenzo compartía enteramente la ideología de la Renovación Universitaria, particularmente su sustrato central, que valoraba la cultura como el fósforo de la revolución y rebajaba el economicismo; sin embargo, al clausurarse el proceso de Re­novación en la Dirección de Cultura por causas que analizaremos después, se constató la desaparición de tres máquinas de escribir y algunos cuadros de los que formaban la pinacoteca de esa dependen­cia. En las evaluaciones posteriores debió admitirse que marcaban la conducta de este militante, restos del economicismo que los inte­lectuales marcusianos creían inexistente en la conciencia marginal.

Y no debió sorprender: las discusiones abismales sobre la presencia del pensamiento capitalista en lo más íntimo de nuestra conducta de revolucionarios, ocupaban a veces toda la noche. Imposible no recordar que algunas, cuando concluía el análisis, un chiquitín de teatro apellidado Canelones se subía al marco de una ventana y gri­taba que se iba a lanzar porque la rubita Ruth «no le daba a comer». Angustias tremendas creaba Canelones asomado al abismo desde aquel piso diez, al fin se bajaba llorando. En las noches apacibles cedíamos al deseo, caso en el cual nos íbamos con alguna de las mu­chachas a una hondonada sita en el jardín llamado Tierra de nadie, en el punto donde éste contacta con la pared posterior del edificio del Aula Magna. Aquí evoco a una gorda que ni sueño en nombrar porque hasta carro con chofer tuvo después, como corresponde a una sociólogo jefa de un ministerio de Acción Democrática, y que en aquellas madrugadas lo hacía y lo hacía, sin que entrara a fallarle la voluntad. Tanta fuerza y peso ponía en sus actos que mató la grama de aquella hondonada. En los años siguientes, los jardineros colocaban capas de tierra nueva con grama en la pelada superficie y hacían trabajos de estabilización inútilmente. Sólo tres años des­pués reaparecería lo verde en la hondonada, que recomiendo a las generaciones que inician sus trabajos en esa alta casa de estudios. Amanecíamos allí y caminábamos hasta el Comedor Universitario, a disfrutar el desayuno, abundante y delicioso.

Casi todos éramos de teatro, de ahí salió un grupo antiintelectual que montó una obra —Mecanismos— de pura expresión corporal en el Ateneo de Caracas. Consiguieron unos pasajes para Francia, cuatro, de ida y vuelta. Cambiaron los de vuelta por cuatro más de ida, pues eran ocho actores-directores-escenógrafos. Los dirigía Augusto Dugarte junto al Brett, no llevaban dinero pero sí una invitación para presentar su obra en el Festival de Nancy y su actitud de quemar las naves. No se supo más de ellos, a ex­cepción de años después cuando Dugarte apareció en Margarita, convertido en músico y guía de turistas y alegrador del cuerpo de las turistas.

La Universidad tenía paralizadas todas sus clases. En un momen­to dado, el rector Jesús María Bianco, político astuto, se declaró a la cabeza del proceso de Renovación. Era un paso audaz, pues el movimiento se había dirigido implícitamente contra él, desco­nociendo su autoridad en tanto miembro del establishment. Tal vez Bianco «alienaba» la Renovación con este acto, pero también le sumaba su poder y prestigio, que no eran pocos, pues había pro­pinado algunas derrotas al gobierno y, cómo él mismo lo decía, era el único puente entre la izquierda y la realidad. Entonces sí reaccionó Caldera. La UCV fue tomada militarmente. La fila de tanques avanzó por la avenida Fuerzas Armadas a las doce de la noche, hacia el sur. Otro grupo entró por las callejuelas de ranchos miserables del barrio La Charneca. Entre los allanadores debemos suponer la figura sinuosa de Luis Posada Carriles, el Comisario Ba­silio por pseudónimo, jefe de capturas de la Disip en ese entonces.

Ahí moría la Renovación. Nunca se había producido en Venezue­la —nunca se produjo después— una aventura tan radical como ésta en los terrenos de la existencialidad revolucionaria y artística. Al igual que con el MAS—nos excusamos por la repetición de esta constatación pero no es de nosotros, sale de revisar la vida—, el tiempo se encargaría de mostrar cuán irrisorias eran las fantasías de «no-economicismo» formuladas por los intelectuales. No termi­namos en Miraflores, casi todos sus militantes —no Haydeé Ma­chín, por supuesto, tampoco Oswaldo Rodríguez— respondieron, desde posiciones de cultura o burocracia, a las motivaciones que Lorenzo Brett puso en la práctica adelantadamente.

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